En Buenos Aires, la parrilla es parte del paisaje gastronómico. Está en los bodegones de barrio, en los restaurantes de moda, en las mesas familiares de los domingos y en las juntadas con amigos. La carne a las brasas es una tradición que no necesita demasiadas explicaciones, pero eso no impide que cada restaurante encuentre su manera de reinterpretarla. En Palermo Hollywood, Domingo visitó Hierro, un restaurante que apuesta por combinar los cortes clásicos con otros sabores, una presentación contemporánea y una carta en la que los vegetales también tienen protagonismo.
La dirección es Costa Rica 5602, en una zona de Palermo donde los restaurantes conviven con bares, cafeterías y tiendas. Es un barrio que se presta para armar un paseo sin demasiada planificación: caminar por sus calles, detenerse a tomar algo y terminar la jornada alrededor de una mesa. Hierro puede formar parte de ese recorrido, especialmente para quienes quieren probar una parrilla argentina en un entorno diferente al de los restaurantes más tradicionales.
El salón tiene una estética moderna, con una impronta industrial, pero el ambiente resulta cálido y relajado. La atención acompaña esa primera impresión. Durante la degustación, el camarero explicó los platos, dio recomendaciones y ayudó a recorrer la propuesta sin que la comida se convirtiera en una sucesión de platos servidos sin contexto. Es un detalle que importa cuando la carta incluye preparaciones que se apartan de lo habitual.
La primera parada fue una provoleta grillada con ananá, miel y pistachos. La combinación parte de un clásico de la parrilla argentina, pero le incorpora contrastes dulces y texturas diferentes. El queso fundido sigue siendo el centro del plato, mientras que el ananá, la miel y los pistachos modifican el perfil conocido de la provoleta. Fue uno de los grandes aciertos de la degustación.
Después llegaron dos cortes que representan bien la tradición parrillera: ojo de bife y bife de chorizo. Aunque ambos son clásicos, tienen características distintas y permiten explorar dos opciones habituales en las cartas argentinas. En Hierro, las carnes comparten espacio con guarniciones que se alejan de los acompañamientos más previsibles. El brócoli se prepara con teriyaki casero y las zanahorias se combinan con harissa y almendras.
La carta de Hierro incluye, además, otros cortes tradicionales, como entraña y asado, junto con opciones como wagyu. Entre las entradas figuran empanadas de carne o cordero y mollejas con cremoso de batata. La propuesta se extiende a los postres, con clásicos argentinos como el flan artesanal y el volcán de dulce de leche, y a una carta de vinos nacionales
y cócteles de autor.
La experiencia deja una idea sencilla: la tradición de la parrilla no tiene por qué ser rígida. En Hierro, el fuego y la carne siguen ocupando el centro de la mesa, pero conviven con combinaciones menos convencionales y una atención que ayuda a descubrirlas. Para quien visita Buenos Aires y quiere dedicar una comida a uno de sus grandes emblemas gastronómicos, Palermo ofrece un contexto atractivo y Hierro propone una manera contemporánea de acercarse a ese ritual.