El 18 de marzo de 1951 se inauguraron simultáneamente dos piezas que con el tiempo se volverían inseparables del paisaje de la Playa Mansa en el principal balneario uruguayo: el Club de Pesca Punta del Este y el muelle de La Pastora. Setenta y cinco años después, ambos siguen cumpliendo funciones que combinan tradición deportiva, actividad turística y vida social, en uno de los puntos más codiciados de la costa.
Desde su origen, el club y el muelle ubicados sobre la actual parada 3 nacieron ligados a la pesca amateur. El embarcadero fue concebido como un apoyo para esa actividad, y el club como una institución destinada a organizarla. Hoy, sin embargo, ese mismo muelle también funciona como punto de desembarco para miles de pasajeros de cruceros que llegan cada temporada a Maldonado, una transformación que cambió la dinámica del lugar.
El muelle de La Pastora, que se interna en la bahía mirando hacia la isla Gorriti, no pertenece al club. Desde su origen forma parte de la infraestructura del Estado, bajo la órbita de la Dirección Nacional de Hidrografía del Ministerio de Transporte. Sin embargo, durante décadas fue el Club de Pesca el que se encargó de su mantenimiento cotidiano.
“Antiguamente era de hormigón”, comenta a Domingo Raúl “Nono” Giuria, presidente del Club de Pesca Punta del Este desde hace 21 años -y socio desde hace más de tres décadas-. Y agrega: “Si venía una tormenta de arena había que limpiar. Si se quemaban las lamparitas, las cambiaba el club. Nos hacíamos cargo de que estuviera en orden”.
Con el paso del tiempo, el muelle sufrió varias transformaciones, tanto por la acción del clima como por las nuevas necesidades. En su diseño original terminaba prácticamente sobre la línea de la playa. Hoy, en cambio, se proyecta hacia la bahía con una estructura de madera que permite absorber mejor los efectos de las tormentas. “Ahora, como son tablones con separación, el agua pasa y el muelle sufre menos”, anota.
Dos paisajes muy distintos
En 1951, el entorno de La Pastora era muy distinto al actual. Aunque Punta del Este ya era un destino turístico reconocido, su expansión urbana apenas comenzaba a avanzar más allá del casco histórico de la península. El lugar donde se instalaron el muelle y el club quedaba prácticamente en las afueras. “Punta del Este era un balneario que estaba recién empezando a desarrollarse”, explica a Domingo Federico Bonsignore, vicepresidente del Club de Pesca y un apasionado de la historia. “La zona donde hoy está la sede era un lugar donde había una cañada y pocas casas”, añade.
La institución, en realidad, es anterior al edificio que hoy la identifica. El Club de Pesca Punta del Este nació en 1944, cuando un grupo de vecinos de Maldonado decidió organizarse para compartir su afición por la pesca deportiva. “Se reunieron en la sede del Centro Cultural y Deportivo Maldonado, ahí fundaron el club”, cuenta Bonsignore. Ese mismo año se aprobaron los estatutos sociales, se creó el distintivo institucional y se realizaron las primeras elecciones de autoridades. A fines de octubre de 1944 llegó la personería jurídica, consolidando formalmente a la institución.
Durante esos primeros tiempos, el club funcionó en locales provisorios. “La primera sede estuvo donde hoy está la pizzería Atrevida, en la península”, recuerda el dirigente. Pero desde el comienzo existía una ambición clara: tener una sede propia, frente al mar.
La oportunidad apareció en la segunda mitad de la década de 1940, cuando comenzó a discutirse la construcción de un muelle pesquero. Los dirigentes del club entendieron rápidamente que ese proyecto podía convertirse en el lugar ideal para establecer su sede. “Sabían que se estaba proyectando la construcción de un muelle en La Pastora y empezaron a gestionar con autoridades nacionales y departamentales la cesión de un terreno en esa zona”, detalla Bonsignore.
Las gestiones se extendieron durante varios años, hasta que finalmente dieron resultado. El 30 de junio de 1949 el Poder Ejecutivo otorgó al club el usufructo de un predio fiscal de 50 por 60 metros junto al muelle proyectado. La relación entre ambas construcciones quedó sellada desde el inicio.
“El muelle quedó hecho directamente apuntando a la sede del club. Son dos construcciones que nacieron juntas”, explica Bonsignore. Y así fue literalmente: el embarcadero y la sede social se inauguraron el mismo día, el 18 de marzo de 1951, en un único acto que reunió a autoridades, vecinos y veraneantes.
