En el cruce entre la tecnología y la sensibilidad artística, pueden surgir experimentos singulares, como Cazadores ocultos, un proyecto musical impulsado por el escritor uruguayo Hugo Burel y su hijo Julián. La propuesta combina herramientas de inteligencia artificial con un elemento que, según sus creadores, resulta insustituible: el factor humano.
Julián, productor audiovisual, docente y licenciado en Comunicación por la Universidad Católica -además de contar con un máster en Comunicación Empresarial por la Universidad de Montevideo-, describe su vínculo con las canciones como una pasión de toda la vida. “Soy un amante total de la música, obviamente inculcado por mi padre”, comenta a Domingo. Ambos comparten no solo el gusto por tocar la guitarra, sino también influencias que van desde el blues hasta los Beatles.
No es casual que el propio Julián lleve su nombre en homenaje a Julian Lennon, hijo de John Lennon, figura central en el universo musical familiar. Ese legado simbólico se extiende ahora a una colaboración artística que, lejos de lo convencional, se apoya en la IA, a la que muchos “temen” o incluso consideran tabú al utilizarla en procesos creativos.
Un laboratorio creativo
El origen del proyecto se remonta a materiales que Julián había acumulado durante años: grabaciones caseras, bases musicales y experimentos digitales guardados en una vieja computadora. “Siempre me gustó esa cosa de laboratorio musical en una compu, pero como algo lúdico”, explica.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa fue el catalizador. “Cuando ya se empezaron a generar modelos que podías usar para crear imágenes, sonidos, después video, ahí fue como que se me abrieron los ojos”, recuerda. Y agrega: “Todas las ideas que tenía flotando las podía materializar de una forma rápida”.
Sin embargo, el entusiasmo tecnológico pronto dio paso a una convicción más profunda: la necesidad de intervención humana. “Para tener algo que esté bueno necesitás mucho factor humano. Si no, el resultado va a ser muy genérico”, asegura.
Viejas y nuevas letras
Ese “factor humano” llegó, principalmente, a través de Hugo Burel, quien aportó letras escritas décadas atrás. “No sé bien para qué las había escrito, porque ya había dejado de tocar”, dice el autor de Sorocabana Blues y La calle del sacrificio (su libro más reciente).
La iniciativa desarrollada junto a su hijo, encuentra en el escritor una voz que vuelve a un territorio que nunca abandonó del todo. La relación de Burel con la música se remonta a su juventud, atravesada por el fenómeno de la “invasión inglesa” y su contraparte estadounidense. “En la época en que los Beatles estaban vivos, actuando y componiendo, yo los disfrutaba. Soy generación del 60 en ese aspecto”, señala Hugo.
Y agrega: “Disfruté todo el movimiento de la música beat, del rock, de la respuesta norteamericana”. Incluso tuvo su propio grupo: “Una bandita de garaje, con la que hicimos algunas cosas muy divertidas”.
Aquella etapa incluyó actuaciones en escenarios locales y en programas televisivos como Discodromo, de Rubén Castillo. Aunque su camino derivó hacia otras áreas que de joven le eran ajenas: el diseño, la publicidad y, finalmente, la literatura. “Pero nunca perdí el contacto con la música”, aclara.
El resultado de este proyecto junto a su hijo, sin pretensiones de “fama o dinero”, lo sorprendió. “Ese es el milagro. Estaban vigentes los contenidos de esas letras, se podían cantar y bien, con una música adecuada”, señala.
A partir de esta experiencia, el escritor volvió a hacer letras. Una de ellas, “¿A dónde van los patos en invierno?”, retoma una inquietud existencial vinculada al universo de J. D. Salinger y su personaje Holden Caulfield. “Es hija de una obra teatral que escribí… sobre esa pregunta que aparece en la novela”, explica.
El título del proyecto junto a su hijo también nace de esa referencia literaria. Cazadores ocultos remite a la primera traducción al español de El guardián en el centeno. “El título aludía a esa idea de alguien que protege a otros de caer”, detalla Burel.
La alusión conecta, además, con un hecho histórico: el ejemplar de la novela que llevaba Mark David Chapman cuando asesinó a John Lennon en 1980.
Química perfecta
La combinación entre Hugo y Julián fue inmediata, algo que no necesariamente se da entre padre e hijo. Julián tomó las palabras de su padre y comenzó a integrarlas en sistemas de generación musical mediante inteligencia artificial. El proceso, lejos de ser automático, implicó un trabajo intensivo de prueba y error. “Para llegar a cinco temas hicimos más de 700 generaciones y versiones”, dice Julián.
La producción incluyó desde la elaboración de prompts (instrucciones o preguntas que se le proporcionan a la IA) detallados hasta la edición posterior de las pistas. “Es un laburo de producción artística y de edición”, explica. Y añade: “Separar la voz, ecualizar, elegir fragmentos de distintas versiones… hay mucho trabajo ahí”.
Uno de los mayores desafíos -dice el más joven de los Burel- fue lograr una voz creíble: “No queríamos una voz genérica. Estuvimos mucho tiempo buscando algo que sonara más rioplatense, que tuviera identidad”.
Sinceridad ante el oyente
Una decisión clave fue hacer explícito el uso de inteligencia artificial. “Si hacemos esto público, vamos a decir que se hizo con IA. No solo por un tema ético, sino porque no es algo que queramos ocultar”, sostiene Julián.
En un contexto donde muchas producciones generadas con estas herramientas circulan sin aclaración, Cazadores ocultos apuesta por la transparencia como parte de su identidad artística. “Uno de los aspectos más importantes es que la música sea sincera”, reflexiona.
Pero más allá de la tecnología, y antes que nada, el proyecto de los Burel se construye desde un lugar íntimo y vital. “Lo que destaco es el trabajo padre-hijo, de pasar tiempo juntos haciendo esto”, comenta Julián. “Capaz que hay padres e hijos que van a pescar, nosotros nos colgamos con esto; parecemos dos adolescentes”, agrega entre risas.
El proyecto Cazadores ocultos está disponible en Spotify. El dúo también tiene un Instagram, con imágenes y datos vinculados a las canciones.