CULTURA

En Modo Casona, un caserón abandonado que volvió a la vida

El caserón estuvo abandonado por mucho tiempo, hasta que una artista uruguaya de 25 años lo transformó en un espacio para la cultura. Esta es la historia detrás.

Modo Casona. Foto: Leonardo Mainé
Modo Casona. Foto: Leonardo Mainé

Mirar hacia arriba. Inclinar el cuello hasta que la nuca roce el borde de la espalda y ver en su magnitud la puerta de madera rojiza y noble que se extiende hacia lo alto en medio de una pared de granito gris. Mirar un poco más arriba para ver el balcón de hierro forjado y pintado de gris. O más arriba todavía y desde la distancia suficiente para apreciar el tejado oscuro y opaco que corresponde a la perfección el estilo afrancesado de la buhardilla. Es sábado y la Ciudad Vieja se mueve tanto como puede en un mundo de pandemia, con transeúntes que aprovechan el sol y el calor de un día de primavera para caminar en paz, sin el ajetreo de los lunes a viernes. Mientras, nosotros, un grupo de cuatro —más tarde seremos cinco—, nos paramos frente a un caserón viejo de Sarandí e Ituzaingó para escuchar los relatos de la visita guiada que hace su anfitriona más reciente.

Se llama Carolina Ferreyra, tiene 25 años, es artista y hace cuatro años empezó a soñar con que ese predio abandonado de su familia se convirtiera en un espacio para la experimentación cultural, para el arte y otras formas. Pero no uno reservado para pocos, sino abierto al que quiera conocerlo, sumergirse, involucrarse.

Al principio la inquietud de Carolina era tener un rinconcito donde colgar sus cuadros para que otros los vieran, venderlos y así no tener que trabajar de algo que no le gustaba. La escalera de mármol de la entrada era el único lugar habitable. Lo demás era depósito; entonces ese zaguán se convirtió en una especie de galería personal de CAFE (así firma en su obra).

Modo Casona. Foto: Leonardo Mainé
Carolina, en su taller dentro de Modo Casona. Foto: Leonardo Mainé

Los habitúes de la Ciudad Vieja y los turistas sentían curiosidad por ella, sentada en el zaguán como una guardiana de sus cuadros y de la casa; curiosidad por lo que había más allá de las escaleras. Querían saber qué pasaba arriba. “Y claro, subíamos y era como si te metieras en una casa tomada. Repleta de cosas, se llovía”, había que caminar con cuidado por un piso tentado a derruirse.

“Yo creo que la atracción que genera la casa es un combo. Vas caminando por Ciudad Vieja y solo ves puertas. No estamos muy acostumbrados a ver para arriba. Mezclado capaz con mi confianza -yo confío pila en las otras personas- que hago que suba gente. Sin mencionar el espacio, que entramos por esa puertita y está pasando todo esto acá adentro. Hasta el día de hoy me pasa que la gente sube y dice: ‘Ah pero esto es enorme’. Y hay que dimensionar que, en realidad, todas las casas de acá son con esta dimensión y solo vemos la puerta y el balcón. Ahora me volví adicta a sacar fotos de fachadas, porque me pregunto qué pasará atrás”.

El sueño de CAFE

La puerta se abre y adentro Carolina nos dice que, de nuevo, hay que mirar para arriba. Esa es la clave, el consejo, la regla que siguen los que normalmente se enamoran de una ciudad. Encima de la escalera de mármol blanco polvoriento está el único fragmento de techo que sobrevivió al tiempo, con su humedad y el agua que fulminan todo. Es gris, o eso parece, y las molduras de flores y hojas dicen que allí, en otro siglo, hubo una casa señorial.

Modo Casona. Foto: Leonardo Mainé
Foto: Leonardo Mainé

La casona llegó a la familia de Carolina en 1986, cuando compraron todo el predio con interés en el local comercial de la planta baja. Lo que sucedió antes lo están descubriendo de a poquito con la lectura de los títulos. De esa tarea se encarga su madre, que con una lupa y una luz LED específica descifra, párrafo a párrafo, palabras escritas a pluma y tinta.