Un año antes, el 12 de marzo de 1950, se había realizado la colocación de la piedra fundamental del edificio del club, cuando las obras del muelle ya estaban en marcha. Aquella ceremonia simbolizaba el resultado de varios años de perseverancia de una creciente comunidad de pescadores.
Pocas semanas antes de la inauguración, el Poder Ejecutivo estableció por decreto que el Club de Pesca debía hacerse cargo del “cuidado” y la “conservación” del muelle. Durante décadas esa responsabilidad fue parte de la vida cotidiana de la institución.
El muelle de aquellos años era mucho más austero que el actual. Ni siquiera tenía iluminación propia. Las primeras luces se conectaban directamente a la instalación eléctrica del club, y recién en 1956 contaría con un sistema eléctrico más formal, que con el tiempo se integraría a la red pública.
Las condiciones establecidas para el uso del terreno también reflejan cómo era el lugar en aquel momento. Una de las exigencias, por ejemplo, era que la sede del club contara con una sala de primeros auxilios. “Hoy parece insólito porque estamos en pleno Punta del Este”, dice Bonsignore. Pero en ese momento, si a alguien le pasaba algo en la playa, lo único cercano que había para recibir asistencia era la sede del Club de Pesca.
También el muelle debió adaptarse al paso del tiempo. Su mantenimiento fue durante años una tarea compartida entre el club y el Estado, con intervenciones de la Dirección Nacional de Hidrografía para realizar reparaciones estructurales, como ocurrió en 1977 y en 1992.
Entre cañas y turistas
La mayor transformación llegó en 2007, cuando el muelle empezó a ser utilizado para el desembarco de pasajeros de cruceros. El acuerdo involucró a varias partes: la Dirección de Hidrografía, la compañía naviera MSC (que acaba de anunciar que dejará de embarcar pasajeros en Montevideo), el Club de Pesca Punta del Este y posteriormente el Ministerio de Turismo.
Las conversaciones culminaron el 16 de agosto de 2007 con la firma de un convenio entre las tres partes. Según ese acuerdo, la empresa ampliaría y acondicionaría el muelle para recibir cruceristas. La concesión se estableció por 20 años, durante los cuales asumiría el mantenimiento y la administración del muelle, utilizándolo con prioridad -aunque no de forma exclusiva- para las operaciones de cruceros.
Desde entonces, cuando los grandes buques fondean en la bahía, pequeñas embarcaciones -conocidas como tenders- trasladan a los pasajeros hasta el muelle. “Te bajan de golpe dos mil y pico de personas”, describe Giuria. “Ahí están la aduana, el tax free, todo el sistema para que el turista baje, compre y vuelva al barco”, agrega.
Una ubicación estratégica
El Club de Pesca ocupa un lugar privilegiado en la geografía de Punta del Este. Frente a su sede se levanta el hotel Enjoy, mientras que a pocos minutos se encuentran algunos de los principales atractivos turísticos de la zona. “Estratégicamente el club está excelentemente ubicado”, afirma Giuria. Y agrega: “Querés ir a la Brava o a José Ignacio, salís derecho. Querés ir al casco de la península o a Los Dedos, salís hacia la derecha. Y para ir a Casapueblo, hacia la izquierda”.
La disponibilidad de estacionamiento también resultó clave para el nuevo rol turístico del muelle. Mientras el puerto de Punta del Este puede congestionarse cuando coinciden varios cruceros, el área de La Pastora ofrece mayor espacio para la circulación de taxis, vans y ómnibus turísticos. “En el puerto pueden bajar siete mil personas si coinciden tres cruceros. Acá el flujo es más manejable y hay lugar para estacionar, lo que ayuda mucho”, explica el presidente.
Más allá del crecimiento turístico de la zona, el espíritu del club sigue siendo el mismo que inspiró a sus fundadores hace tres cuartos de siglo: promover la pesca amateur y facilitar el acceso a la actividad. “El objetivo es democratizar la pesca”, resume Giuria. Y añade: “Nuestra manera de hacerlo es no cobrar cuotas caras ni servicios caros”.
La política de precios del club es una muestra clara de esa filosofía. La cuota anual es de apenas $ 4.000 y no existe matrícula de ingreso. Los socios que salen a pescar embarcados pagan $ 300 por una salida de tres horas. Para los no socios, el costo es de $ 1.500. “Si llevás a dos hijos al Parque Rodó tres horas, gastás más que eso”, compara el presidente.
