Cómo contar la violencia en México

Por la vida

Diego Enrique Osorno, voz mayor de la crónica latinoamericana, con una nueva edición ampliada de La guerra de los Zetas

Diego Enrique Osorno. Foto Phoebe Theodora Ling
Diego Enrique Osorno (Foto Phoebe Theodora Ling)

La guerra que narra Diego Enrique Osorno partió de Monterrey, en el noreste de México, y se extendió al resto del país. Allí nacieron los Zetas, los de la última letra o simplemente "los de la letra" como les dice la gente, que no se atreve a pronunciar el nombre de muerte. Publicado en 2012, La guerra de los Zetas. Viaje por la frontera de la necropolítica se reeditó en 2017 con nuevos capítulos y un apéndice que enriquece la edición anterior. Así es como llega por vez primera al Río de la Plata. Dice el prólogo de Juan Villoro que la obra "honra al periodismo en un momento en que es difícil ejercerlo". Afirmación cierta y para dar testimonio de ella están los más de mil periodistas asesinados en el país en los últimos quince años.

A principios de la década de 2000, cuando tenía veinte años, Osorno escribió su primera nota sobre los Zetas. Años después, al igual que otros colegas, se hartó de llevar la cuenta "con vocación estadística, cuasi deportiva" de los muertos por el narcotráfico. Sustituyó el registro por la narración y eligió escribir sobre la realidad que se esconde debajo de la realidad. "La guerra de los Zetas dice no es un libro sobre el narco, sino sobre las consecuencias de la guerra. Sobre las miserias y las mentiras que se producen en momentos así. Sobre la esperanza y los rastros de humanidad que aún pueden asomarse. (…) Detrás de esta guerra hay ambiciones de poder y mucho dinero". Para su relato elige la crónica, un género en el que destacan los nombres latinoamericanos, maestros en el arte de tejer la información y el análisis propios del periodismo con la impronta autoral de la literatura. En ese territorio Osorno es una voz mayor.

GENERACIÓN ZETA.

El relato logra lo imposible: "hablar del narcotráfico sin mostrar narcotraficantes". Cuenta cómo Monterrey, que supo ser tranquila en comparación con las violentas Tamaulipas y Coahuila, se convirtió en infierno. Monterrey era lugar de descanso de los capos del narco y plaza de lavado de dinero. Después comenzaron los bombazos, las ejecuciones en público, los cadáveres por doquier.

El autor describe y explica un asunto que no está en la información de los medios: el narcotráfico tiene base social. La obtuvieron a base de muerte y dinero, organizando para su beneficio el descontento social. Supieron imitar el "acarreo" de gente que históricamente han hecho los partidos políticos y también desplazaron a los sindicatos. Osorno relata el caso de los vendedores ambulantes de Monterrey. Allí los Zetas reemplazaron al gremio. Ahora ellos dan protección y cobran la cuota sindical. "No nos están chingando los federales ni los de Hacienda", dice un puestero que parece satisfecho con el cambio. Pero la mayoría de las veces la muerte ocupa el lugar de la protección. Como en el caso del secuestro y la desaparición de sindicalistas (los hermanos Vega Zamarripa, hombres del PRI y dirigentes de la petrolera estatal, o también de otras treinta y seis personas vinculadas a Pemex) que le ha permitido a la organización criminal cumplir con el estratégico objetivo del control territorial.

Sicarios o víctimas, los jóvenes de los barrios pobres son los que ponen el cuerpo en la guerra, en un país donde el entonces presidente Felipe Calderón reconocía que había más de siete millones que no trabajaban ni estudiaban. Poco más que adolescentes, a los muchachos que retrata Osorno no los impresiona nada salvo el dinero. Les encantan las camionetas Hummer, vestirse como raperos, depilarse las cejas y usar caravanas como chispitas de diamante. Los Zetas los contratan para toda tarea, matar o hacer mandados, por doscientos dólares por semana. Viven en casas de madera y chapas, sin agua potable. Andan todo el día en la calle y en barra y están contentos con sus patrones. Si no fuera por ellos seguirían desocupados.

Para explicar cómo funciona la operativa de muerte que cubre al país, Osorno apela al concepto de "máquinas de guerra" del teórico camerunés Achille Mbembe. Estas son formaciones irregulares armadas con gran movilidad, que reúnen a la vez las características de una organización política y la rentabilidad de una empresa. Así son los Zetas. El problema es que el Estado emplea los mismos métodos que la delincuencia organizada y funda su política en la violencia.

En México no se mata de manera sencilla ni discreta. "Se trata de la modernidad del narco mexicano en la que nada es más anacrónico que matar a alguien con un simple tiro en la frente". Como ejemplo se podría elegir cualquiera de los atroces asesinatos que cruzan el libro: la matanza de Ciudad Mier cuando pistoleros "como caballos desbocados" entraron al pueblo, cosieron a balazos la comisaría, secuestraron y decapitaron gente en la plaza o los cuarenta y nueve torsos humanos que aparecieron una madrugada de domingo de setiembre de 2012 en la carretera de Cadereyta.

No se puede entender el funcionamiento de las máquinas de guerra si no se tiene en cuenta que para combatirlas no basta con capturar sicarios ni droga. Detrás de ella hay "negocios millonarios más allá de la droga e incontenibles ambiciones políticas", dice Osorno. Hay quienes aseguran incluso que en Cadereyta, la guerra de los Zetas tiene directa relación con el control de los recursos de energía pues esa zona, la Cuenca de Burgos, tiene una de las vetas de gas natural más importante de América Latina.

NO NOMBRAR.

El relato de Osorno está poblado de gente anónima que ya no reconoce a su tierra. Viven en aparente normalidad pero aterrados. Para mantener la cordura han ido suprimiendo palabras. Los padres prohíben a los hijos decir "narco" o "zeta". En su lugar emplean la cándida metáfora "bolitas de nieve", eufemismo con el que se refieren tanto a las Hummer de vidrios espejados que circulan en las calles y carreteras como a los balazos que se escuchan a diario.

Mientras la gente calla, los Zetas tomaron la palabra. Coparon el Blog del Narco creado por los estudiantes de Monterrey para difundir entrevistas, crónicas e información. Para inmortalizar sus actos y compartirlos en el blog incorporaron fotógrafos y camarógrafos a la patota. Iluminan la escena del crimen, son diestros en el primerísimo primer plano de la decapitación, emplean el travelling para hacer más atractiva las corridas y balaceras. Y entre ellos también hay publicistas, como los que inventaron el texto del cartel que cuelga de puentes y lugares panorámicos de Reynosa invitando a militares y ex militares a unirse a ellos: "Ya no sufras maltratos y no sufras hambre. Nosotros no te damos de comer sopa Maruchan". En México la sopa instantánea Maruchan tiene fama de ser un alimento nocivo.

Con una extensa obra sobre el narcotráfico, los migrantes, la violencia social y una biografía de Carlos Slim, Osorno hace del periodismo narrativo que denomina periodismo infrarrealista, en homenaje a Roberto Bolaño un arte. En el segundo de sus dos excepcionales y breves "Manifiestos del periodismo infrarrealista" define su lugar y vocación: "Escribir contra lo políticamente correcto, lo políticamente corrupto. Escribir más que nunca y sin parar porque el periodismo infrarrealista está herido, tergiversado, confrontado pero sigue de pie y abajo".

LA GUERRA DE LOS ZETAS. Viaje por la frontera de la necropolítica, de Diego Enrique Osorno. Debate, 2017. Buenos Aires, 350 págs. Distribuye Penguin Random House.

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