El impulso de acercarse a un perro desconocido tan solo para acariciarlo en la vía pública, está lejos de ser un gesto intrascendente según concluyen los expertos. Este detalle puede ser un indicador del estado psicológico de una persona.
Esto es algo propuesto desde diversas perspectivas, ciencias y profesionales. Por ejemplo el de la antrozoología.
La antrozoología se define como el estudio alrededor de la interacción entre humanos y animales. Es una ciencia que combina diversos campos como la medicina humana, la medicina veterinaria, la etología, la psicología social y el bienestar animal, entre otras.
La Dra. Patricia Pendry, en conjunto con investigadores de la Washington State University, lograron cuantificar esta conducta. El estudio demostró que una mínima interacción de 10 minutos acariciando un perro es suficiente para reducir los niveles de cortisol, hormona del estrés dentro del torrente sanguíneo, de manera significativa.
Esta experiencia sensorial supera cualquier estímulo visual como fotos o vídeos, estabilizando el ritmo cardíaco y promoviendo una sensación de seguridad orgánica, según plantea este estudio.
Quienes muestran una inclinación recurrente a interactuar con los animales en la vía pública, suelen obtener altos puntajes en el rasgo de afabilidad dentro del modelo psicológico de los Cinco Grandes.
Este modelo es la herramienta de mayor aceptación para medir comportamientos y aspectos de la personalidad humana a través de cinco dimensiones básicas: apertura, responsabilidad, extraversión, afabilidad (o también planteada como amabilidad) y neuroticismo. En ese contexto, la afabilidad es el rasgo que evalúa la cooperación, compasión y empatía, entre otros.
Estas personas muestran una capacidad superior para interpretar señales no verbales y poseen una empatía proactiva. En entornos urbanos saturados de interacciones complejas, el perro se ve como un símbolo de pureza emocional, haciendo conectar al individuo con un presente más natural o genuino.
Por otro lado, si esta actividad cotidiana se analiza desde una perspectiva neuropsicológica, los expertos plantean que el deseo de tocar un animal también deriva en una activación del sistema de recompensa del cerebro humano. Según especialistas, el contacto físico y visual con un perro desencadena en una liberación de oxitocina, conocida como la hormona del vínculo.
El etólogo Konrad Lorez explica este proceso mediante el concepto de “el esquema del bebé”. Señala que determinados rasgos físicos de los animales activan mecanismos innatos de empatía y cuidado en los adultos, comparables a los que despliegan con un niño de corta edad.
Sin embargo, los expertos aclaran que el contacto con el animal debe darse observando su lenguaje corporal y consultando a su dueño previamente. A su vez, sugieren que el mismo se de en zonas neutras, como el pecho o los costados de su torso, evitando la parte más cercana a la cabeza. Esto con el objetivo de prevenir que el animal detecte una amenaza ante la aproximación.