El club dispone de una embarcación con patrón y marinero, capaz de transportar hasta 18 personas. Cada año se realizan más de mil salidas, aunque en términos de usuarios individuales se estima que unas 400 personas diferentes -entre socios y no socios- utilizan el servicio.
La forma de sustentarse
Teniendo una cuota tan baja, la forma que tiene el club de sustentarse es la concesión de sus dos locales gastronómicos. Desde 1951, la institución ofreció un servicio de bar y restaurante en sus instalaciones. Inicialmente fue operado por miembros de la Comisión Directiva de manera honoraria, luego brevemente por personal rentado y, finalmente, en modalidad de concesión a terceros, con diferentes formatos de vinculación comercial entre los prestadores y el club. Este servicio siempre estuvo accesible para todo público.
En 1968, el concesionario del servicio de bar y restaurante se comprometió a construir en el ala sur de la sede un salón comedor de 380 m2 -que serían luego 420 m2- con servicios higiénicos, instalaciones de agua, luz, saneamiento, horno y parrilla. La obra proyectada para la construcción de este nuevo espacio se demoró y no fue sino hasta finales de la década de 1970 que se consiguió terminarla.
La explotación del servicio de restaurante fue adjudicada a Miguel y Néstor Omar Testa, quienes desarrollaron el restaurante Charrúa, que funcionó de manera ininterrumpida hasta el año 2020. El local incluso le dio nombre a la calle que discurre por unos 200 metros entre la avenida Gral. Artigas y la Rambla Claudio Williman, a la altura exacta de este espacio.
Por su parte, el espacio de la sede originalmente dedicado al Bar y Restaurante funcionó bajo la marca Cantina del Club de Pesca Punta del Este durante varias décadas, hasta principios de 2020. A partir de esa fecha, los establecimientos comerciales pasaron a ser operados por nuevos titulares bajo la denominación comercial Shark (donde antes funcionaba el Charrúa) y Muelle 3 (donde operaba la Cantina).
En el espacio actualmente ocupado por Muelle 3, destaca un mural realizado por Carlos Páez Vilaró especialmente para el club, que les han intentado comprar, pero que nunca accedieron a vender.
Desde su creación, el Club de Pesca Punta del Este fue un espacio donde conviven personas de distintos orígenes sociales y profesionales. Giuria suele describir esa diversidad como uno de los rasgos más valiosos de la institución. “Tenés desde el profesional más importante hasta el cuidador de coches”, relata.
Entre sus figuras históricas aparece el primer presidente, el médico Elbio Rivero -cuyo nombre hoy lleva el hospital de Maldonado (ver nota aparte)-, así como deportistas destacados, como el ciclista Walter Moyano, cinco veces ganador de la Vuelta Ciclista y luego capitán de la selección uruguaya de pesca. También se recuerda al pescador Lauro Pereira, un marinero de Prefectura que dedicó años a explorar la bahía en busca de buenos “pesqueros” (zona o sitio para desarrollar la actividad). “Encontró un lugar que hoy todos conocen como el ‘pozo del Lauro’”, relata Giuria. “Es un pesquero muy bueno y en la sede del club hay una sala que lleva su nombre”, añade.
Además de su actividad deportiva, el club mantiene vínculos con diversas organizaciones y proyectos sociales. Forma parte de la Federación Uruguaya de Pesca Amateur (FUPA) y de la Liga de Fomento de Punta del Este, colabora con la organización de salvamento marítimo ADES y trabaja con grupos de jóvenes con discapacidad.
También participa en programas sociales impulsados por la Intendencia de Maldonado y organizaciones sociales. “Hay gente que viene a pescar como parte de procesos de rehabilitación o para despejar la cabeza”, explica Giuria. En esos casos, las salidas se realizan de forma gratuita. “Es parte de la manera en que el club devuelve a la sociedad lo que la sociedad nos da”, afirma.
Acumulando premios
El club también posee una rica historia competitiva. Sus equipos han ganado numerosos campeonatos nacionales y han participado en torneos internacionales organizados por la Confederación Sudamericana de Pesca (Cosapyl).
