Un barrio también se cuenta en los recuerdos de quienes lo habitaron: dónde aprendieron un deporte, a qué club alentaban o cómo vivían el carnaval. En esas historias aparece una Ciudad Vieja que desborda sus clásicas y reconocidas fachadas. Esa es la mirada que propone Vieja y querida. Historia y memorias de la Ciudad Vieja, la exposición del Museo Histórico Nacional que reúne documentos, piezas y testimonios para recorrer las transformaciones del barrio y preguntarse qué permanece.
“El patrimonio de la Ciudad Vieja va mucho más allá del patrimonio arquitectónico”, señala Lucía Mariño, una de las curadoras, a Domingo. Tiene que ver, dice, con la identidad, la historia y la gente que vive y ha vivido allí.
La muestra, inaugurada el 26 de setiembre en Casa Rivera, fue curada por Ana Cuesta, Mariño y Clara von Sanden, y por la historiadora invitada María José Bolaña. El proyecto reunió al Museo Histórico Nacional y al Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar, con un trabajo que incluyó entrevistas y préstamos de vecinos, familias, colectivos e instituciones.
Para llegar hasta el presente, el museo tuvo que salir al barrio. Su colección se concentra principalmente en el siglo XIX y las primeras décadas del XX; los aportes de la comunidad permitieron ampliar ese horizonte. “El vínculo con los vecinos fue fundamental. Sus préstamos, testimonios, historias y recuerdos fueron esenciales para esta exposición”, cuenta Mariño.
El recorrido pone el foco en las transformaciones ocurridas desde finales del siglo XIX y se organiza en cinco ejes: las formas de habitar Ciudad Vieja; la inmigración pasada y actual; su condición de centro administrativo, económico y portuario; los debates sobre qué conservar y transformar; y las fiestas y espacios de sociabilidad.
Esas historias toman forma en fotografías, planos y objetos cotidianos. Una bandeja del café Tupinambá y destapadores de El Hacha hablan de los bares como lugares de encuentro. El traje del centenario de la murga Nos Obligan a Salir, un traje de mama vieja y una estrella de Lonjas de Ciudad Vieja conviven con vestidos, guantes y antifaces usados en los bailes de carnaval del Teatro Solís. Las piezas permiten reconocer distintas maneras de vivir una misma fiesta y las diferencias sociales que también atravesaban el barrio.
El puerto, puerta de entrada de personas y mercaderías, fue otro escenario de debates que marcaron el rumbo de Ciudad Vieja y de la capital. “Uno de los procesos que trabajamos es su transformación. Hacia finales del siglo XIX había una demanda importante de modernización: se necesitaba un puerto que estuviera en consonancia con las posibilidades geográficas que ofrecía para el comercio. Los muelles existentes, tanto estatales como privados, no permitían desarrollar plenamente ese comercio. Era una demanda social muy clara. Se presentaron diversos proyectos y se realizaron concursos, y la exposición recorre ese proceso”, detalla la historiadora.
Una publicación del diario La Razón, que reúne los proyectos presentados a un concurso, permite asomarse a aquella discusión. “Eso da cuenta de la importancia social de la modernización del puerto y de que la discusión era realmente pública”, añade.
El presente devuelve otras preguntas: quiénes pueden vivir en Ciudad Vieja, qué lugar tienen sus habitantes en las decisiones y cómo se conserva su patrimonio. El contraste entre la intensa actividad del día y las calles que se apagan hacia la noche vuelve a poner la vivienda en el centro del debate. Las cooperativas, destaca Mariño, son fundamentales para las formas de habitar el barrio.
Entre esas permanencias y tensiones, la exposición invita a mirar Ciudad Vieja desde las vidas que la construyeron y las que hoy le dan forma. Se puede visitar hasta el 30 de abril de 2027, de miércoles a domingo, de 12.00 a 18.00, en Casa Rivera del Museo Histórico Nacional, en Rincón 437.