Agustín Courtoisie
PISABA UNA LíNEA y ahora cayó a uno de los lados. Queda por saber —hay dudas razonables— en cuál de ellos. Entre la divulgación de la filosofía y la filosofía, entre la autoayuda y la insolencia creadora, entre la TV y el alma, Fernando Savater (1947, San Sebastián) vuelve a dar que hablar. La cuestión reside en si vuelve a dar qué pensar.
Es cierto que no se ha movido un centímetro en su militancia contra toda violencia. El catedrático de Ética en la Universidad del País Vasco y el actual titular de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, formó parte del Movimiento por la Paz y la NO Violencia, Gesto por la Paz, el Foro de Ermua, y todavía hoy milita en la iniciativa ciudadana Basta Ya. Suele andar custodiado para evitar una represalia de los terroristas de ETA. En eso sigue siendo admirable o, cuando menos, muy respetable. Y sigue siendo un hombre sabedor de los riesgos que corre cuando afirma que "en el fondo, el terrorismo es una forma de domesticación social que, en vez de emplear un látigo, emplea bombas".
Sus posturas también arriesgadas —pero en el fondo muy sensatas— en materia de drogas, todavía hacen extrañar a aquel "anarquista pacífico" —el autor de Panfleto contra el Todo y Perdonádme, ortodoxos—, frente al Savater "integrado" de hoy.
Pero a la publicación de Los Diez Mandamientos en el Siglo XXI. Tradición y actualidad del legado de Moisés (2004), se le nota demasiado que es una versión impresa inspirada en el ciclo para TV dedicado al tema —Savater 10 M, emitido por Canal à—. Y el éxito mediático casi lo vuelve a derrotar —filosóficamente hablando— en la secuela televisiva y luego también editorial, Los siete pecados capitales (2005). Esto, en principio, aleja a Savater de lo que Tomás Abraham hace cada día mejor, y lo aproxima peligrosamente a los libros del no del todo desatendible Jaime Barylko, o incluso al astuto y light —además de plagiario—, Jorge Bucay. Claro que habría que ir por partes —como corresponde en filosofía, por lo menos desde Descartes —, después de tanta insinuación, y antes de acusarlo formalmente.
CON DIOS Y CON EL DIABLO. En Los Diez Mandamientos... Savater reflexiona con comprensible irreverencia, desde su agnosticismo, y formula con una sonrisa comentarios tales como el de que prefiere —comparado con el bíblico Moisés interpretado por Charlton Heston en una película célebre de Cecil B. de Mille—, el Moisés del cómico Mel Brooks, que en La loca historia del mundo pregona la devaluada buena nueva de diez mandamientos después de la rotura de las tablas originales —que contenían un número superior de normas divinas—. El esfuerzo de Savater, en el fondo, es encomiable, y reside en buscar unos fundamentos humanos a la ética, que pudiesen aceptar todas las personas del planeta como un núcleo común, al margen de sus demás creencias políticas o religiosas.
En Los Diez Mandamientos... el filósofo —que no deja de serlo, se considere o no como un traspié alguno de sus recientes libros de divulgación o su novela para adolescentes El gran laberinto—, dialoga directamente con Dios e incluso le reprocha ciertas cosas. El mayor mérito reside en partir del milenario decálogo religioso, vigente por lo menos en el inconsciente colectivo, más allá de su cumplimiento estricto, para reformularlo en clave contemporánea.
La pauta invariable del libro consiste en ir de la ironía al dato sensible, de la suave mofa, a la observación atinada, la reflexión aguda o el dato relevante. Y a la inversa. Por ejemplo, frente a ciertas formulaciones del primer mandamiento, que piden tratar al prójimo como a uno mismo, además de "Amar a Dios sobre todas las cosas", Savater apela a George Bernard Shaw, cuando dice: "No hagas a los demás lo que te guste que te hagan a ti, ellos pueden tener gustos diferentes". Pero varios renglones más adelante expresa: "Durante la historia del hombre sobre la tierra, infinidad de ejércitos se han enfrentado en nombre de dioses o de creencias. Se habla de un Dios de los ejércitos; todos tienen sus capellanes castrenses, sus banderas y estandartes. En 5.500 años de historia, para no ir más lejos, se han producido 14.513 guerras que han costado 1.240 millones de vidas y nos han dejado un respiro de no más de 292 años de paz, aunque seguro que durante dicho tiempo también debieron haber guerras menores en curso".