Nacida en Maldonado y representante del Club, Andrea Muñiz se ha consolidado como una de las principales referentes de la pesca deportiva uruguaya. Con varios años de trayectoria, es campeona nacional individual y también campeona sudamericana, junto a Vilma Tort. “Soy campeona nacional individual, y a través de eso clasificás por tres años para un preselectivo donde se define la selección para los sudamericanos”, explica Muñiz a Domingo.
La fernandina comenzó relativamente tarde en la competencia formal, aunque el interés por la pesca estuvo presente desde su juventud. “Siempre me gustó, pero no era gran pescadora”, admite. El punto de inflexión llegó alrededor de 2017, cuando otros pescadores comenzaron a notar su desempeño en la costa. “Me habían visto pescar y, viste cómo es el rumor del pescador… querían que fuera al Club Punta del Este. Entre 2017 y 2018 me federé y hasta hoy soy pescadora del club”, repasa.
Su vínculo con la institución también tiene un componente familiar. “Mi marido es pescador del Club Punta del Este hace muchos años. Y a través de él es que me arrimo yo”, relata.
Lejos de la idea de que pescar en competencia depende de la suerte, Muñiz subraya que el resultado es fruto del conocimiento y la preparación. “No se trata de suerte. Ese es el engaño de la gente que no es pescadora. Al pescadito siempre hay que buscarlo y tener la mente muy clara de que va a estar para vos y vos lo vas a cazar”, afirma.
La preparación incluye entrenamientos y pruebas previas en los lugares donde se disputarán los torneos. “Nos juntamos con el equipo, vamos a practicar y vemos qué hay, qué anzuelo usar, qué línea conviene. Vamos probando hasta tener una idea de lo que puede funcionar el día de la competencia”, dice.
La pescadora también destacó que la competencia exige compromiso físico y mental. Las pruebas duran varias horas y cuentan con estrictos controles. “No es tirar la caña y sentarse a esperar. Tenemos fiscales que pasan cada hora, revisan las capturas y devolvemos los peces vivos”, señala.
En cuanto a la participación femenina, Muñiz reconoce que ha crecido, aunque todavía es limitada. En la regional Este -la que más competidoras tiene- participan entre ocho y nueve mujeres. “No es fácil federar porque el compromiso es grande. Tenés que levantarte a las seis de la mañana un domingo para competir, incluso en invierno”, aclara.
Importante presencia de argentinos
Como la totalidad de Punta del Este, el club siempre ha sido un sitio escogido por los argentinos. Guillermo Bortman, jefe médico del club Boca Juniors y especialista en insuficiencia cardíaca y trasplante cardíaco, mantiene desde hace décadas un vínculo cercano con Uruguay. “Hace más de 25 años que voy a Punta del Este. Antes iba a Atlántida porque me crie ahí. Uruguay no es de visita turística, es mi segundo país”, comenta a Domingo.
Su aproximación al Club de Pesca es relativamente reciente, pero rápidamente se integró a la vida de la institución. Según contó, fue su esposa quien lo animó a acercarse. “Hace dos años fuimos, hablé con Raúl (Giuria) y ahí empecé a ir”, relata.
La pesca es una pasión que lo acompaña desde la infancia. Y ha llegado a combinar esa afición con su actividad profesional. En mayo del año pasado, durante un congreso médico en Montevideo, organizó una salida de pesca con colegas cardiólogos. “Llevamos a varios médicos para hacer una excursión de pesca, fue muy divertido”, recordó. Y agregó: “Utilizamos el restaurante del club para llevar las piezas que sacamos, cocinarlas y comerlas”.
Más allá de la pesca, Bortman destaca el ambiente que se genera en la institución. “Uno va al club y pesca, pero en realidad va a charlar con los amigos, a pasarla bien, es un grupo excepcional”, concluye.
Mirar hacia el futuro
A pesar de su historia y su ubicación privilegiada, el futuro del club nunca estuvo completamente asegurado. A lo largo de los años surgieron distintos intentos o propuestas vinculadas al uso del terreno que ocupa, hoy integrado al recinto portuario de Punta del Este desde que comenzó la operativa de cruceros.
“El lugar siempre generó interés”, reconoce Giuria. Para el presidente, la clave de la supervivencia está en mantener el equilibrio entre la tradición del club y las nuevas realidades del balneario.
Setenta y cinco años después de aquella inauguración de 1951, el muelle de La Pastora y el club siguen siendo un punto de encuentro entre el mar y la ciudad. Un lugar donde conviven pescadores madrugadores, turistas recién desembarcados y socios que, como Giuria, solo quieren lanzar el aparejo sin intenciones de competir para ver quién obtiene el pez más grande. “El que sabe, sabe. Y el que no… es presidente”, remata entre risas.
