Modelos imaginarios

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JUAN E. FERNÁNDEZ ROMAR

EN 1958, al cumplirse el décimo aniversario de la creación del Estado de Israel, la célebre revista argentina Sur incluyó un texto de Jorge Luis Borges en el que advertía con justicia: "Mas allá de las aventuras de la sangre, más allá del casi infinito y ciertamente incalculable azar de los tálamos, toda persona occidental es griega y judía. No se dirá lo mismo de otras estirpes... El orbe occidental es cristiano; el sentido de esta afirmación es que somos una rama del judaísmo, interpretada por sus teólogos a través de Aristóteles y por sus místicos a través de Platón. Como el budismo o el islam, el cristianismo es una cultura, un juego antiguo delicado y complejo de hábitos mentales y emocionales que la voluntad no puede cambiar... El nietzscheano que se cree más allá del bien y del mal, juzga y condena a su enemigo según las tablas de los diez mandamientos".

Probablemente, cuando Borges escribió estas líneas tenía presente Reflexiones sobre la cuestión judía, un impactante ensayo de Jean-Paul Sartre, cuya traducción al castellano alcanzó gran difusión durante los años 50, y que ahora vuelve a ser distribuido en Uruguay en una cómoda y prolija edición.

Tanto Borges como Sartre admiraron profundamente la contribución de la cultura judía a Occidente y fueron decididos partidarios de la existencia del Estado de Israel cuando se procesó mundialmente ese debate. Esta temprana tesis de Sartre sobre los judíos, escrita en 1944, cuando aún no habían sido liberados los prisioneros de los campos de concentración, configura un modo ejemplar de reflexión sobre el antisemitismo y por extensión prefigura un análisis de toda forma de xenofobia.

UN MODERNO VOLTAIRE. Por entonces Sartre no había cumplido cuarenta años, y tenía aún muy frescas las heridas de guerra sufridas en carne propia. Cinco años antes había sido reclutado por el ejército francés como meteorólogo en Padoux, donde cayó prisionero de los alemanes. Durante nueve meses estuvo en prisión de guerra siendo liberado finalmente debido a su mala salud; eso le permitió escaparse a París, donde se integró rápidamente a la resistencia francesa, y en cuya organización fundó un grupo militante llamado Socialismo y Libertad, con el fin de combatir a Vichy y al nazismo.

Luego de haberse reencontrado con Simone de Beauvoir, su compañera de toda la vida, ambos establecieron en los cafés de Montparnasse una agenda de visitas en bicicleta a sus amigos intelectuales, intentando reclutarlos para la resistencia. En gran cantidad de casos hallaron con disgusto que sus viejos compañeros no se animaban a militar a ese nivel. Entre las decepciones cosechadas figuran las negativas de André Gide y André Malraux, quienes declinaron la invitación.

En esa época, alarmado y avergonzado por el extendido antisemitismo europeo, se abocó a entrevistar a decenas de personas que manifestaban en forma clara o encubierta actitudes discriminatorias, tratando de entender la lógica de esa ideología y de su difusión en una sociedad pequeño-burguesa que depositaba en los judíos las causas de su malestar social.

Su prestigio local e internacional como intelectual estaba en pleno crecimiento; acababa de escribir su célebre ensayo El ser y la nada (1943) y una de sus más famosas obras de teatro A puerta cerrada (Huis Clos, 1944), que contiene la recordada línea: "El Infierno son los otros" ("L`enfer, c`est les autres").

Es el comienzo de una época de intenso activismo político en el que cimentó una bien ganada reputación de libre pensador, llegando a ser considerado como un Voltaire moderno, es decir, un intelectual de múltiples talentos que bajo la bandera de la justicia se erige en paladín de los oprimidos.

Años después desarrolló un intenso protagonismo en la lucha contra el colonialismo francés en Argelia, volviéndose el simpatizante extranjero más conocido de la guerra de liberación de ese país. También se opuso férreamente a las intervenciones militares soviéticas en Hungría (1956) y en Checoslovaquia (1968); se sumó a la oposición internacional a la Guerra de Vietnam; y hasta se dio el lujo de rechazar el Premio Nobel en 1964.