Ese algoritmo simple se reitera en el Mandamiento IX, "No desearás a la mujer de tu prójimo". En cierta página Savater le explica a Yahvé: "Te diré que prohibir a la mujer es algo incompleto. A riesgo de escandalizarte, te diré que la mujer tiene el mismo derecho de desear al hombre de la prójima. También hay quienes no desean a la mujer del prójimo porque desean al prójimo. Las cosas, Yahvé, son distintas a como lo eran en tiempos de Moisés. Las relaciones de pareja ya no son las mismas. Ninguna mujer acepta ser de nadie".
Pero luego, el vínculo entre la pareja y la propiedad privada le merecen comentarios bastante más inquietantes: "Los crímenes pasionales están basados en que uno de los implicados considera que le van a quitar algo que le pertenece (...) Es curioso cómo en los países latinos los crímenes pasionales han gozado de tolerancia. En realidad, entre el mal manejo de las pasiones y la cultura que impuso al hombre por encima de la mujer, la violencia doméstica es un mal universal". El caso propuesto es eficaz: "Un ejemplo es el de la actriz Marie Trintignant, quien murió por los golpes que recibió de Bertrand Cantat, su pareja, en la habitación de un hotel en Lituania. La actriz, madre de cuatro chicos, planeaba irse de vacaciones con el padre de sus hijos menores. Por celos, Cantat la mató a golpes. ’Se lo ha buscado, ¿no?’, es la frase que mezcla lo posesivo y lo pasional y que nada tiene que ver con el verdadero cariño". Líneas después, con el mismo tono grave, Savater expresa una noble propuesta referida a lo que debería ser el nuevo contrato afectivo entre personas que se aman, incluso llegado el momento de una separación.
Pero, repitiendo el algoritmo, vuelve a aflojarse al comienzo del párrafo siguiente, para exclamar junto con Oscar Wilde: "Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer, mientras no la ame".
En el segundo libro, de igual talante, Los siete pecados capitales, Savater dialoga con otro jerarca sobrenatural, Satanás, acerca de la soberbia, la pereza, la gula, la envidia, la ira, la avaricia y la lujuria. En esas páginas discute amablemente con el Angel Caído y explica a los lectores esas tradicionales fallas humanas, relacionándolas con cuestiones económicas, políticas, sociales, tecnológicas, y otras pesadillas muy contemporáneas.
Aquí resulta oportuno el relato de Carlos A. Maslaton (Clarín de Buenos Aires), de lo ocurrido durante uno de los capítulos de la nueva serie televisiva, que repitió el formato de la anterior y que también precedió al libro. Savater acababa de instalarse en la capital argentina y compartía sus reflexiones ante las cámaras junto al rosarino Roberto Fontanarrosa, que provocó de inmediato la hilaridad general en el estudio de televisión al observar que "parece que hay cierta relatividad en la valoración de los pecados: por ejemplo, cuando alguien dice que existe la envidia sana y la negativa, siempre lo asocio con que recién hace pocos años nos enteramos que había un colesterol bueno y uno malo". A esas y otras inevitables liviandades de la versión televisiva, se agregan algunas del libro donde, por ejemplo, se citan entre comillas las opiniones de Jorge Rial, presentado por el bueno de Savater como "experto en temas del mundo del espectáculo".
Pero las brisas ligeras de la posmodernidad, mediáticas por naturaleza, no terminan de resfriar a Savater que se propone algo más serio en Los pecados... cuando cita al rabino Daniel Goldman: "Cuando lleguemos al otro mundo, después de la desaparición física, la primera pregunta que se nos va a hacer es ’¿Diste y recibiste con fidelidad a tus principios y diste y recibiste con amor?’. En este punto me parece que no se trata de llevar la Tierra al Cielo, sino el Cielo a la Tierra".
O cuando cita al especialista en temas islámicos Omar Abboud : "el mal es algo que entra y sale de los hombres". O al sacerdote católico Hugo Mujica: "Símbolo es lo que reúne, diábolo es lo que separa. En la antigüedad dos personas se ponían de acuerdo en algo, tomaban un pedazo de arcilla, lo partían y cada uno se quedaba con una parte. Así se firmaba un contrato. Entonces, si surgía algún pleito se iba ante un juez, se mostraba que las dos parte encajaban y eso legalizaba la confrontación. Se trata de un símbolo, que quiere decir que toda presencia tiene una mitad de ausencia y todo lo presente no se agota en sí mismo, sino que siempre hay algo detrás. Lo diabólico es separar esa mitad y tomarla como un todo".