Saben, por ejemplo, que se construyó entre 1835 y fines de siglo XIX, que perteneció a dos familias provenientes de España que en la planta baja abrieron una yuyería y santería, El Ancla Dorada, perfectamente ubicada frente a uno de los laterales de la Iglesia Matriz. Que fue un restaurante, un anexo del Hotel Pyramide y, finalmente, una casa que pasó buena parte del siglo XX entre el abandono y la ocupación. Que cuando su familia, los Ferreyra, la compraron, apareció una oferta para demolerla y convertirla en un parking que, por suerte, no prosperó porque ya la protegía su carácter patrimonial y de eso solo queda un folletín percudido. Que su abuelo soñó con convertirla en un salón de fiestas. Que su familia es “lo mejor” y vendió una casa en Atlántida para salvar a la casona del abandono. Que Modo Casona ya es una historia nueva y que lo que falta ahora son más recursos para seguir recuperándola (ver recuadro).

Es posible ser parte

En las habitaciones funcionan un espacio cowork, un salón multiuso y talleres individuales. En uno Carolina trabaja en la obra que va a exponer el 7 de noviembre en Bar Tribu, en otros dos están la diseñadora de objetos BOA y la fabricante de papel artesanal de Las fibras. Hay otros cuartos disponibles y Carolina está abierta a propuestas. También se dan clases de yoga y un laboratorio de performance con Fabricio Guaragna. Además se puede colaborar por Abitab o en la web Ideame. Lo recaudado se destina para terminar las obras.

Este es un proyecto que si salió, si funcionó y sigue es por el equipo, el de los que están permanentemente apoyando y trabajando a Carolina o los que aparecen esporádicamente. Un día apareció una niña con la mamá y una amiga, no la conocían, pero estaban ahí para lijar y pintar puertas. Otra vez un montón de anónimos se acercaron para pintar una por una las tejas grises que ahora se ven en el techo de la buhardilla. Por lo general, se enteran de todo por el Instagram Modo Casona y ahora está en Twitter.

El mundo puertas adentro

Mirar para todos lados. Hacia arriba, abajo, los costados. Hacia donde guíe la voz de la anfitriona o a lo que despierte curiosidad. El marmoleado de las paredes que imita columnas señoriales en tono bordó o las baldosas pequeñas que forman mosaicos en beige, rojo, marrón, celeste. La puerta que da a una habitación casi sin piso, porque entre las decisiones que hubo que tomar, estuvo la de sacrificar esas maderas para recomponer el de otra habitación que estaba más intacto.

Modo Casona. Foto: Leonardo Mainé
 Foto: Leonardo Mainé

“Estudio diseño industrial y de obra de construcción no tenía conocimiento. Fui armándome. El equipo me re ayudó. Cuando me hacían las listas de las cosas que tenía que pedir a la barraca eran específicos. La arquitecta, el ingeniero de la casa. Mi padre. Era todo un equipo de contención que estaba de más. Sabían que yo quería cuidar el espacio; entonces todo se tenía que dañar lo menos posible. Se pusieron el chip de ‘estamos restaurando’. Después hay elecciones que uno tiene que tomar cuando revitaliza la casa que no queda salida, como el hierro de 1800, que no va a soportar, y no es que le pongas antióxido y cepillo de alambre”.

“La casa es un pasillo que no termina”, dice Carolina en la entrevista que tenemos días después de la visita guiada. Y no, no parece tener fin.

En él, la mirada va hacia los murales que fueron pintados por los artistas que pasan por la casa y cuadros de CAFE —brutales, femeninos, con una carga sexual intensa—. La escalera de madera vieja que suena —toc, toc— a cada paso que damos y conecta con el tercer nivel. Al final de la azotea, la entrada a la buhardilla parisina, que en su historia fue área de servicio y ahora se transformó en una habitación para turistas que quieran vivir una experiencia distinta.

Hay que volver y retomar el segundo tramo de escalera, adentrarse en la segunda azotea y, esta vez, mirar para los costados, porque las panorámicas desconocidas de la Ciudad Vieja siempre son un privilegio para aprovechar. En primer plano, la bóveda de la Catedral. Un poco más a la izquierda, la torre blanca del Correo.

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La primera vez que Carolina entró a la casa fue con su padre y tenía 15 años o por ahí. No había luz e iban con linterna en mano. A cada puerta que abrían, había asombro. Cosas, cucarachas, arañas, habitantes normales del abandono. La sensación era de “humedad y ruido” por las goteras que se escuchaban con o sin lluvia. Pero aquello que funcionaba, las puertas sanas, las paredes rotas pero firmes, los senderos de piso por los que se podía caminar, confirmaban que ni el agua ni la humedad ni los bichos la habían matado del todo. La casa era amable, y así, paciente, esperó unos 10 años más para una nueva vida.

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