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Eduardo Antonio Parra y la violencia del norte de México

Eduardo Antonio Parra

Novela de la frontera

No es fácil escribir una novela sobre Tamaulipas, México, en la frontera con Texas, donde la violencia tiene características inverosímiles. Eduardo Antonio Parra lo logró.

Hay una extensa comarca de nuestra hispanoamérica donde, desde hace 10, 20 años, ocurren cosas horribles. Es el norte de México, un lugar donde las primeras que hablaron desde sus tumbas fueron las miles de chicas asesinadas de Ciudad Juárez.. Quienes las escucharon y luego amplificaron fueron Sergio González Rodríguez con su corajudo libro Huesos en el desierto (del 2002, que consagró por vez primera el término feminicidio, sí, parece mentira que tengamos memoria tan corta), y luego Roberto Bolaño con una obra total sobre esta tragedia, la novela 2666, que supera las mil páginas largas, que renovó nuestra lengua, y cuya lectura es un acto de militancia por la humanidad, por la decencia, por la sobrevivencia de la especie. Es un Ulises pero con huesos humanos secándose en el desierto. Primero de jóvenes, asesinadas en rituales misóginos, luego, hoy, huesos de muchos, de miles, y no sólo en Ciudad Juárez.

La tragedia alcanzó dimensiones cinematográficas en la segunda temporada de la versión de Hollywood de la serie The Bridge, con Diane Kruger y Demián Bichir (FX, 2013), que se desarrolla en Ciudad Juárez, donde los realizadores se cuidaron de evitar el lado grotesco, gore, fashion de esa violencia, dentro de lo que los parámetros de Hollywood permiten. Es un hecho constatable, doloroso, que esa industria se tienta con el glamour de los asesinos montados en negras camionetas Ford, GM, o Hummers ostentando sus “cuernos de chivo” (Kalashnikovs AK 47), como si fueran galanes heroicos de canales de TV X-Treme, porque convocan multitudes. Hay muchos mexicanos que lo tienen claro. La película Miss Bala de Gerardo Naranjo (2011), con la notable Stephanie Sigman como una reina de belleza secuestrada por los malos, caló hondo contra ese discurso de la violencia heroica, elegante, alimentada por incendiarios discursos políticos. No en vano Gerardo Naranjo fue clave en la realización de The Bridge, “por amor a México, y por odio a la política” declaró. Tampoco fue casualidad que Stephanie Sigman haya tenido un papel importante en The Bridge.

La hora de la novela

Esa violencia tuvo un recrudecimiento en estados mexicanos más al sur como Tamaulipas, fronterizo con Texas. La crónica fue la primera en abordarla con mucho coraje, a riesgo de que el periodista enviado terminara con una bala en la nuca tras una semana de tortura. O, en el mejor de los casos, pasando un mal rato en manos de algún “aparato de guerra” privado contratado para combatir a los malos. Ir allí era ejercer el periodismo en zona de guerra relataron Alejandro Almazán, Alejandro Páez Varela o Diego Enrique Osorno en el Especial Violencia en México de El País Cultural (31 de mayo de 2013). Lo que más sorprendía entonces a Diego Osorno era que en la zona no había periodismo ni periodistas, ni que hablar de novela, o poesía, una producción literaria autóctona, fronteriza, que pudiera esquivar las narrativas dominantes tan politizadas y sumergirse en las razones últimas de ese desmadre. Me dice Fernanda Melchor que eso, hoy, sigue así, hay ciertas obras relacionadas con la violencia escritas por personas que vivieron su infancia en Tamaulipas o que proceden de ahí pero que no tienen ya tantos lazos con ese estado ni una experiencia directa de vida cotidiana. Sucede con Martín Solares (Los minutos negros, No manden flores) o Cristina Rivera Garza (Dolerse: textos desde un país herido, Los muertos indóciles) o Sara Uribe (Antígona González).

Días atrás comentamos una novela de Luis Jorge Boone sobre un pueblo imaginario masacrado por las balas, y un niño cuya mayor habilidad era jugar muy bien a las escondidas, tanto que era el último a quien descubrían. La novela se titula Toda la soledad del centro de la Tierra, y es un registro fiel del universo emocional de las víctimas, de sus carencias, ausencias, y estrategias para sobrevivir en ese mundo brutal donde los vecinos y familiares van desapareciendo de a poco. Ahora acaba de llegar también la novela Laberinto, de Eduardo Antonio Parra (Guanajuato, 1965), narrador de larga trayectoria cuya escritura realista golpea como una piña en la cara. La novela trata del compamiento o “cerco” que sufre el pueblo imaginario de El Edén por parte de dos bandos criminales en pugna. Minutos antes de la “batalla”, alguien anuncia en todos los celulares de los habitantes que lo peor está por ocurrir (no se sabe si la autoridad, o los malos, o quién sabe, que al parecer controla todo). En esos minutos previos los habitantes corren desesperados a buscar refugio junto a sus familias, y muchos no llegan, quedando entonces a merced de las ráfagas y el caos, que suele durar toda una noche. Este “cerco” en particular convierte al pueblo en tierra de nadie, con camionetas negras que se enfrentan disparándose miles de balazos y, cuando se cansan, le tiran a todo lo que se mueve. Si por ahí son acorralados, se atrincheran en casas de familia donde la masacre continúa, vecinos incluidos.

El ritual macabro final es el corte de cabezas de las víctimas, que son depositadas alineadas al frente de algún edificio oficial, ya cribado de balas, quemado. Ese ritual, que remite al Kurtz de Joseph Conrad en la novela El corazón de las tinieblas (hoy lectura obligatoria), y a su actualización moderna, el Kurtz interpretado por Marlon Brando en la película Apocalypse Now de Francis Ford Coppola (ahora en versión remasterizada en Netflix), resume el horror, la muerte cosificada, las narrativas del esperpento a las que puede llegar esa vergüenza llamada “ser humano” (Kafka).

La narración de Parra fluye, trata de seres comunes con sus despertares sexuales, sueños, amores y ambiciones, personas que de pronto corren en pánico por sus vidas en calles y barrios que ya no reconocen —tal es su oscura odisea, tantos son los muertos, las violaciones, los cuerpos desmembrados y los incendios que iluminan la noche. Las evocaciones son constantes y remiten a otras violencias como la colombiana de Los ejércitos de Evelio Rosero, hoy un clásico. Pero lo que importa es que todos, hasta los malos, llegaron a ese infierno de El Edén con su humanidad a cuestas (hay gente del pueblo que repta en medio de las balas para saquear los cadáveres de los malos, les quitan la billetera, les sacan los dólares, hasta que de una de esas billeteras caen fotos... ¿de seres queridos?).

Es otro libro impreso en Argentina y con tiraje para Uruguay de 200 ejemplares, según declaran. Lo dije con Boone, y lo repito con Parra: corran a librerías. Es lo menos que podemos hacer por las víctimas del norte.

LABERINTO, de Eduardo Antonio Parra. Literatura Random House, 2020. Buenos Aires, 263 págs.

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