En setiembre, Alfonso Lessa volverá a las librerías con A cara de perro, un libro sobre la historia reciente uruguaya publicado por Sudamericana. Propone mirar al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros desde una perspectiva diferente, rescatando la vida de Lucas “El Negro” Mansilla, un personaje poco conocido, pero decisivo. Hombre de extrema confianza de Raúl Sendic, encargado de la estructura internacional del MLN en el exilio y cabeza del grupo de los llamados “renunciantes”, Mansilla terminó abandonando la lucha armada y acercándose a Wilson Ferreira Aldunate.
Periodista, escritor, docente y analista político, Lessa nació en Montevideo el 13 de enero de 1958 y comenzó a trabajar profesionalmente a los 20 años. Su trayectoria atraviesa diarios, semanarios, radio, televisión, agencias internacionales y medios extranjeros, junto con una extensa investigación sobre la política uruguaya, la guerrilla, las Fuerzas Armadas y la dictadura.
Pero su relación con los medios había comenzado antes. A los 15 años, junto con su amigo Álvaro Risso (hoy presidente de la Cámara del Libro), tuvo un programa en CX 32 Radio Sur (luego Radiomundo). Empezaron con una hora los sábados y terminaron haciendo maratones de seis horas. El periodismo full time llegó en 1978, cuando trabajar en una redacción significaba convivir con las restricciones y la censura, y al año siguiente comenzaron a publicarse sus primeras entrevistas. Su inclinación por buscar voces difíciles de alcanzar se convertirá en una de las marcas de su carrera.
Entre todos los medios, el escrito es el que recuerda con mayor afecto, porque -dice- permite detenerse a pensar. “Hay tiempo de reflexionar un poco más antes de comunicar”, anota. Agrega que la radio tiene la inmediatez y el feedback de la audiencia; en tanto la televisión se beneficia de la fuerza de la imagen. Con respecto a la TV, donde ha ocupado roles de dirección periodística en Canal 12 y de análisis político hasta el año pasado en Canal 5, opina que tal vez sea el medio “más difícil”, porque “se controlan demasiadas variables”.
La transformación de los medios es uno de sus principales temas de preocupación. Lessa no tiene redes sociales. “Nunca tuve”, asegura y aclara: “Salvo WhatsApp”. Para él, la diferencia fundamental entre los medios tradicionales y las redes está en la intermediación profesional. “Los medios tradicionales, desde mi perspectiva, tienen mucho más credibilidad”, afirma.
La razón es que existe un conjunto de profesionales que chequea la información, busca otras voces y contextualiza. “En las redes, un político o dirigente puede comunicarse instantáneamente con miles de personas, y la comunicación uno podría llegar a decir que es más democrática, porque es directa. Pero no hay profesionales que chequeen si es cierto, que se preocupen de buscar otras voces”, declara.
De todos modos, no idealiza a los medios tradicionales y advierte sobre la tentación de publicar primero y verificar después. “Los medios nuevos tienen el riesgo de que mucha gente dice cualquier dislate, pero los tradicionales pueden reproducir una información sin chequearla suficientemente”, señala.
Jóvenes, periodismo y política
La preocupación por el oficio aparece cuando habla de los jóvenes. Desde hace más de dos décadas es docente de la Universidad ORT, donde dicta Política y Sociedad Uruguaya. Antes enseñó técnicas de investigación periodística y taller de radio.
—¿Qué les diría a quienes hoy quieren dedicarse al periodismo, en un contexto marcado por la pérdida de referentes, los recortes y el achique de los medios?
—Lo primero es tener vocación. Mucha vocación - repite convencido.
Para Lessa, el oficio exige voluntad, trabajo y sacrificio: “Cuando vos empezás, no sabés si te va a ir tan bien, mal, y tenés que estar dispuesto a sacrificarte”. No cree que sea una carrera para elegir por descarte. Y advierte que la formación tampoco puede limitarse al aula: hay que leer mucho, no solamente periodismo, escuchar radio, mirar televisión y seguir medios nacionales y extranjeros. “La primera condición es la vocación, la segunda la disposición al esfuerzo”, sentencia. Y advierte: “Los chicos, o muchos chicos, se han acostumbrado por las redes a leer cortito y a escribir cortito y mal”.
Como docente, también observa la relación de los jóvenes con la política. En las últimas dos elecciones percibió un interés creciente, aunque entiende que no es prioridad para la mayoría.