La historia de amor de Elbio Rivero Moreno, su primer presidente
En Maldonado todavía se cuentan historias sobre el doctor Elbio Rivero Moreno. Se lo recuerda como médico, legislador, filántropo y como el primer presidente del Club de Pesca de Punta del Este. También como el profesional que atendía a los más humildes y, cuando veía que una familia atravesaba dificultades, dejaba discretamente algunos billetes bajo la almohada del enfermo mientras lo auscultaba. Pero detrás de ese personaje hubo también una historia privada que parece salida de una pequeña novela. La narró Elcira “Chichita” Fígoli, viuda del doctor, en una conversación recordada por Raúl Giuria. El actual presidente del club se encontró con ella cuando tenía más de 80 años. Todavía conservaba el porte de quien había sido, según la tradición oral, una de las mujeres más bellas de Maldonado.
En medio de la conversación, ella misma empezó a contarle cómo había conocido al padre de sus tres hijos: “Yo soy de una familia de San Carlos, de naricita respingada”, recordaba Chichita con humor.
Cuando ella cumplió 18 años, viajó a Maldonado para realizar algunos trámites. Iba con unas amigas por la calle cuando lo vio por primera vez. “¡Qué hombre hermoso!”, pensó. Y preguntó quién era.
-Es el doctor Rivero -le respondieron.
La decisión fue instantánea: “Yo con este hombre me tengo que casar”. Pero el plan no era sencillo: nadie parecía tener forma de presentárselo. Entonces, se le ocurrió una idea: ir a una de sus consultas.
Él la recibió y le preguntó qué le pasaba. Ella señaló unos pequeños granitos en la cara.
-¿Qué tengo, doctor?
Rivero la examinó con atención.
-Eso es propio de la edad -le explicó-. No tiene nada.
Pero ella insistió: ¿no hay algún tratamiento?, ¿alguna crema?
Finalmente el médico le dio una muestra gratis y le explicó cómo usarla.
-¿Y los honorarios? -preguntó la joven.
-No, señorita, no le voy a cobrar.
La consulta había terminado. Pero el plan recién empezaba, y Chichita ideó el siguiente paso: preparó una torta y se la envió al consultorio. Dentro colocó una foto suya y una nota breve agradeciendo la atención. También dejó su dirección. “Si es un caballero”, pensó, “cuando pase por San Carlos va a venir a saludar”. Así ocurrió. Y empezó el noviazgo.
La relación ya llevaba más de dos años y había un detalle que no avanzaba: el casamiento.
-¿Te pensás casar conmigo? -lo apuró un día.
Rivero respondió que sí le gustaría. Pero que no podía.
-¿Qué impedimento tenés?
-No tengo plata -respondió con franqueza.
El doctor explicó que rara vez cobraba consultas, porque sabía que muchos pacientes no podían pagar. La noticia provocó una reacción inesperada entre las amigas de Chichita. Si el problema era el dinero, había que solucionarlo. Así nació lo que en Maldonado se recuerda como una curiosa campaña solidaria: la “comisión pro-casamiento del doctor Rivero”.
Vecinos y pacientes comenzaron a reunir firmas y aportes. El procedimiento era casi casa por casa.
-¿A vos te atendió Rivero?
-Sí.
-¿Te cobró?
-No.
Entonces venía la consigna: “Firmá, porque el doctor se tiene que casar”.
El pergamino inicial terminó acompañado por varias hojas más. Según el recuerdo transmitido por la familia, superó las 4.200 firmas. Con ese dinero se compraron la casa y el consultorio. Eran otros tiempos, sin dudas.
Pero la historia no terminó allí. Con el tiempo, dirigentes del Partido Nacional le propusieron a Rivero que fuera candidato en Maldonado, un departamento donde históricamente predominaba el Partido Colorado.
El médico dudó. No se consideraba político.
Pero sus compañeros insistieron: siempre hablaba en el café de la necesidad de un hospital para Maldonado. Si llegaba al Parlamento, podría luchar por ese proyecto. Aceptó. Ganó la elección y fue legislador hasta su muerte. Desde allí impulsó la creación del hospital departamental, que terminó por concretarse y décadas después llevaría su nombre.