QUE UN FOTÓGRAFO y periodista alemán publique su primera novela ya pasados los cincuenta años, que la ambiente en la Rumania del siglo veinte, y que obtenga con ella un relativo éxito, no son datos de todos los días. Rolf Bauerdick (Renania del Norte, 1957) ha decidido plasmar en palabras parte del universo que viene fotografiando desde hace años para diversos medios de prensa europeos. Elige Rumania, la patria montañosa de Vlad Tepes y de Mircea Eliade, un renglón pobre del este europeo, marcado por una historia moderna nada envidiable que incluye la presencia nazi, la satelización soviética y la dictadura comunista del "Conducator" Nicolae Ceausescu. Con esos elementos Bauerdick construye El día que la Virgen llegó a la luna (2009), una novela de sorprendente anécdota, correcta ejecución y crítico doble fondo.
La historia la cuenta el anciano Pavel Botev, remontándose a los días de su adolescencia hacia 1957 en el pueblo de Baia Luna, donde vivía con su madre y su abuelo, el tabernero Ilja, una suerte de Alonso Quijano moderno empeñado en partir a los Estados Unidos para arreglar el mundo, acompañado de un Sancho Panza gitano llamado Dimitru. La misión no puede ser más quijotesca: apremiar a los estadounidenses para que lleguen a la luna antes que los soviéticos y encuentren en su superficie a la bíblicamente "ascendida" Virgen María. El cometido de Ilja -católico, anticomunista, ligeramente proyanqui y a quien su amigo gitano ha enseñado a leer tardíamente- no es tanto apuntalar la decaída cristiandad rumana como demostrar que la estalinización (en todos sus rubros, incluida la carrera espacial) está llamada al fracaso.
En medio de ese panorama carnavalizado que recuerda las películas del serbio Kusturica, Bauerdick desliza la línea áspera de su relato, un punto más realista del que esos lunáticos personajes dejan suponer. Tiene que ver con cosas más terrenales que también ocurren en 1957: la misteriosa desaparición de alguna persona que no era lo que parecía, el hallazgo de escandalosas fotos de contenido sexual, asesinatos sin aclarar, extravío de cadáveres, ascensos políticos de siniestros personajes. Será el adolescente Pavel, metido a investigador, quien una los cabos sueltos de todas las historias y de la suya propia, coincidiendo con la estrepitosa ejecución navideña del matrimonio Ceausescu en 1989.
La notabilidad narrativa de Bauerdick está en el modo ágil y fresco en que lleva adelante el largo y desdoblado relato -público y privado- de ese mundo ya lejano. El modo en que conecta esa ficticia Baia Luna poblada de borrachines, locos y gitanos, embretados por la aplanadora de una consigna que los obliga a colectivizarse y les prohíbe los chicles, con el retrato de un imperio capitalista donde también nadan en la oscuridad demasiadas preguntas: los asesinatos de los hermanos Kennedy, la muerte de Marilyn Monroe, la cuestionada llegada del hombre a la Luna y la pregunta de por qué nunca volvió. Desde luego, no escapa que la novela está hecha con apropiados ingredientes para funcionar: varios deus ex machina, maniqueísmos, golpes bajos, cierres demasiado perfectos; y eso siempre suena a demérito, incluso en un principiante. Corre a favor de Bauerdick lograr que esas costuras no se noten demasiado, envolver el paquete en personajes interesantes y anécdotas revestidas de cierto halo de candidez, que hacen que el sabor del asunto se mantenga de principio a fin. Aun sabiendo que se mastica el mismo viejo chicle.
EL DÍA QUE LA VIRGEN LLEGÓ A LA LUNA, de Rolf Bauerdick. Salamandra, 2012. Barcelona, 442 págs. Distribuye Gussi.