Algo similar ocurre con el pasado reciente del que tanto ha escrito. Lessa percibe escaso interés en las nuevas generaciones, aunque ha tenido sorpresas: jóvenes que compran sus libros y se interesan por episodios ocurridos décadas atrás. El problema, sostiene, es que muchos llegan a la universidad sin conocer prácticamente nada de ese período. Identifica una responsabilidad del sistema educativo y de las familias, que a veces prefieren no hablar para no “revolver” el pasado. Pero aclara que comprender qué ocurrió en esos años convulsos es indispensable para entender el Uruguay actual.
Entre militares y tupamaros
Lessa, quien es doctor en Diplomacia y máster en Ciencia Política por la Universidad de la República, lleva décadas investigando el pasado reciente.
En 1996 publicó Estado de guerra. De la gestación del golpe del 73 a la caída de Bordaberry. Después llegó La revolución imposible. Los Tupamaros y el fracaso de la vía armada en el Uruguay del siglo XX, originado en su tesis de maestría y distinguido en 2003 con el Premio Bartolomé Hidalgo. Otros de sus libros son Espías de la basura (el primero, de 1987); La primera orden; Gregorio Álvarez, el militar y el dictador, y El pecado original. La izquierda y el golpe militar de febrero de 1973.
Para este prolífico autor, hay un episodio especialmente revelador: febrero de 1973. Lessa sostiene que allí estuvo, en buena medida, el verdadero golpe y que es un error comenzar la historia de la ruptura institucional el 27 de junio. Al investigar El pecado original encontró una de sus grandes sorpresas: “La apuesta casi generalizada de la izquierda por un golpe de Estado creciente, que era un golpe peruanista”, dice. Según su reconstrucción, determinados sectores estaban dispuestos a pasar por encima de las instituciones en busca de una transformación social.
También considera fundamental comprender las divisiones de las Fuerzas Armadas y el aislamiento de Juan María Bordaberry, hasta que terminó pactando con los militares. Sostiene que la dictadura uruguaya (habitualmente referida como “cívico-militar”) fue esencialmente castrense. No niega la presencia de civiles, pero entiende que las decisiones fundamentales estaban en manos de las Fuerzas Armadas y que el Consejo de Estado cumplía una función prácticamente decorativa.
Para investigar tuvo que construir puentes. “Ganarte la confianza es casi como cuando regás una planta, hay que cultivarla”, explica. Lo experimentó especialmente con Bordaberry, a quien llamó sin conocerlo cuando el expresidente tenía muy mala prensa. Con el tiempo logró un diálogo que le permitió obtener declaraciones extraordinarias. El padre del actual senador colorado “admitió que no creía en la democracia y se manifestó contra el Parlamento y contra la existencia del sistema democrático”. Para Lessa, esa franqueza fue una de las mayores sorpresas de su carrera.
Su próximo libro
Ahora vuelve a la guerrilla con A cara de perro. Mansilla fue dirigente de máxima confianza de Sendic, quedó a cargo de la estructura internacional del MLN después del golpe y encabezó el grupo de los “renunciantes”, que decidió abandonar la lucha armada e impidió una contraofensiva desde el exterior que, según Lessa, podría haber sido sangrienta. Tras el asesinato en Argentina de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, la segunda esposa de Mansilla quedó vinculada a ese drama. Ella era hermana del exmilitante tupamaro William Whitelaw, quien también murió en ese atentado. Finalmente, Mansilla y su grupo terminaron acercándose a Wilson Ferreira y convirtiéndose en hombres clave de su entorno.
El libro reconstruye ese “periplo de vida increíble” desde un ángulo poco explorado. Y la investigación tuvo un desenlace inesperado: Lessa había hablado con Mansilla durante el verano y el mes pasado recibió la noticia de su muerte. La carrera de Alfonso Lessa fue reconocida con el Premio Morosoli de Periodismo de 1987, dos premios Bartolomé Hidalgo y el Premio a la Excelencia Docente de la Universidad ORT. También tuvo costos: en 2006 recibió amenazas de muerte por correo electrónico de un individuo que se identificó como oficial subalterno del Ejército y cuestionó sus posiciones críticas sobre las Fuerzas Armadas.
Pero el hilo conductor permanece: preguntar, buscar, contrastar y llegar un poco más allá de la versión conocida. En tiempos de información instantánea y mensajes cada vez más breves, Lessa reivindica lo que considera más lento y exigente: leer, investigar, escuchar y pensar antes de comunicar.