Cómo frenaron a Stalin

El precio que pagó Finlandia por su libertad

Se cumplen 80 años de la Guerra Ruso-Finlandesa, y más allá de las batallas, vale comparar las estrategias de Finlandia y Uruguay a la hora de lidiar con vecinos enormes.

Guerra Ruso-Finlandesa.
Soldados finlandeses esperan a la infantería soviética, 1939-1940.

Se cumplen 80 años de la guerra Ruso-Finlandesa, un conflicto de tres meses que enfrentó a la enorme Unión Soviética con la pequeña Finlandia y, más allá del aniversario redondo, los hechos son relevantes para comprender el rol que juegan las pequeñas democracias como Uruguay y Finlandia en su vínculo con vecinos enormes, a veces avasallantes o brutales, y sobre los caminos a seguir para sobrevivir y mantener la independencia política, económica y cultural.

Hace 80 años el líder soviético José Stalin lanzaba mil tanques y cientos de miles de soldados de infantería contra una pequeña democracia de 3,5 millones de habitantes. Era fines de 1939, vísperas del gran conflicto que significó la Segunda Guerra Mundial, y miles de jóvenes finlandeses marcharon al Istmo de Carelia o a la extensa frontera al norte del lago Ladoga para enfrentar al invasor. Eran campesinos, oficinistas, carpinteros, los había nacionalistas, socialdemócratas, comunistas, todos unidos por un sentimiento común: ser libres e independientes. Dispuestos a entregar su vida, los jóvenes debían enfrentar la cuestión del miedo a la muerte. Quizá lo mismo que sintieron los combatientes orientales cuando enfrentaron a los brasileños en la Batalla de Ituzaingó (1827), tratando de abrirse paso entre los pastizales, el humo, los pequeños incendios y el zumbido de las balas, para darle una lección al gigante —como si el gigante luego no tuviera memoria. Los que lucharon en Carelia y en el helado norte, sin embargo, precisaron algo más que bombacha y camisa. El invierno ártico con sus dos metros de nieve y los lagos congelados definió la naturaleza del conflicto.

Vecino patotero

Relatar batallas es hoy una tarea destinada al fracaso, porque lo que sintieron los combatientes ha desplazado a los relatos clásicos. Vale la pena, por eso, tomar como base el libro A Frozen Hell, de William R. Trotter.

Según los soviéticos, el Ejército Rojo cruzó la frontera con Finlandia para recuperar lo que consideraban territorio perdido. Finlandia se había declarado independiente en 1917 y Lenin la reconoció a las pocas semanas, porque la revolución soviética tambaleaba y no quería más líos. Cuando Stalin llegó al poder años más tarde el sentimiento anti finlandés estaba en auge: para los comunistas soviéticos los escandinavos tenían un gobierno “burgués”, habían apoyado a los contrarrevolucionarios rusos, y eran muy amigos de países “imperialistas”.

En Occidente la solidaridad con el pequeño país agredido fue instantánea, sobre todo en Francia y Gran Bretaña, pero también en Estados Unidos. El gigante totalitario de 170 millones de habitantes hacía tiempo que tenía mala prensa, y meterse con otro muy chico no lo ayudó. Ya había invadido meses antes a Polonia, asociado a Hitler. Hasta el gobierno argentino los denunció con una retórica emotiva; en Europa los reclamos más conmovedores surgieron, curiosamente, en la Italia fascista. La solidaridad del mundo jugaría un rol importante en el imaginario de los finlandeses, pero en concreto significó poca cosa. Las promesas de intervención, envío de tropas, armas, alimentos, de ayuda real, se materializaron mal y tarde. Algo que sabrían los húngaros en 1956, y los checoeslovacos en 1968. Los países pequeños pueden recibir mucho aliento y solidaridad moral pero, a la hora de la verdad, están solos.

Luego, el paradójico Carl Gustav Mannerheim, el líder de la defensa finlandesa. Era un barón proveniente de la aristocracia sueco-finlandesa que había hecho una brillante carrera militar en la Rusia zarista (admiraba al Zar Nicolás), y que de golpe se encontró en su pequeño país con una enorme responsabilidad: frenar a los soviéticos para seguir existiendo como nación independiente. Las carencias eran enormes. Las armas eran anticuadas, las comunicaciones malas, y tenían pocas municiones. Pero había ganas de pelear a muerte. El papel de Mannerheim fue decisivo no sólo para administrar los pocos recursos de que disponían; conocía bien las tácticas y estrategias rusas, su rusticidad, la de lanzar a la batalla masas ilimitadas de hombres con cientos de tanques directo al enemigo. Muchos soldados soviéticos no tenían ni idea de dónde se encontraban, ni por qué estaban peleando. Llegaban al frente a veces tras días sin comer. La amenaza (real) del fusilamiento era suficiente para seguir.

