Hubo tiros en la Catedral de Montevideo. Varios. Algunos entraron desde afuera, otros se dispararon dentro del templo, y uno atravesó el cuerpo de un arzobispo durante una misa matinal. Las marcas todavía están ahí: en las puertas, en el atrio, en la pared cercana al altar mayor. “La catedral es testigo de todo lo que ha pasado en la historia de la ciudad”, dice el escultor Ramón Cuadra, guardián del acervo artístico e histórico de la Iglesia Matriz. “Es el lugar de la historia. Aquí conviven la parte religiosa, la parte histórica y el presente”.
Una historia que no siempre fue pacífica. Y que no habla en metáforas. Los impactos de bala siguen visibles para quienes saben dónde mirar, incrustados en la arquitectura de la Catedral Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción y San Felipe y Santiago.
En el atrio.
El recorrido comienza en el atrio. “Estas son las puertas originales, de 1804 —señala Cuadra, apoyando la mano sobre la madera—. ¿Ves las balas? Son los disparos de las invasiones inglesas (1806–1807). La habían acribillado”. Durante esos años, explica Cuadra a Domingo, el templo funcionó también como hospital de sangre y como camposanto para muchos combatientes.
Aunque las marcas fueron reparadas durante la primera mitad del siglo XX —y no resultan tan evidentes como la célebre bala de cañón incrustada en la fachada de la capilla del Hospital Maciel—, la violencia de los ataques aún puede leerse en la madera.
A pocos metros, otro hecho de la crónica roja, de otro tiempo, quedó fijado en la historia de la Catedral de Montevideo. En 1875, Francisco Lavandeira —estudiante universitario y militante político— murió de un balazo en el corazón en la puerta de la iglesia al intentar impedir el robo de una urna electoral. En ese entonces no existía el voto secreto.
Una placa lo recuerda “como el primer mártir universitario, un luchador de la libertad”, dice Ramón Cuadra. Tenía 26 años. Ese día hubo al menos 13 muertos y más de 50 heridos. Días después, un golpe militar puso fin al gobierno constitucional. La violencia que estalló frente a la Catedral —y también en su interior— anticipó el colapso del orden político.
Para la crónica roja.
La violencia volvió a entrar a la Catedral de Montevideo casi medio siglo después, pero lo hizo de otro modo. Ya no era una disputa electoral en el atrio ni una invasión extranjera, sino un ataque solitario, silencioso hasta el momento del disparo, en el corazón mismo del templo.
El 18 de junio de 1922, a las ocho de la mañana, se celebraba la misa de Corpus Christi. El arzobispo Juan Francisco Aragone, segundo arzobispo de Montevideo, oficiaba en el presbiterio. Desde detrás de una columna de la nave norte, un joven avanzó entre los bancos. Llevaba un revólver oculto entre papeles de diario. Caminó varios metros, subió hasta el altar mayor y disparó.
Aragone cayó herido. Dos o tres balas quedaron alojadas en su cuerpo. “No se las pudieron sacar todas —relata Cuadra—. Algunas las llevó de por vida”. Una de ellas quedó incrustada en la pared y hoy está señalizada por una placa de bronce, ubicada cerca de la pequeña puerta que conduce a la sacristía.
En los primeros bancos estaba Juan Zorrilla de San Martín. El poeta corrió hacia el presbiterio junto a otros fieles, sostuvo al arzobispo y su sobretodo sirvió de almohada improvisada mientras lo recostaban en el piso, en una sala contigua.
El atacante, Benigno José Herrera Salazar, tenía poco más de veinte años. Según las crónicas de la época, disparó cinco veces; intentó una sexta, pero el arma se trancó. Al ser detenido por la Policía, llevaba en los bolsillos 54 balas y un puñal. Había llegado recientemente a Montevideo y se declaraba anarquista. “En el fondo quería visibilizarse”, explica Cuadra a Domingo. Escribía poemas y estaba obsesionado con una figura del mundo cultural de entonces: la recitadora argentina Berta Singerman. Había asistido a varios de sus espectáculos y protagonizado incidentes públicos. En los relatos posteriores, esa fascinación delirante se mezcló con su rechazo a la Iglesia y con el deseo de notoriedad.
Aragone sobrevivió al atentado. Años más tarde renunció al arzobispado y se trasladó a Argentina, donde vivió en la localidad de Claypole, en una casa vinculada a la obra de Don Orione, dedicado al cuidado de los enfermos más graves. Murió allí. Un año después, sus restos fueron repatriados y enterrados en la Catedral.
Su tumba es tan austera como explícita. Fiel a lo que dejó escrito en su testamento —“quiero morir en el seno de la Iglesia Católica, habiendo sido constantemente fiel a la sagrada misión”—, pidió que no hubiera nada más que la cruz que se coloca a los pobres. La cruz original era de madera; la que hoy se ve es una reproducción en mármol. No hay honores ni ornamentos.
Muy cerca del altar mayor, la placa colocada por la Liga de Damas Católicas señala el lugar exacto donde impactó uno de los proyectiles. Es un gesto sobrio, casi mínimo, pero suficiente para recordar el día en que la violencia también alcanzó el corazón litúrgico del templo.
Más allá de los disparos que marcaron su historia, la Catedral de Montevideo funciona como un archivo físico del país. Bajo sus pisos y detrás de sus muros conviven capas de poder civil, fe y violencia —imperial, electoral e ideológica—. En sus sillones, todavía conservados, se juró la Constitución de la República. En túneles hoy clausurados fue enterrado Juan Antonio Barbieri, el arzobispo que dio nombre a la primera imagen mariana de Montevideo y que mandó a construir su tumba cuando aún vivía.
En varios espacios reposan restos sin nombre, huesos reunidos décadas después en una urna común. Allí también están enterrados presidentes, caudillos y políticos como Rivera, Lavalleja, Venancio Flores, Zudáñez. La pila bautismal de Artigas, los restos de dos mártires de la Guerra Civil Española y hasta una virgen llegada por el río tras una inundación refuerzan esa idea: en este templo, la historia nacional no solo se conserva, también deja marcas. Algunas son símbolos. Otras, como las balas, siguen ahí. Un templo donde el pasado no se explica solo con palabras, sino que se pisa, se roza y se observa.