Andrea Blanqué
LA AUTORA MEXICANA Lydia Cacho sostiene que el número actual de personas en situación de esclavitud en todo el mundo llega casi a la totalidad de los esclavos que entre el siglo XVI y XIX fueron enviados desde África hacia América.
Es difícil estipular una cifra de la esclavitud contemporánea, dado que la trata de personas es una actividad clandestina, lo cual deja aún más desvalidas a las víctimas. La ONU maneja la cifra de doscientos cincuenta millones de personas que viven en situación de esclavitud: más de la mitad son niños.
Pero Lydia Cacho aporta otro porcentaje escalofriante: el 79% de esos esclavos no son lo que habitualmente imaginamos a partir de películas como Biutiful -talleres de confección donde decenas de chinos indocumentados y hacinados producen sin parar en algún sótano de Barcelona- sino que esa abrumadora mayoría de víctimas son esclavos sexuales. Seres humanos que deben vender su cuerpo desde niños.
En efecto, un curioso contraste entre la esclavitud de los africanos en América y la esclavitud actual es que, mientras los tratantes de otros siglos preferían varones adultos fuertes - aptos para el trabajo- y se hacían cargo de su alimentación para que pudieran ser una mano de obra más eficiente, los esclavos sexuales del siglo XXI son en su inmensa mayoría mujeres muy jóvenes, niñas y niños. Desnutridos y débiles. Y muy sumisos.
Muchos de ellos habitan en países paupérrimos, y reciben a partir de la cesión de su cuerpo solo 2 euros, una mínima cantidad comparada con la abultada cifra que pagan los clientes. La gran cadena de tratantes, policías y funcionarios corruptos se quedan con el resto. Las víctimas deben llevar a su familia ese dinero, y a menudo son integrantes de las propias familias quienes facilitan el abuso.
Las esclavas sexuales que viven en países de Asia, por ejemplo, están subalimentadas, no tienen cobertura de salud de ningún tipo y la exposición a infecciones sexuales, a drogas que les inyectan para rendir más en el "trabajo", más las golpizas y brutalidad a que son sometidas sádicamente, hacen que estas mujeres se encuentren en situación de vulnerabilidad extrema.
La pregunta fundamental es por qué tal desastre ético y humano no ocupa las primeras planas de todos los informativos del mundo. Las respuestas son múltiples: las víctimas, en su mayoría, son mujeres y pertenecen a países pobres. Y por supuesto, su origen racial es netamente distinto al del cliente. Las niñas que son vendidas para la prostitución se encuentran concentradas en países asiáticos: Camboya, Birmania, Tailandia, Vietnam, y también en países latinoamericanos.
México es el reino de la prostitución, con una buena conexión con Argentina donde policías corruptos que operaron durante la siniestra dictadura argentina se han reciclado y hoy son empresarios de la industria del sexo. Así que la respuesta mezcla tres ismos fundamentales: racismo, sexismo y clasismo. Habría que agregar sadismo, porque luego de la lectura de la frondosa investigación de Lydia Cacho, el lector anonadado se preguntará una y otra vez cómo es posible que el ser humano continúe involucrado en la maldad, pese al progreso evidente en tantos aspectos de la Humanidad toda.
Paradójicamente, los adelantos tecnológicos han ayudado a catapultar el mal: Internet especialmente, con sus páginas web para cazar víctimas, la facilidad de viajar al Asia como si estuviera a la vuelta de la esquina, el poder adquisitivo de los europeos que un siglo atrás eran solo obreros padres de familia, y hoy son señores de 60 años a punto de jubilarse de sus cotizados trabajos y que pagan 7.000 euros por desvirgar a una niña asiática de ocho años "sana". O que compran el "yum-yum" (felatio) a una niña de cuatro años. También puede agregarse el tremendo negocio de los videos pornográficos, donde redes de hombres educados y que llevan una vida aparentemente normal son capaces de deleitarse mirando en su pantalla cómo se tortura y se viola a un niño. E incluso se le mata.
Estos videos, carísimos, existen y ¡oh, casualidad! aparecen a menudo en las requisas de las casas de los narcotraficantes y mafiosos a las cuales se ha tenido acceso.
Hombres mutantes. La periodista Lydia Cacho apunta en su largo, profundo y a veces caótico libro Esclavas del poder la hipótesis de que en las últimas décadas se ha producido un fenómeno que ella denomina "el boomerang del feminismo". Dado que la inmensa mayoría de los clientes de las esclavas sexuales son hombres de los países desarrollados, donde las mujeres han adquirido una gran cantidad de derechos (trabajo, dinero, profesión, capacidad de decisión, capacidad de elegir el qué y el cómo de su vida sexual), las mujeres occidentales ya no les interesan. Es más: los irritan. Entonces allí está el Sur de Asia para los europeos y japoneses, o México para los estadounidenses y los canadienses, con sus mujeres "sumisas". Niñas y adolescentes acostumbradas a una violencia doméstica que consideran como una norma inmutable en su vida: son seres que padecen los estudiados "Síndrome de indefensión adquirida" o "Síndrome de Estocolmo", o "Síndrome del estrés postraumático".
