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Saber cuándo irse

En tiempos en que presidentes como Trump, Kirchner o Bolsonaro se aferran al poder no entregando el mando a sus sucesores y generando disturbios en los cambios de gobierno, del otro lado del mundo, Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, anunció la semana pasada su renuncia al cargo. La noticia tomó a todo el planeta por sorpresa.

Mucho se especula sobre si su renuncia está relacionada con el hecho de que las encuestas de aprobación, tanto de ella como de su partido, están en su mínimo desde que asumió el cargo, lo que los pone en una difícil situación frente a las elecciones en octubre próximo.

Pero, por otra parte, no había hasta hace pocas horas un sucesor claro dentro del partido, ni tampoco una figura equivalente que pudiera reemplazarla.

Pero su argumento fue otro. “Ya no tengo suficiente combustible en el tanque”. Durante el anuncio explicó que se tomó un tiempo para pensar durante sus vacaciones “con la esperanza de encontrar el corazón y la energía para continuar en el cargo, pero desafortunadamente no lo hice, y le estaría haciendo un flaco favor a Nueva Zelanda si continuara”.

“Soy humana. Los políticos son seres humanos. Y ya no tengo suficiente energía para llevar este cargo como es debido”.

Actitud que podría verse muy millennial a primer golpe de vista.

Pero no parece ser el caso: Ardern, de 42 años, se convirtió en la jefa de gobierno más joven del mundo cuando fue elegida en 2017 con sólo 37 años; un año después fue la segunda líder mundial en dar a luz durante su mandato, dejando una imagen inolvidable al llevar a su beba a la Asamblea General de la ONU en 2018; tuvo que enfrentar la pandemia de COVID-19, el mayor ataque terrorista de la historia de su país y la tragedia por la erupción del volcán White Island; y ha enfrentado un nivel de ataques, amenazas y acoso a su persona y a su familia sin precedentes en su país que, según la Policía de Nueva Zelanda, se habían casi triplicado en los últimos tres años en gran medida promovidos por el movimiento anti vacunas y la oposición a la legislación para regular las armas de fuego.

A pesar de, o gracias a su forma de gestionar estos desafíos y llevar adelante su gobierno, su estilo de liderazgo empático y compasivo la convirtió en un ícono mundial, siendo reelegida en el cargo en 2020 con una victoria aplastante.

La semana pasada demostró que esa compasión no es sólo con los demás, sino también consigo misma. “No lo dejo porque sea duro, sino porque este trabajo conlleva una gran responsabilidad y no tengo suficiente energía para hacerle justicia”.

Ardern fue y es una líder distinta, incluso en su forma de retirarse del cargo: lo está haciendo con sus propias reglas. Una líder que, a través de la decisión que tomó, deja entrever que entiende el poder como un medio para lograr resultados y no como un fin en sí mismo. Y que entiende que hacerse cargo, implica estar a la altura. Más allá del ego, del narcisismo, de la ambición, de los intereses partidarios o económicos.

Al momento de anunciar su retiro decía: “Espero dejar a los neozelandeses con la creencia de que pueden ser amables pero fuertes; empáticos pero decisivos; optimistas pero centrados. Y que pueden ser su propio tipo de líder, uno que sepa cuándo es el momento de irse”.

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Isabelle Chaquiriand

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