EVENTO ANUAL

Bloomsday en Dublin: El Ulises de James Joyce como lugar de peregrinación

Dublín es la única ciudad del mundo donde una novela, el Ulises, y sus personajes, hacen de la literatura una fiesta democrática conocida hoy como Bloomsday.

Torre Martello. Ocho de la mañana, 16 de junio de 2019. Comienza otra vez el Ulises para la eternidad.  Foto: László Erdélyi
Torre Martello en Sandycove. Foto László Erdélyi.
Bloomsday en Torre Martello. Foto László Erdélyi.
Bloomsday  en Torre Martello. Foto László Erdélyi.
Bloomsday  en Torre Martello. Foto László Erdélyi. 
Torre Martello. Mulligan en acción. Foto László Erdélyi.
El Ulises en Torre Martello. Foto László Erdélyi
Museo en el Joyce Center, Torre Martello. Foto László Erdélyi.
Eccles Street, Dublin. Foto László Erdélyi.
Eccles Street, Dublin. Foto László Erdélyi.
7 de Eccles Street hoy, Dublin. Foto László Erdélyi.
Restaurante Burton hoy, Dublin. Foto László Erdélyi.
Librería Hodges & Figgis, Dublin. Foto László Erdélyi.
Belvedere College, Dublin. Foto László Erdélyi

Es un día de fiesta para Dublín. Ocurre todos los 16 de junio desde el año 1954. Los fanáticos de la novela Ulises de James Joyce salen a las calles de la ciudad, leen en voz alta párrafos de la obra, se visten con atuendos eduardianos como los que llevaban los que abordaron el Titanic (la novela ocurre un 16 de junio de 1904), ofrecen platos de comida descriptos en el libro y, a veces, hasta recrean capítulos enteros a varias voces frente a un público que aún hoy, entiende a medias lo que está sucediendo, pero igual participa alegremente. Un público que a veces porta sus traducciones al francés, al español o al húngaro del Ulises, o que se paran como simples turistas a ver, dudando si seguir participando o escapar.

Ulises, considerada por muchos —y con justicia— la más grande novela jamás escrita, fue concebida por Joyce cuando ya estaba lejos de su Irlanda. Publicada en París en 1922, es la obra que más admiradores y detractores cosechó en el mundo. Prohibida, quemada en una pira, acusada de obscena, inventó en cada uno de sus capítulos las técnicas narrativas que marcarían toda la novelística del siglo XX y XXI, y también es recomendada hoy por reputados académicos (Declan Kiberd) como un libro de autoayuda que mejora la vida de las personas. Los capítulos del libro ocurren hora tras hora durante 18 horas ese 16 de junio por las calles de Dublín y aledaños. El primero a las 8 de la mañana en la Torre Martello de Sandycove, un balneario en las afueras, y el último ya de madrugada en la ciudad, en el hogar de ambos protagonistas. Los personajes centrales son Leopold Bloom (el del Bloomsday), Stephen Dedalus, y la esposa adúltera del primero, Molly Bloom. Las referencias de espacio y tiempo en el texto son muy precisas, tanto que alguna vez Joyce dijo que si Dublín desapareciera de la faz de la tierra, ésta podría ser reconstruida a partir del Ulises.

Pero es una novela difícil, para muchos imposible de leer. Abunda en acertijos, autorreferencias, o citas a medias que remiten a otras citas. Es común que en su primer intento los lectores no logren pasar de la página 100. La novela toma como base La Odisea, el poema épico de la antigua Grecia atribuido a Homero, y a partir de ahí desarrolla la trama en apariencia inocente describiendo el deambular de Bloom, un judío mayor dublinés que da consejos al conflictuado joven Dedalus, mientras Molly decide a quién ama más, si a alguno de sus amantes, o a su querido Bloom, el que le trae el desayuno a la cama en las mañanas, el que la ama sin concesiones, el que sabe, al igual que medio Dublín, que es un cornudo.

Como buenos fans creíamos que las masas invadirían Bloomsday al grito de ¡¡Joyce, Joyce!!, saltando y llegando desde lejanos rincones del planeta. No fue así. Sólo una fracción del turismo de ese día participó de los festejos. El resto vino porque Dublín, toda ella, está de moda. Y parece demasiado, abrumador. Es una ciudad cosmopolita por sus bellísimos museos, la fábrica de cerveza Guinness que abre sus puertas a millares de jóvenes para disfrutar de una pinta de cerveza cremosa (30 millones de burbujas en cada vaso, anuncian los fabricantes), o para conocer la biblioteca del Trinity College que apareció en la saga de Harry Potter, magnífica, con sus millares de libros antiguos. O de las peatonales de compras como Grafton Street o los numerosos pubs en las laterales cuya cocina suele cerrar temprano, a las 19, 20 horas, dejando pocas opciones de cena. Tanto turismo no pudo ser absorbido aún por los hoteles, los precios por una habitación diaria suelen trepar a los 300 dólares americanos. Muchas familias, entonces, encontraron en las nuevas App de alojamiento la opción de ingresos extras.