En una búsqueda similar, y en involuntario bumerang contra sus dos últimos libros, el propio Savater vuelve a ser él mismo cuando en uno de ellos expone su idea del "pensamiento único" —esta vez regresamos a Los Mandamientos...—: "Hoy está de moda hablar del ’pensamiento único’ que, según dicen algunos, imperaría después de la caída del muro de Berlín y del derrumbe del sistema comunista de Europa del Este. No creo que el problema de la intolerancia pase por ese denominado ’pensamiento único’, porque para mí no existe como tal. En el mundo hay grupos que apuestan por el Fondo Monetario Internacional, y otros grupos ’antiglobalización’ que se manifiestan contra este organismo. Vivimos en un planeta donde existe bastante discordia y oposición de opiniones, así que es injusto, y un poco absurdo, hablar de un pensamiento único, aunque no son pocos los que desarrollan sus teorías en base a esta falacia".
Y agrega, muy significativamente: "Sí, es cierto que existe una tendencia al pensamiento simple. Hay diversas concepciones simplistas: simplismo neoliberal y simplismo anticapitalista. Ante una realidad tan compleja como la que vivimos se le oponen ’pensamientos descafeinados’. La cuestión es que nuestro mundo cada vez está más unificado y tendemos a buscar soluciones que involucren a toda la humanidad. Soluciones que creemos que deben ser simples. Y esto es falso".
Pese al acierto de incorporar de modo plural un rabino, un cura y un especialista en islamismo, y pese a esa atinada reflexión acerca del ’pensamiento único’ y el virus del ’pensamiento simple’ —que es la verdadera amenaza del siglo XXI—, ante otros pasajes no tan interesantes de estos dos libros hijos de la TV, resulta claro que es muy difícil estar bien con Dios y con el Diablo.
CASI UN JUICIO FINAL. Cuando se acababa de conmemorar el primer aniversario de los atentados en la estación de Atocha, Savater declaró en una entrevista que no hace falta una divinidad celosa para aceptar el pecado, porque pecado es hacerse daño a sí mismo o a la humanidad: "Por ejemplo uno piensa que aquí, en Madrid, no hace falta pensar en dioses ni nada para darse cuenta de que la persona que pone una bomba en un tren en el que van miles de personas a trabajar, madres de familia, pues realmente comete un pecado. Aunque en este caso lo cometa creyendo que está agradando con eso a la divinidad. Somos los ateos los que vemos allí un pecado y en cambio algunos religiosos no lo ven, al parecer".
Sin embargo, y a pesar de que le asiste razón a Savater cuando denuncia que la tolerancia nunca ha sido el punto fuerte, en general, de las religiones, por momentos parece que se le escapa esa dimensión que con tanta lucidez supo denunciar Giovanni Sartori en Homo videns. La sociedad teledirigida, cuando afirmaba: "el hombre contemporáneo es un ser deshuesado". Esto es, "deshuesado" en tanto carente del esqueleto sólido de una cosmovisión articuladora —la de la modernidad, en su caso, o las de las religiones tradicionales aggiornadas en otros—. El hombre contemporáneo busca desesperadamente un significado para los avatares de su existencia en cualquier culto, sea el del cuerpo y las medicinas alternativas, o el del fanatismo político, cultural o racial, o el de cualquier superstición propalada por los variopintos predicadores televisivos.
Para ubicar cabalmente a Fernando Savater en la agenda del pensamiento contemporáneo —y no quedarse solamente en sus dos últimos libros de divulgación filosófica—, es preciso recordar uno de los ejes polémicos que Occidente no ha terminado de superar: el debate entre modernidad y posmodernidad.
"Posmodernidad", es aquí entendida como fragmentariedad en todos los órdenes, retracción de los espacios públicos, subjetivismo, hedonismo, presunta relatividad de los valores éticos y estéticos, e incluso puesta en tela de juicio de la "objetividad" de la ciencia —y la desconfianza de la tecnología y sus consecuencias—. El valor de los expertos, las academias, y las polémicas entre el gusto "culto" y el "popular", se integran espontáneamente en estas discusiones, o subyacen en muchas de ellas. Para completar estos rápidos trazos, conviene advertir que la "posmodernidad" importa tanto como atmósfera o sensibilidad social y cultural, que como producto académico vinculable a ciertos filósofos —Deleuze, Lipovetsky, Vattimo, o una larga lista de autores, afines y detractores—.