Los finlandeses se atrincheraron cuando pudieron, montaron defensas, minaron caminos, y en áreas más remotas, las más cercanas al Ártico, aplicaron tácticas envolventes con soldados montados en esquíes que, amparados por los cerrados bosques, atacaban a las columnas soviéticas que transitaban por los pocos caminos existentes. Eran tácticas de guerrilla, pero a gran escala. Fue una guerra sin piedad: el otro debía ser exterminado. Los finlandeses relocalizaron a miles de familias campesinas para evitar exponerlos al invasor. Muchos soviéticos, provenientes de lejanas provincias sin nieve, no podían soportar el frío y morían en silencio en sus trincheras. Los finlandeses les bombardeaban sobre todo las cocinas de campaña: sin alimento caliente, estaban condenados. El énfasis en el abrigo, el descanso y el alimento entre los escandinavos fue fundamental. La naturaleza era su aliada, no su enemiga. El territorio era su casa, y lo conocían muy bien.

Pero el problema eran los tanques soviéticos. Los finlandeses no tenían tanques, eran caros, y desconocían lo que era enfrentarse a esas moles de decenas de toneladas, lidiar con el efecto psicológico que provocaban cuando avanzaban disparando y temblando la tierra. Descubrieron que una vez que un soldado finlandés lograba acercarse al tanque, éste era vulnerable. Fabricaron entonces versiones sofisticadas del “Cocktail Molotov” (quizá en su origen un invento de los republicanos españoles), manojos de granadas atadas u otros explosivos. Pero el asunto era acercarse; si los tanques venían con infantería a su lado, era casi imposible. Siete de cada diez integrantes de estos escuadrones cazadores de tanques morían. Trotter afirma que sobraban los voluntarios para estas unidades, algo difícil de creer. Lo cierto es que destruyeron 600 de los 1.000 tanques soviéticos.

Ni todo era improvisación. Los finlandeses sabían, por razones históricas, que Stalin iba a atacar. La artillería finlandesa había estudiado y cuadriculado durante años cada metro del Istmo de Carelia. Cuando los soviéticos concentraron sus soldados o tanques, los artilleros sabían exactamente dónde dispararles. A veces destruían divisiones enteras. En toda la guerra, por cada soldado finlandés que murió cayeron diez soviéticos (25 mil finlandeses contra un estimado de 250 mil soviéticos muertos).

La ira de Stalin resultó descomunal. Estaba haciendo el papelón mundial. Si bien Mannerheim había prohibido la entrada de la prensa al Istmo de Carelia, los corresponsales sí llegaban al norte desde Suecia o Noruega. Los despachos de Carl Mydans recorriendo los campos de batalla para la revista Life se hicieron famosos, y consagraron el mito del combatiente finlandés en esquíes. Un manual ruso capturado indicaba a sus soldados cómo combatir con los esquíes puestos; los finlandeses se mataron de risa, sabían que eso era imposible, los esquíes carecían de tracción, no permitían afirmarse para atacar con bayoneta. Sólo servían para trasladarse. El temible Ejército Rojo, entonces, mostraba una falta de profesionalismo sorprendente. Quizá porque un par de años antes Stalin, en su locura homicida, había mandado asesinar durante las purgas a tres cuartas partes de su propia oficialidad. En un arranque de ira por la situación se la agarró con el general Voroshilov, quien le respondió: “¡Fuiste tú el que mandaste asesinar a nuestros mejores generales!”

Los soldados finlandeses sabían en su intimidad que tarde o temprano caerían. La capacidad militar soviética era casi infinita, y no les importaban los muertos o heridos, podían sustituirlos; los finlandeses estaban exhaustos y casi sin municiones. La infantería soviética y los tanques lanzaron un nuevo ataque, que resultó imparable. El 15 de febrero Mannerheim ordenó una retirada general. La diplomacia finlandesa, cuyos permanentes intentos por negociar habían sido recibidos por los soviéticos con el más absoluto silencio, ésta vez tuvo respuesta. El Kremlin veía como real la posibilidad de una intervención de ayuda anglo-francesa a Finlandia (no lo era), y además tenía demasiados frentes diplomáticos que atender. Comenzaron las negociaciones directas; Stalin exigió la cesión de territorios que los finlandeses no pudieron negarle.