EL ANTISEMITISMO FRANCÉS. El libro Reflexiones sobre la cuestión judía es una obra que mantiene vigencia, y ofrece desde el punto de vista metodológico una interesante estrategia de abordaje tanto de los nacionalismos, como de los totalitarismos, o el fundamentalismo religioso.

Leerla actualmente, bajo la luz de la distancia histórica, llama la atención por varias razones. En primer lugar, deja entrever un clima de época francés de intenso antisemitismo, cuya virulencia resonó en aspectos del nazismo.

Sorprenden los variados ejemplos cotidianos -reseñados por Sartre- de desprecio y negación de los judíos formulados por franceses, y más especialmente, los marcados prejuicios de buena parte de la pequeña burguesía nacionalista. Un clima de época que sólo alguien que lo padeció o estudió en detalle puede imaginar, y que alerta sobre los procesos de naturalización de actitudes xenófobas y discriminatorias.

En segundo lugar, llama también la atención la estrategia elegida por Sartre para desarrollar este ensayo, proponiendo la construcción imaginaria del judío como una consecuencia directa del discurso antisemita. Como dice en un pasaje: "Si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría".

En vez de limitarse a historizar e intentar definir eventuales características culturales de ese pueblo, Sartre opta por analizar cómo el poder xenófobo del antisemita construye un modelo imaginario y prototípico de "judío", para justificar la cruel discriminación de éste, al tiempo que encubre su mala conciencia, oculta sus propios intereses, y lo hace cargo de todas sus faltas. De este modo el antisemita funda un tipo de "judío" que oficie de chivo expiatorio de sus propias debilidades y miserias.

Asimismo, Sartre observa cómo los discursos y las prácticas xenófobas se componen en el proceso de subjetivación de los judíos, produciendo modos característicos de responder a la agresión social.

Curiosamente muchos pasajes en los que Sartre aborda estas cuestiones parecen anticipar en más de dos décadas lo que su compatriota Michel Foucault convertiría en regla y método al proponer y estudiar el carácter positivo del poder; y cómo el entramado de discursos y saberes producen subjetividad.

Pese a que todo el libro está sazonado con múltiples comentarios históricos y culturales, no se trata de un ensayo sofisticado sino de un texto de fácil lectura que parece haber sido elaborado desde la indignación y el afán de justicia, presentando manifestaciones claras y contundentes tales como: "Ni un sólo francés será libre mientras los judíos no disfruten de la plenitud de sus derechos. Ni un sólo francés estará seguro mientras un judío, en Francia y en todo el mundo, pueda temer por su vida".

ISRAELÍES Y PALESTINOS. Sartre defendió apasionadamente (como era su costumbre) la legitimidad del Estado de Israel y nunca le dio la razón a los argumentos antisionistas de los maoístas franceses con los que tuvo un estrecho vínculo durante años. No obstante, mostró una particular mesura frente a la deriva del conflicto entre judíos y palestinos.

En 1967, después de la Guerra de los Seis Días, se encargó de atender a las dos campanas, compilando en Les Temps Modernes (la revista política y literaria que había fundado 22 años antes junto con Raymond Aron, Maurice Merleau-Ponty y Simone de Beauvoir) opiniones de ambos sectores en pugna, y declarándose "amigo de ambos bandos". En la encrucijada del conflicto Sartre tomó por el camino del medio, señalando que la verdad no resplandecía plenamente en ninguno de los dos lados.

Al tiempo que justificaba las acciones defensivas de Israel también denunciaba las condiciones deplorables de vida de los árabes expulsados de su territorio. "No reprocho a los palestinos que hagan lo que aprobé cuando era el FLN argelino el que lo hacía, ni que peleen de acuerdo con sus medios". Aunque tampoco encontraba razones morales para censurar a los israelitas que reaccionaban "porque no se les puede pedir que se dejen matar sin responder". Frente a ese dilema, Sartre proclamaba, como única solución posible, una paz negociada.

Sartre murió un martes 15 de abril de 1980 en el hospital Broussais de París. Su modelo de análisis del antisemitismo sigue siendo extrapolable a cualquier otra forma de racismo o discriminación.

REFLEXIONES SOBRE LA CUESTIÓN JUDÍA, de Jean-Paul Sartre. DeBolsillo, Bs. As. 2007. Distribuye Sudamericana. 142 págs.

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