UN FRÍO VERANO

La primera meta era llegar a Sandycove, a la Torre Martello, el lugar donde comienza la novela, a las 8 de la mañana. Buscamos los horarios del DART, el tren suburbano que en un recorrido costero nos llevaría hacia el sur. Pero es domingo de mañana y la ciudad duerme. El transporte público a esa hora no es bueno. Nuestra amiga, la poeta Moya Cannon, quiere llevarnos y le quita el peso a su hermano Seamus, el primero en ofrecerse. Él dirige el Centro Joyce, un pequeño museo que funciona en la misma Torre Martello y que abre todo el año.

Tras un recorrido de unos 25 minutos por la ciudad casi vacía, arribamos a las 7:30 a un balneario costero de buen nivel, mucha gente despierta y preparándose, casas bellas, nada ostentosas, y con alguna dificultad para estacionar por la cantidad de autos que ya llegaron. Está frío con viento y alguna llovizna, el clima habitual de Irlanda. No el frío, claro, es verano y debería haber 20 grados en lugar de 8. La cuestión es que Sandycove vive de forma intensa el Bloomsday. Hay calles cortadas; más tarde veremos mesas en las calles y gente vestida al uso eduardiano en las puertas de sus propias casas saludando animada a todos los paseantes.

Las Torres Martello fueron fortificaciones levantadas por los ingleses esperando una posible invasión napoleónica. Hay 26 iguales al sur y norte de Dublín, diseñadas por un arquitecto italiano. Los franceses nunca invadieron y las torres quedaron allí, con diversos usos. Ésta de Sandycove, luego de pertenecer al ejército irlandés, en 1950 fue comprada por un prominente arquitecto, Michael Scott. El asunto es que no sólo el Ulises comienza allí, sino que el propio James Joyce había vivido en ella seis días, consigna Jorge Fondebrider en su nuevo libro, Dublín, recién publicado por Pre-Textos en España. En 1962 Sylvia Beach, la primera editora del Ulysses en inglés, donó una colección de recuerdos y objetos del propio Joyce para iniciar un museo allí. Por ejemplo una corbata que le regaló Samuel Beckett, la guitarra con la que solía acompañarse cuando cantaba, e incluso un par de máscaras mortuorias del propio Joyce. El museo, que está abierto todo el año, hoy vibra de la emoción. Seamus atiende mil saludos, que devuelve con una sonrisa. Nos recomiendan ir subiendo al techo de la torre antes de que se llene, pues allí estará la acción.

Desde la altura vemos casi todo Sandycove, la playa, las rocas, el mar, un mar cristalino a pesar del gris pardo del cielo. Como si tomara la luz de un lugar secreto. Nos acomodamos en donde alguna vez hubo un cañón y municiones. La mayoría fanáticos y voluntarios irlandeses del museo, pero también el alcalde local, una diplomática europea y un par de españoles que leerán, luego, el Ulises en la traducción al castellano de Valverde. Seamus se desvive por saludar a todos, tarea casi imposible. Mi esposa ya luce vestimenta eduardiana con su correspondiente sombrero de ala muy ancha. A las 8 en punto, por la empinada escalerita que llega al lugar, se nos aparece Mulligan en camiseta y bata amarilla, como recién despierto, vociferando, pronto para afeitarse y recitando las primeras líneas con que abre el Ulises. Todos escuchan atentos. El frío ya no se siente, una extraña y acogedora calidez nos abraza a todos como en comunión, a pesar de las frases anticlericales que Mulligan pronuncia con profunda ironía. El personaje apoya los implementos de afeitar en el borde de la torre, y mira al mar. El ritual anual ha dado comienzo. Es nuestra primera vez aquí, ya somos iniciados.

Todos los presentes leyeron allí algún pasaje en voz alta del primer capítulo. Antes de las 9, la azotea comienza a vaciarse, pero en el museo abajo seguirán las actividades durante el resto del día. Vemos, a lo lejos, al final de las rocas, gente entrando al agua a pesar del frío. Es un antiguo ritual, antes sólo frecuentado por hombres que solían desnudarse. En 1989 un grupo de mujeres reclamaron sus derechos y entraron ellas, desnudas. Si bien hoy el naturismo no se practica, los bañistas siguen allí.