Ellas se ven obligadas a aceptar una relación de violencia y poder que las sociedades europeas o norteamericanas rechazan. Lydia Cacho cita la entrevista que le hace a un español, que reconoce que en lugar de buscar una mujer para mantener una relación de igual a igual, prefiere largamente "follar" una prostituta con toda la agresividad que ello conlleva: la indiferencia por el otro, la apropiación del cuerpo ajeno a cambio de dinero.
Las niñas de Tailandia, de Vietnam, vigiladas a todo momento por los tratantes y por la red de conductores de vehículos/bicicleta en donde pasean a la vista de todo el mundo a la menor con el maduro señor holandés, aprenden pronto la lección. Hay una Educación sui generis. Saben que si se resisten, si lloran, si se quejan porque les duele, porque sangran, van a ser golpeadas brutalmente. Así que aprenden pronto a comportarse como muñequitas mecánicas: cuanto más placer le den a "Daddy", como le llaman al cliente, más pronto se acabará aquello y las dejarán en paz. Menos golpes recibirán del cliente y del tratante.
Ello no significa que no haya clientes que busquen exclusivamente violencia. Lydia Cacho entrevistó una mujer joven que siendo una púber había sido víctima de un cliente altamente sádico: el hombre blanco se encapuchó, montó alrededor sofisticadas cámaras de fotografiar en trípodes, y luego se dedicó a lastimar el cuerpo de la chica atrozmente. Lydia Cacho no vio las fotos, pero sí las terribles cicatrices que quedaron en el cuerpo de la pequeña prostituta.
Escapar. Tras realizar una investigación de largos años que incluyó viajes por numerosos países, larguísimas conversaciones con víctimas, visitas a refugios de rescate de esclavas, aventuras verdaderamente peligrosas haciéndose pasar por turista o por monja en lugares frecuentados por prostitutas y férreamente vigilados por las mafias, Lydia llegó a la conclusión de que solo 500.000 mujeres de los millones que trabajan en el mundo como prostitutas han elegido como opción ser "trabajadoras sexuales". La inmensa mayoría de las niñas y mujeres que conoció habían sido inducidas a la prostitución por la violencia, el engaño, o como norma general en familias consumidas por la pobreza extrema.
El mito de que "es puta porque le gusta" resulta seriamente cuestionado por la autora. Recoge testimonios de prostitutas asiáticas que deben tener relaciones sexuales con treinta hombres por día, quedando su vulva en un estado de inflamación tan doloroso que prefieren enfermar y estar "con licencia" que soportar más hombres violándolas.
La gran mayoría de las esclavas sexuales preferirían otra vida, sin dudarlo. El caso más siniestro que recoge Lydia Cacho es el de una púber bellísima, asiática, que decidió escapar del prostíbulo y lo logró. El patrón se enfureció muchísimo, y tuvo al resto de las niñas dos días casi sin comer. Posteriormente les ofreció un sabroso arroz con curry y pollo. Cuando acabaron de comer, como en un mito griego, el Gran Padre Terrible les dijo que se acababan de comer a la chica que había escapado, así que no lo intentaran siquiera. Esa campaña de terror surtió efecto de inmediato: todas vomitaron durante varios días. Escapar de esa realidad es muy difícil, sin dinero, muchas veces habiendo sido trasladadas a una ciudad desconocida donde ni siquiera se sabe el idioma, con redes de funcionarios altamente corrompidos y mafias que se aseguran de que sus negocios anden bien.
El caso de una chica americana en Japón muestra que no se trata solo de niñas completamente castradas por la pobreza en el Tercer Mundo. Lydia Cacho entrevistó una mujer estadounidense que, siendo adolescente, a los 18 años, después de haber estudiado canto y música, obtuvo la posibilidad de ser contratada en Japón para cantar en un espectáculo. Llegó e inmediatamente se percató que el lugar de trabajo no buscaba su voz: durante varios días vio cómo otras mujeres bailaban en cueros en el local. Un día fue llevada a una habitación donde una gran cantidad de hombres desnudos, con el cuerpo tatuado, a quienes les faltaban los meñiques, la violaban una y otra vez, durante días y días. Era la yakuza, que disfrutaba del hermoso cabello y vello púbico de la pelirroja descendiente de irlandeses. Y también de sus azules moretones. Luego de esta iniciación, la joven estuvo intentando fugarse sin lograrlo: la mafia se queda inmediatamente con el pasaporte de la víctima (norma absoluta entre los tratantes de personas) y le hace contraer una deuda incalculable por el viaje y la manutención. La chica no pudo obtener ayuda de la embajada de Estados Unidos. Qué puede esperarse entonces de la gran cantidad de bellas venezolanas, colombianas o dominicanas que a través de páginas web engañosas viajan a Cancún y sitios aledaños con la ilusión de conseguir trabajo como modelos, camareras y cantantes... y terminan en el círculo de hierro de los casinos, los bares para ejecutivos y políticos, los hoteles cinco estrellas para los clientes de lujo. Es muy caro rescatar a una chica de la mafia: se necesita mucho dinero para la protección hasta el aeropuerto, para su viaje, para que llegue hasta su casa. Una vez allí, las familias las desprecian: si la hija ha sido puta, ha perdido el honor, y ya nadie la querrá.
