Anteayer el edificio de la Suprema Corte -costado sureste de la Plaza Cagancha- estuvo protegido por vallas. Más aun: a su frente, el Pasaje de los Derechos Humanos quedó inhabilitado.
¿La causa? En la Plaza iba a culminar la marcha feminista del 8M; y ya sabemos que se ha hecho costumbre vallar el Palacio Piria para defenderlo de eventuales desbordes. Tanto se ha hecho costumbre, que pasa inadvertido que esos biombos de fierro colocados en la Sede Judicial Mayor patentizan un penoso retroceso de nuestra civilidad.
En el Uruguay, los hitos del progreso femenino se hicieron en paz, sin insultos ni tumultos. El divorcio por la sola voluntad de la mujer legislado desde 1907, los derechos cívicos de la mujer votante desde 1938, la igualdad de derechos civiles consagrada desde 1946, singularizaron a nuestro país. Fueron todos progresos que nacieron de un sentimiento de justicia reflexionado, que se plasmó en leyes de bien público nacidas de “la razón sin apetitos”, como definió Aristóteles. No surgieron de una lucha de la mujer contra el hombre. Brotaron como expresión de la igualdad básica de los humanos, de la conciencia de que el “yo soy tú” que está en la raíz del Derecho no se detiene en el sexo biológico ni en el género asumido.
Los planteos estentóreos que hoy se han apoderado de la bandera feminista no responden a esa inspiración superior. No los inspira la solidaridad entre los sexos. Al contrario: buscan la división y enfrentamiento a efectos flechados e interesados. Tanto, que hasta se ha proclamado la intención de instalar un “feminismo de clase”. Tanto, que en un vocero de la izquierda la crónica de la manifestación afirmó que “una marea feminista se movilizó en Montevideo contra el hambre, la violencia machista y la opresión patriarcal”, adoptando a pleno el lenguaje y el estilo de la más rancia estirpe bolche.
La oficialización de la ideología de género ha creado barracones inexpugnables en procesos que terminan desguazando los vínculos naturales, incluso con violación del derecho del denunciado a tener su día ante la Justicia para defenderse, producir prueba y alegar razones de Derecho.
Ninguno de esos excesos ha logrado detener los feminicidios, probablemente porque la raíz de esos crímenes no radica tanto en el machismo o la misoginia como en la pérdida lisa y llana de amor al prójimo.
Y ahí finca la ola criminal que se produce no sólo en relación con la mujer sino en relaciones de la más diversa índole. Como no se puede negar todos los avances institucionales de la mujer en el Uruguay, este feminismo sin frenos apela al argumento de que la sociedad actual oculta y torna invisible a la mujer, a través del lenguaje, los vínculos familiares y las relaciones de poder, con lo cual enciende pasiones unilaterales pero no convence ni logra lo que proclama.
Porque lo que realmente es invisible en los tiempos actuales, lo que hoy es invisible porque de eso no se habla, no es la presencia de la mujer en la trama de nuestras vidas desde los albores de la humanidad.
Por los principios válidos para todos, no hay manifestaciones. Una mezcla de materialismo y relativismo hace que no se hable de ellos, pero su olvido y su violación es la causa mayor de nuestras tragedias.
Lo que se ha tornado realmente invisible son los principios morales y jurídicos que trabajosamente construyeron la civilización.