Por su parte, la "modernidad" debe ser entendida en términos análogos a los que Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu han utilizado para definir la "Ilustración": "término que se aplica a un conjunto sistemático de ideas filosóficas y políticas que se extiende por países de Europa -Inglaterra, Francia y Alemania, principalmente- desde mediados del siglo XVII al XVIII, y que se considera como uno de los períodos más intelectualmente revolucionarios de la historia. Se caracteriza fundamentalmente por una confianza plena en la razón, la ciencia y la educación, para mejorar la vida humana, y una visión optimista de la vida, la naturaleza y la historia, contempladas dentro de una perspectiva de progreso de la humanidad, junto con la difusión de posturas de tolerancia ética y religiosa y de defensa de la libertad del hombre y de sus derechos como ciudadano".
Estos autores agregan que la importancia de la razón crítica, y la de pensar con libertad, se expresa incluso en la misma raíz de las palabras que designan aquel período fundador: "Siglo de las luces", o "siglo de la razón", "illuminismo" (en Italia), "Enlightenment" (en Inglaterra), o "Aufklrung" (en Alemania). Y culminan: "todo cuanto se oponga, como rincón oscuro y escondido, a la iluminación de la luz de la razón —las supersticiones, las religiones reveladas y la intolerancia— es rechazado como irracional e indigno del hombre ilustrado, como ’oscurantismo’..."
Hay esfuerzos muy interesantes de algunos autores por combinar elementos de la modernidad y la posmodernidad. Y ése es el caso de Fernando Savater, que a partir de una matriz moderna, de anticlericalismo agnóstico, pensamiento democrático liberal, reformismo de izquierda, valores éticos y pacifismo, incorpora el hedonismo, el rescate estético de historietas y personajes de géneros literarios "menores", y reivindica los derechos de cada sujeto para vivir la vida como le plazca (incluidas las experiencias con drogas), siempre que no haga daño al prójimo. Esa era hasta ahora la atractiva y sostenida línea del prolífico Savater.
Pero tanto Los Diez Mandamientos en el Siglo XXI y Los siete pecados capitales van a decepcionar al lector exigente, sin negar que puedan aportar nutrientes para la reflexión de otros públicos. Claro que debe reconocerse que aún en estas propuestas más livianas del pensador vasco, siempre hay cierta autenticidad y cierta calidad mínima —y nunca es lo mismo que lo ofrecido por obras de la dudosa categoría de Más Platón y menos Prozac de Lou Marinoff—. Pero parece que Savater ha olvidado la sutil sugerencia pedagógica que en el Uruguay conocimos gracias a Carlos Vaz Ferreira —y que en otras latitudes seguramente han manejado otros teóricos de la educación y la psicología del aprendizaje—. Vaz Ferreira sostenía que además del "escalonamiento", propio de materias como las matemáticas, —donde es menester comprender del todo cada línea antes de pasar a la siguiente—, debe sacarse provecho de la "penetración", esto es, de la posibilidad de enriquecerse gradualmente, a lo largo de las edades, en sucesivas lecturas de textos que nunca entregan plenamente su significado, pero que resultan beneficiosos incluso a partir de una comprensión "a medias".
Lejos de la densidad provocadora de Idea de Nietzsche, ajeno al encendido libertario de Panfleto contra el Todo o a la ternura agridulce del autobiográfico Mira por dónde, apenas coincidente por momentos en la agilidad y la agudeza de Sin contemplaciones o Diccionario filosófico —que no era en realidad, un "diccionario"—, después de estos mandamientos y estos pecados, Savater merece una estadía en el Purgatorio.
LOS DIEZ MANDAMIENTOS EN EL SIGLO XXI, TRADICIÓN Y ACTUALIDAD DEL LEGADO DE MOISÉS de Fernando Savater, Sudamericana, Buenos Aires, 2004, 184 páginas.
LOS SIETE PECADOS CAPITALES, Sudamericana, Buenos Aires, 2005, 160 Páginas.