Los refugios. Una gran cantidad de personas en el mundo, sin embargo, no utilizan los servicios de la prostitución. Y otra buena cantidad, luchan denodadamente para rescatar a las esclavas sexuales. Suelen ser grupos sin apoyo financiero de los Estados. Increíblemente, la legislación en muchos países condena la trata de mujeres pero hace la vista gorda y, por ejemplo, en Estados Unidos, si bien está prohibida la explotación sexual, los burdeles no se cierran.
Estos grupos de rescate son conducidos en casi un 80% por mujeres. Salvar una prostituta de las garras de sus explotadores no es fácil, hace falta un operativo muy preparado e inteligente, y aun así, a veces se fracasa. No obstante, existen muchas mujeres que han sido rescatadas, y aunque muchas no poseen una educación formal, tienen una memoria formidable para recordar caras, nombres de delincuentes y para explicar situaciones. Claro que los jueces y la policía las maltratan sometiéndolas a penosos interrogatorios. De todas formas, en los refugios, asistentes sociales, psicólogos y médicos tratan de que la pesadilla no sea una realidad constante y que se conviertan en "sobrevivientes", es decir, en una persona que ha vivido y recuerda episodios de gran violencia pero que estos no le han dejado efectos paralizantes.
A los refugios les falta dinero. Corren riesgos. Necesitan apoyo de todo tipo. Algunos refugios han caído lamentablemente en redes de fanáticos religiosos: en algunos países musulmanes, algunos "rescatadores" vuelven a poner en el mercado a las víctimas, aunque sea a mendigar.
Las esclavas de la guerra. Es sabido desde tiempos inmemoriales que la violación de mujeres es un arma temible de guerra. En la guerra no solo existe el criterio de "matar a todos", sino también el de desmoralizar al máximo a la población civil. América es un ejemplo claro, con sus españoles deseosos de sexo luego de tanta represión católica y la larga travesía en barco.
Pero a fines del siglo XX todos fuimos testigos de la política de violación sistemática que en los Balcanes sufrieron las mujeres, y también en los noventa vimos cómo el genocidio de tutsis por los hutus fue acompañado de miles de violaciones a mujeres y niñas.
En Palestina, en Afganistán y en Iraq las mujeres son obligadas a tener sexo con los "héroes" de la guerra santa, aunque la prostitución es penada con la muerte en esos países. En Iraq, un servicio de prostitutas permanente organizado por la CIA es instalado para que los soldados puedan "relajarse" después del estrés sufrido. Sin embargo, los soldados prefieren pasar las fronteras e ir a los prostíbulos de algún emirato árabe donde en sus locales de lujo la prostitución es legal y aplaudida.
UNA "INDUSTRIA" CUESTIONABLE. Insólitamente, los académicos de carísimas universidades del primer mundo y prostitutas de estos países que se llaman a sí mismas "trabajadoras sexuales" defienden con energía "el oficio más viejo del mundo". Lydia Cacho entrevistó prostitutas españolas, miembros del grupo militante "Hetaria", que buscan el reconocimiento de derechos sociales y legales, y sobre todo que se les acepte como trabajadoras (que en lugar de vender un bocadillo en un bar venden su vagina en una cama). Según ciertos académicos, para algunas feministas y también prostitutas primermundistas, ser puta es un derecho que se elige y se ejerce porque el individuo lo desea y lo disfruta. (Como ejemplo de este discurso, véase la serie Satisfaction, de origen australiano, emitida por HBO).
Lydia Cacho, cuya frondosa investigación no es neutral -pues es tal la emoción que la consume ante el horror, que no pretende hacer periodismo objetivo- insiste en que aquellos que defienden el derecho a ejercer la prostitución como un asunto de libertad, son una minoría que habla por una mayoría: casi todos los seres humanos que se dedican a la industria sexual no han elegido nada, no son libres sino esclavos y sufren terriblemente. Hace unos meses, Cinemateca Uruguaya estrenó un curioso documental austríaco titulado Esto ya pasó, donde justamente varios testigos de la explotación de esclavas provenientes de países del Este o de África, repiten con tristeza infinita, en lugares francamente deprimentes, las declaraciones de las víctimas.
Al final de la lectura del libro de Lydia Cacho, el lector queda indignado por la evolución del planeta y por cómo la tecnología en lugar de hacerlo más habitable ha envilecido a tanta gente. Por ejemplo a las redes de pedófilos en Internet, que han instituido un Día del Amor al Niño y que defienden con fervor demencial su derecho y libertad de tener sexo con niños.
ESCLAVAS DEL PODER, de Lydia Cacho. Debate, 2011. Buenos Aires. 318 págs. Distribuye Random House Mondadori.