Buscando el relato

De haber finalizado así esta historia habría conformado un magnífico relato moral, una historia fundacional para la pequeña nación que frenó al gigante Goliat. Sin embargo, tres días después de la invasión arrolladora de Hitler a la Unión Soviética, Finlandia también atacó a la URSS y recuperó los territorios perdidos. El secretario de Estado de los Estados Unidos, Cordell Hull, felicitó a los finlandeses cuando alcanzaron la vieja frontera; todavía EE.UU. no era aliado de la URSS. Sin embargo quedaba en el mundo libre una sensación amarga: cómo una de las más respetadas democracias del mundo volvía al combate junto a la Alemania nazi, uno de los totalitarismos más crueles y racistas que conocía la Humanidad. Stalin, que tenía memoria, cuando frenó a Hitler mandó otra vez al Ejército Rojo contra Finlandia. Mannerheim pidió más ayuda a Hitler, las batallas posteriores fueron breves y terribles, pero Stalin tenía otras prioridades. Finlandia no era en realidad una amenaza para la URSS. En setiembre de 1944 se firmó un armisticio que obligaba, entre otras cosas, a que Finlandia combatiera contra los nazis, algo que sucedió contra las unidades de la Wehrmacht que estaban en el norte del país, 200 mil soldados alemanes que luego se retiraron hacia Noruega dejando tierra arrasada.

Por qué lucharon junto a Hitler es una de las cuestiones más debatidas de la historiografía finlandesa. Abundan las explicaciones y los puntos oscuros, los encadenamientos de hechos, la frase “era inevitable”. Los análisis suelen dejar de lado una realidad: la terrible deriva que sufrieron entonces los países europeos pequeños, obligados a tomar parte sin tener opciones. Le pasó a Letonia, Lituania y Estonia, también a Hungría, Rumania y Polonia. De todos ellos el único que logró mantener la independencia política en la posguerra y seguir funcionando como una democracia plena fue Finlandia. Pagó por esa libertad un precio muy alto, perdiendo territorios, miles de vidas, y tomando decisiones que aún hoy son discutidas. En los años 70 se llegaron a cuestionar en Finlandia todas las acciones militares que se tomaron contra la URSS, algo que agradó a la izquierda. Atrás había quedado el espíritu militarista de los nacionalistas, incluso las ambiciones por una Gran Finlandia de la ultra derecha, una que iba más allá de las fronteras perdidas en la guerra de 1939. En la propia URSS debió llegar la perestroika para renovar los relatos que la explicaban como una guerra antiimperialista, necesaria para proteger las fronteras.

Hoy los relatos apuntan a recuperar la humanidad de todos los combatientes, a respetar su sacrificio, por lo menos en el lado finlandés. La miniserie El soldado desconocido, recién emitida por el canal de cable Europa/Europa en Uruguay (Tuntematon Sotilas, dir. Aku Louhimies, 2017), basada en la novela de Väinö Linna, pone al espectador en la misma trinchera de los combatientes junto a sus decisiones heroicas (entregar lo más preciado, la vida) pero también compartiendo sus enojos, dudas, sufrimiento y ambiciones, esas que poco tenían que ver con las arengas heroicas y sí con la necesidad de volver a casa, estar con la esposa, con los hijos, con el trabajo y la vida en paz.

Para sobrevivir hay que entender al otro, comprender cómo observa el mundo para pensar así el lugar propio en el universo. Un ejercicio que los finlandeses aplicaron con dedicación en la posguerra con su gran vecino. Así, desde su pequeña comarca plena de bosques, lagos, rocas y planicies, Finlandia se convirtió luego en una sociedad modélica que tuvo como principal socio comercial a la URSS, y que puso en manos del mundo entero los indestructibles teléfonos móviles Nokia. Desde hace un par de décadas es también “socio estratégico” de Uruguay por sus inversiones en la industria papelera. En 2016 el presidente finlandés Sauli Niinito realizó una visita oficial a Uruguay, la primera de un presidente de Finlandia en un siglo de vida independiente del país nórdico. En entrevista con El País dijo que “no hay que sentirse más grande de lo que uno es”.

De eso saben.

El soldado desconocido

La miniserie “El soldado desconocido” (2017) tiene como protagonista al soldado finlandés Antero “Antti” Rokka (Eero Aho), un combatiente muy indisciplinado en retaguardia, pero capaz de proezas increíbles en batalla. De origen campesino, sus dudas, miedos, rabietas, y sobre todo la angustia de estar lejos de la familia, imponen una narrativa mucho más humana, una que disuelve los tradicionales relatos de guerra, esos donde lo bélico es masculino, viril, y nunca cosa de los débiles, las mujeres y los niños.

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