Lo vi por vez primera en el Cine Plaza, cuando llegó con OPA desde Estados Unidos. Corría el año 1981. El escenario del cine parecía minimalista, apenas iluminado, desprovisto de toda esa parafernalia de luces y láser a la cual nos acostumbraría luego la gran bestia pop. En ese escenario austeramente uruguayo, metáfora y símbolo de una cultura en dictadura que pugnaba por sobrevivir, aparecieron como desde otra galaxia estos traficantes de algo que no quedaba claro qué, pero que muchos músicos y productores de trayectoria en Estados Unidos habían sabido reconocer. El escenario explotó de talento y música diferente, de un sonido que podría llamarse música uruguaya. El público, ensimismado en el respeto, no entendía a cabalidad lo que estaba sucediendo. Se sabría recién años más tarde. En medio de ese (des) concierto, había uno que era más diferente que el resto, que cantaba distinto, que proponía registros y escalas inhumanas, gorgoteos de voz en armonías improbables, y con la desfachatez propia de quien disfruta la música sin límites, y trasmite ese disfrute de la forma más ética posible. Ese era Rubén Rada. Poco sabía, entonces, que ese músico sería parte ineludible de la construcción de mi imaginario uruguayo, de la identidad de pertenencia a una comunidad, a sus vínculos, emociones y costumbres.
Lo vi luego en el escenario muchas veces, tantas que ya no recuerdo. La memoria fluye y puede que la filmación de un concierto en Buenos Aires o en Montevideo se confunda con el haber estado allí, o al revés. Tal era la familiaridad que imponía el estilo Rada, su mezcla improbable de estilos y ritmos. Escucharlo era estar en el lugar, observando sus gestos, su rostro juguetón que mostraba alegría, desfachatez y sorpresa, siempre en contacto con un público que lo disfrutaba a más no poder, hasta el último compás. Su talento te tomaba hasta los huesos, y ya en los últimos compases dominaba el deseo de que el concierto fuera infinito. De tanto en tanto, también, escuchaba a algún crítico afirmar que con los años “Rada no es el mismo”. Sin embargo para mí siempre sonó igual. No había tal pérdida, eran juicos equivocados, petulantes. De existir un declive, algo lógico en cualquier proceso vital, Rada lo subsanaba a puro profesionalismo. No se notaba, siempre era el mismo.
Lo escuché defender los derechos del músico a tener un ingreso digno, no a recibir las migajas que suelen recibir, a no ser engañados y tratados en el sistema económico actual como meros clowns marginales. En la discusión por los derechos de autor, el salario de los músicos, Rada se instaló firme y habló y dijo verdades que él vivió en carne propia, porque muchos no entienden que la música, para sonar bien, afinada, y que no te rompa los oídos, implica horas de composición, ensayo, sacrificio, estudio, intemperie, traslado de equipos, armar y desarmar conciertos, bancarte con los dientes apretados un auditorio vacío, medio lleno o lleno al fin, o a productores que no pagan lo que prometieron. Viven en la incertidumbre, porque no hay un sueldo seguro a fin de mes, el que permite, como a cualquiera, pagar las cuentas, el alquiler, educar hijos, tener una familia. Parece que los músicos solo existieran en el escenario, haciendo bailar, gozar y reír, y que luego, tras bajar de él, no tuvieran derecho a una existencia normal, prosaica, como la de cualquier ciudadano. Esa postura le generó enconos inexplicables, o comentarios irascibles en redes por parte de los idiotas de siempre, escudados en el anonimato.
Es difícil encontrar palabras en momentos de duelo. A veces ni siquiera hay palabras, y eso no debería avergonzar. Lo mejor es escucharlo, una y otra vez, y recuperar la alegría de los recuerdos que cada canción provoca. Y gozar de su talento teniendo presente su eterna, desfachatada y uruguaya sonrisa.