El fine dining muchas veces apuesta al impacto inmediato y a la sorpresa constante, pero en Trescha la palabra que se me viene a la cabeza desde el comienzo es “precisión”.
No como una promesa, sino como algo que se vuelve evidente con el correr de la noche: en los tiempos, en la forma en que cada plato llega a la mesa y al momento de llevarlos a la boca.
Trescha es un restaurante de fine dining (alta cocina con propuesta de pasos) ubicado en Villa Crespo, Buenos Aires, liderado por el chef Tomás Treschanski. A tres años de su apertura, en 2025 confirmó por segunda vez su estrella Michelin.
El proyecto nació cuando Treschanski tenía 25 años y decidió abrir su primer restaurante de este tipo en su país, consciente de que se trataba de una apuesta ambiciosa.
El espacio y la dinámica.
La experiencia comienza en un área de recepción que funciona junto al bar de entrada. Luego, al pasar a la sala principal, el foco está puesto en una barra en semicírculo que rodea a la cocina abierta. Ahí, todo lo que sucede está a la vista de los comensales.
La cocina funciona como si fuera un escenario, pero sin gestos grandilocuentes: el equipo se mueve de forma coordinada, con tareas claramente divididas y tiempos marcados. La salida de los platos es colectiva y ordenada. Mientras una persona acomoda el plato, otra suma la salsa, otra termina un ingrediente y otra se acerca a la mesa para presentarlo.
Trabajo en equipo.
Cada paso del menú llega de la mano de un integrante distinto, que se turna para explicar la preparación que trae y da indicaciones para disfrutar al máximo de la experiencia: si conviene comerlo de un solo bocado, si es mejor probar primero algo y luego combinar, o si una bebida debe tomarse inmediatamente después del plato.
Desde su apertura, Trescha sumó reconocimientos. Obtuvo una estrella Michelin en la primera edición argentina de la guía y el Young Chef Award para Tomás Treschanski. Actualmente ocupa el puesto 33° en Latin America’s 50 Best Restaurants y cuenta con dos cuchillos en la categoría World Class de los Best Chef Awards.
En la segunda edición de la Guía Michelin Buenos Aires–Mendoza, volvió a revalidar su estrella y sumó un reconocimiento especial para su equipo de sommeliers: Elena Cabrera y Leonel Castro, junto con Nicolás Dilger, encargado del maridaje sin alcohol, recibieron el premio a Mejor Sommelier 2025.
Qué llega a la mesa.
El menú cambia con frecuencia y acompaña las estaciones y la disponibilidad de productos. Desde la Test Kitchen (el espacio de investigación del restaurante) surgen platos que combinan técnicas e influencias culturales, siempre con foco en productos argentinos.
En la cena aparecieron ingredientes como trucha patagónica, lisa y anchoa, junto con preparaciones a base de lengua de cerdo y cochinillo.
El recorrido incluye opciones de dobles maridajes, hasta alternativas sin alcohol.
La experiencia no se apoya solo en la comida. El servicio es una parte central del recorrido, así como las dos cavas de vinos, con etiquetas argentinas e importadas, que se sirven en cristalería cuidada.
La coctelería también funciona como forma de armonización y con el mismo enfoque que los platos, poniendo el foco en el producto, las técnicas y el diálogo con la cocina.
La cena, paso a paso.
Trescha funciona como un formato de Chef Counter para solo 10 comensales, lo que genera una experiencia cercana y directa con la cocina. Asistí a una noche con una cena de 14 pasos.
Su inicio estuvo marcado por una serie de snacks pensados como bocados únicos, donde se concentraron técnicas y texturas.
Uno de ellos fue un gunkan de nori cristalizado con foie gras, togarashi y huevas de trucha, que el equipo sugirió comer de un solo bocado. No está pensado para impresionar por ser raro, sino por su equilibrio: crocante gracias a las algas, sedoso en el relleno y sabores que se suman ordenadamente.
Otro de los primeros pasos fue un gazpacho de repollo morado con sorbet de mostaza antigua, pimienta de Kampot y aceite de pistacho.
A lo largo de la noche se repitió un mismo hilo conductor: el contraste entre temperaturas que dejó entrever caras de asombro en los comensales, el cruce de texturas y combinaciones que se construyeron de a poco, sin superponerse a prepo. La coherencia se sostuvo durante todo el recorrido. Incluso la música cambió y acompañó el ritmo en el que los platos llegaron a la barra.
Como en todo menú largo, hay pasos que dialogaban más fuerte que otros, pero el conjunto mantuvo una solidez difícil de sostener durante catorce tiempos.
El cierre.
Entre los postres, hay uno que se mantiene desde la apertura del restaurante: una oda a la calabaza. Es el único plato que nunca abandonó el menú, aunque fue cambiando a lo largo del tiempo. Conserva su esencia a través de distintas texturas de calabaza, técnicas y un miso elaborado a partir de yuzu, un cítrico japonés.
La noche terminó con petit fours y la posibilidad de elegir entre un trago o un café. Un cierre simple para una cena extensa, en la que la precisión, más que una consigna, se manifiesta como una forma de trabajar y de construir una experiencia.