Redacción El País
La esteatosis hepática, conocida popularmente como hígado grasohígado graso, es una afección cada vez más frecuente y estrechamente vinculada al sobrepeso, la obesidad y los trastornos metabólicos. En sus primeras etapas suele pasar inadvertida, pero su progresión puede derivar en complicaciones serias si no se la controla a tiempo.
Aunque muchas personas conviven durante años con grasa en el hígado sin notar síntomas evidentes, los especialistas advierten que la falta de seguimiento médico y de cambios en el estilo de vida puede favorecer un daño hepático progresivo, con riesgo de fibrosis, cirrosis e incluso cáncer hepático.
Una enfermedad silenciosa que suele detectarse tarde
Uno de los principales desafíos del hígado graso metabólico es su carácter silencioso. En general, no da señales claras en las etapas iniciales y suele diagnosticarse de forma incidental, a partir de análisis de sangre o estudios por imágenes realizados por otros motivos.
Cuando aparecen síntomas, estos suelen ser poco específicos: cansancio persistente, sensación de malestar general o molestias leves en la zona superior derecha del abdomen. Estas manifestaciones, comunes a muchas otras afecciones, hacen que el diagnóstico temprano no siempre sea sencillo.
Daño hepático y posibles complicaciones
Si la inflamación del hígado se mantiene en el tiempo, el órgano intenta repararse generando tejido cicatrizal. Ese proceso, conocido como fibrosis hepática, puede alterar su funcionamiento normal y, en casos avanzados, evolucionar hacia cirrosis.
Diversas investigaciones internacionales advierten que el hígado graso no alcohólico no solo compromete la salud hepática, sino que también impacta en la calidad de vida, aumentando el riesgo cardiovascular y otras enfermedades asociadas al síndrome metabólico.
Hidratación y función hepática: un vínculo clave
Dentro de las recomendaciones generales para cuidar el hígado, la hidratación adecuada ocupa un lugar central. Tomar agua de forma regular ayuda al organismo a eliminar toxinas, favorece el metabolismo de las grasas y acompaña los procesos naturales de depuración.
Estudios científicos recientes señalan que una ingesta sostenida de líquidos puede contribuir a una mayor oxidación de grasas y a una mejor regulación del gasto energético, factores relevantes en personas con esteatosis hepática.
¿Cuántos vasos de agua conviene tomar por día?
Si bien no existe una cifra única válida para todos, organismos de referencia en salud recomiendan, en promedio, consumir entre seis y ocho vasos de agua diarios, lo que equivale a unos 1,5 a 2 litros. Esta cantidad busca compensar la pérdida diaria de líquidos a través de la orina, la transpiración y la respiración.
Los especialistas aclaran que el consumo de agua por sí solo no revierte el hígado graso, pero sí forma parte de un abordaje integral que incluye alimentación equilibrada, actividad física regular y control médico periódico. En ese contexto, mantenerse bien hidratado es un hábito simple, accesible y con impacto positivo en la salud hepática.
En base a El Tiempo/GDA
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