AL NORTE DEL RÍO LIFFEY

Tras un suculento desayuno irlandés en la vecina Glasthule, marchamos a Dublín por la costa. Seamus prometió un recorrido por algunos de los puntos clave que James Joyce frecuentó en lo que hoy es la zona norte de Dublín, y que también recorrieron Bloom, Molly y Stephen. Estacionamos el auto en North Great George’s Street y nos dirigimos al Belvedere College, donde estudió el joven Joyce, al igual que sus hermanos, a partir de 1893. El padre jesuita John Conmee ofreció educarlos gratis; conocía las capacidades de James desde que era estudiante en Clongowes. Alguna vez su amigo Frank Budgen se refirió a Joyce como católico. “Mejor te refieres a mí como jesuita”, lo corrigió. El grupo reunido allí suma unos 25, que escucha atento las historias de Seamus. Hay más vestimentas eduardianas entre los presentes, sobre todo entre hombres, aunque no arriesgamos a saber cuántos leyeron el Ulises. A veces mejor dejar correr la magia. Como dice Fondebrider, es “la paradoja de ese culto más bien turístico e iletrado, que convierte cualquier derrotero de Joyce, verdadero o falso, en lugar de peregrinación”. Sí, para los allí caminantes es una sensación extraña. Estamos en la calle Gardiner Row, que mira hacia la North Great George, donde se encuentra el James Joyce Cultural Center. De pronto nos pasa cerca, como una aparición, una mujer totalmente tapada con un burka negro. Moya reflexiona, como pensando en voz alta, sobre la posibilidad de que el judío errante del siglo XX tenga su sustituto en el musulmán errante del siglo XXI.

Comienzan a aparecer otros grupos, cada uno en su mundo, siempre de unas veinte personas con su correspondiente guía, en general voluntarios (sin el voluntariado el Bloomsday no existiría). Hay alegría atenta en los rostros. En las calles de este domingo los joyceanos destacan en esta parte de la ciudad, que está vacía y algo desmejorada. Un claro contraste con el centro de Dublín, la zona del Temple Bar, los museos, el Trinity College, los distritos comerciales, la urbe próspera y cosmopolita que bulle con miles de turistas ajenos a toda provocación literaria, a pesar de las numerosas estatuas de cuerpo entero o bustos de Joyce en bronce como el que lo muestra viejo y arrugado en el St. Stephen’s Green, aunque Joyce sólo vivió de joven en Dublín para no volver.

La parada más emotiva fue en el No. 7 de Eccles Street, el hogar de Bloom y Molly donde él se despierta, hace el desayuno y le lleva a Molly el suyo a la cama (Calipso, cap. 4), donde se quedan charlando y casi se le quema el riñón que dejó en el sartén, y que también es escenario de los dos capítulos finales, Ítaca y Penélope, el 17 y 18. Seamus lee en voz alta. Hoy la dirección física no existe, en su lugar está un moderno hospital, el Mater Misericordiae Hospital, y recordamos otro paseo casual del día anterior, sábado 15, esta vez guiado por Robert Nicholson, autor del The Ulysses Guide, que partió de la librería Hodges & Figgis de Dawson Street. Éramos un grupo de 20, de los cuales sólo 8 habían leído el Ulises. Al llegar a la calle Duke, sitio de la escena del restaurant Burton (cap. 8), en su lugar hay un local comercial vacío, pulcro, moderno, esperando algún nuevo inquilino, con una insolente moto de alta cilindrada estacionada a su frente. A metros del The Bailey, un pub y restaurant que al día siguiente se llenaría de vestimentas eduardianas.

Seamus finalizó nuestro tour en St. Joseph’s Parade esq. Dorset Street por donde pasó Bloom. Leemos un pasaje del final del Ulises, el monólogo de Molly, cap. 18. Una de las damas acepta el desafío. A medida que se acerca al final, cuando el orgasmo de Molly provocado por Bloom cobra intensidad, se pone colorada. No sólo ella, sino muchos de los presentes, y cunde cierta incomodidad porque “… primero lo rodeé con los brazos sí y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis pechos todo perfume si y su corazón golpeaba loco y si dije si quiero Sí”. ¡Grand finale! El grupo aplaude con un largo suspiro y exclamaciones de alegría.

Así es la más literaria de las ciudades del mundo (llevamos, como talismán, un jabón de limón en el bolsillo, el mismo que Joyce y Bloom compraron en la farmacia Sweny’s de la calle Lincoln, la misma farmacia que nos vendió el jabón atendida hoy por voluntarios). Hay estatuas de sus escritores por todas partes, desde los clásicos Jonathan Swift, William Butler Yeats, Oscar Wilde, George Bernard Shaw, Samuel Beckett, Seamus Heaney o Colm Tóibín, hasta la larga lista de actuales, de la que solo leímos a Roddy Doyle. Guardo con especial cariño la foto que tomé al frente de la casa de Bram Stoker, autor de Drácula. Y eso sin abordar a los poetas, un universo. Es la ciudad capital de una nación cuya cultura tiene mil años, pero que recién obtuvo su independencia política en el siglo XX, que casi no tiene editoriales locales por la embestida de los gigantes ingleses y europeos, que sufrió a Inglaterra de formas indecibles, y donde algunos seres imaginarios llamados Molly, Bloom y Stephen, auténticos duendes, nos hacen caminar por sus calles como en estado de ensueño.

Dublín de Jorge Fondebrider

Dublín lo merecía

Jorge Fondebrider cuenta la ciudad con la mirada de un extranjero, y lo hace con tono humorístico, irónico, apelando a la poesía, a la riqueza literaria e histórica de la ciudad, y a un anecdotario personal acumulado a lo largo de 25 años de viajes a Dublín. A los efectos del Bloomsday, destaca el capítulo titulado “La Dublín de Joyce”. El libro es novedad en España, llega en breve a Uruguay (Gussi).

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