Volviendo sobre Vivián Trías

Hace unas pocas semanas se publicó un esperado trabajo sobre el Partido Socialista de Uruguay que coordinado por Jaime Yaffe con artículos de diferentes autores, historiza la vida de este grupo, presente en nuestras lides desde 1910. El relativamente reciente descubrimiento de los complejos avatares de la trayectoria de Vivián Trías aparece en el libro en dos trabajos, uno de Fernando López D’Alesandro basado en su excelente libro sobre el tema que oportunamente analizamos, y otro de Aldo Marchesi y Michal Zourek, que a pesar de referirse al mismo personaje, mantiene sutiles diferencias, no en los hechos -ninguno de ambos niega la vinculación de Trías con los servicios de inteligencia checa- sino en su interpretación. Concluyente en el artículo de López D’Alesandro, más difuminada e inserta en una visión más general, en el de Marchesi y Zourek. Por eso, por la relevancia del Partido Socialista para la izquierda uruguaya y por tratarse de dos trabajos fundados, vale la pena considerarlos.

Vivián Trías no fue un protagonista más de la vida política nacional. Fungió como uno de los pocos “intelectuales-políticos” que muy lejos de la ortodoxia de Arismendi, procuró innovar, apelando para ello a un marxismo renovador. Además de legislador y Secretario General del Partido Socialista durante un período, y de sus escarceos con el tercerismo en sus inicios, secundó luego una corriente conocida como el “socialismo nacional” que unió al marxismo con el nacionalismo, convencido que esa fusión generaría sinergia suficiente como para vencer al imperialismo y alumbrar un nuevo modo de producción carente de toda explotación. Una forma de concebir el porvenir del continente con profundos antecedentes en la Argentina, que con Trías, Ares Pons y Methol Ferré desembarcó en nuestras costas.

No obstante, la derrota de la coalición de su partido con el nacionalista blanco Enrique Erro en 1962, golpeó fuertemente a Trías debilitando sus referencias ideológicas. Conmovido asimismo por las transformaciones de la Revolución Cubana, el pronunciamiento de la O.L.A.S en 1967 y el entusiasmo revolucionario de las masas estudiantiles, se abocó a una callada revisión de sus primeros postulados, acercándose a fines de los sesenta, al marxismo ortodoxo del Partido Comunista Uruguayo. Una opción inesperada para un dirigente siempre contrario a la U.R.S.S.y sus seguidores.

En este nuevo contexto se sumergió en complejos malabares teóricos que lo acercaron al marxismo-leninismo soviético en el que se sumergía Cuba -olvidando su independencia de los primeros años.- Para ello, atenuó, decorándolo, el nacionalismo rural de los revisionistas argentinos, enfatizó el antiimperialismo de la misma fuente y profundizó la atracción que el presunto éxito del “socialismo real” ahora le suscitaba. Al tiempo que, explicando el cambio, en 1964 se tranformara, durante trece años, en el espía preferido de los servicios secretos checoslovacos. Una extraña combinación que lo distanció del socialismo nacional y del militarismo de los tupamaros, para convertirlo en un agente extranjero a sueldo. Ello no le impidió mantener su reputación como intelectual y al unísono transformarse en el primer espía en el mundo que en cumplimiento de su misión, viajara y publicara ensayos y libros (como uno sobre Chile y Perú), a pedido y financiación de sus superiores. Hasta Richard Sorge, el espía occidental en Japón durante la segunda guerra, palidece en la comparación.

Sin embargo, no es aquí mi propósito descalificar a Trías por su relación con Checoeslovaquia. Eso se lo cedo al Partido Socialista. Cabría admitirse que su adhesión a la revolución soviética fuera más intensa que la lealtad a su nación, manejada por un gobierno que él entendía el colmo de la reacción. Durante la Segunda Guerra circularon por Europa espías que murieron defendiendo la democracia. Los jóvenes alemanes de la rosa blanca, que sacrificaron sus vidas en la lucha contra el nazismo o el propio Richard Sorge, pese a su condición, merecen respeto. Aún cuando Kant no los hubiera aprobado, mentían por la verdad. Por más que no resulte fácil entender como Trías, nacionalista consustanciado con valores históricos populares, pudiera abandonarlos, subordinándolos a una ideología que sus conciudadanos, como a él le constaba, rechazaban de plano.

Vivían Trias fue un espía cabal que cobraba mensualmente por sus aportes, recibía diferentes regalos y que cuando los checos decidieron prescindir de sus servicios, luchó denodamente por mantenerse en el puesto. Su falta de dignidad, otro calificativo no merece, era tan enorme que consultó a sus patrones respecto a si debía o no, desempeñar su cargo como diputado, cuando fue electo para el Parlamento.

Sin embargo, estas mezquindades no fueron lo más triste de su gestión. Más allá de sus confusiones ideológicas, él siempre se pretendió un pensador para la cual la revolución constituía un desafío intelectual. Sin una teoría elaborada -afirmaba- no era posible incidir sobre la realidad. Por eso, publicó múltiples libros que alejados del seguidismo de los manuales soviéticos, pretendió originales y diferentes. Fue celebrado, por seguidores y adversarios como un creador independiente, severo crítico de la U.R.S.S. Pocos advirtieron cuanto claudicó con los años. Incluso ya fallecido, el Parlamento Nacional en su homenaje, editó a su costo sus obras completas. Nadie sospechó entonces que su posterior involución ideológica no obedecia a un proceso de propia maduración, sino al puesto que desempeñaba dentro del aparato de inteligencia checo-soviética y a su necesidad de congraciarse con el mismo.

Terminó siendo una suerte de Arismendi disfrazado, haciendo creer que buscaba nuevos caminos para refundar la sociedad, mientras ambos, como perfectos asalariados, colaboraban ciegamente con la U.R.S.S. Tampoco se recuerda que al igual que su par comunista, terminó apoyando a Videla, a los militares peruanos y al golpe de Febrero de 1973 en el Uruguay. La democracia nunca estuvo en sus planes, por eso en 1971, pudieron con sus respectivos partidos, fundar el Frente Amplio. Ignorarla y engañarnos, fueron sus peores pecados. Una perspectiva que Marchesi no considera.

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