El verano inaugura una temporada alta y no solo turística, sino de promesas. Es momento de balance, de cierre y —sobre todo— cuando con más tiempo las personas se detienen a pensar qué hicieron con sus vidas el año que pasó y qué pretenden del 2026 que se inicia.
Basta abrir cualquier red social para recibir un bombardeo de ofertas que nos garantizan la felicidad completa e integral: retiros exclusivos, planes detox, suplementos importados, tecnologías de vanguardia para la longevidad y membresías a clubes de salud que cuestan lo mismo que un alquiler.
Ante este escenario, como médico, me veo obligado a plantear una pregunta incómoda: ¿En qué momento el bienestar dejó de ser un estado que las personas buscan día a día para convertirse en un bien de consumo exclusivo?
El bienestar como industria y no como estado de armonía
El bienestar es un estado de plenitud, armonía y satisfacción con uno mismo. Implica el bienestar físico, psíquico, emocional, espiritual, social, laboral y medioambiental. Es un estado más amplio y elevado que el de salud. Pero lo primero es estar en salud: hay aspectos que son básicos, como comer todos los días, dormir, no tener enfermedades o (por lo menos) tenerlas controladas, y contar con un trabajo digno. Aclaro esto porque lograr el estado de bienestar lamentablemente no es para todo el mundo: hay personas que no tienen las necesidades básicas cubiertas, por lo cual no están ni en salud.
Vivimos en la era del wellness como industria millonaria. El mercado ha logrado empaquetar necesidades fisiológicas básicas —dormir, comer sano, desconectar, descansar— y venderlas como experiencias de lujo. Pareciera que para “estar bien” hace falta tener alto poder adquisitivo. Sin embargo, esta mercantilización del autocuidado es peligrosa, porque instala la falsa creencia de que la salud y el bienestar se compran.
No estoy diciendo que un viaje, un spa, complementos o un gimnasio de lujo no influyan en el bienestar; lo que digo es que no lo definen. El bienestar tiene que ver más con las decisiones diarias que tomamos: cuántas horas dormimos, trabajamos o qué herramientas sumamos para gestionar el estrés. A qué personas elegimos escuchar, con quiénes queremos interactuar y a quiénes decidimos quitar de nuestra vida. En este sentido, el bienestar no es un producto, sino un estado que se construye todos los días.
Reflexionemos: si el bienestar es un concepto amplio que incluye el bienestar espiritual, social y laboral, ¿cómo siete días en una clínica, consumir un suplemento o utilizar una app podrían lograrlo? Los invito a pensar cuántas cosas tienen en su lista de objetivos 2026 que realmente estén relacionadas con su bienestar. Aprobar exámenes, aumentar la productividad, realizar un viaje soñado puede vincularse al bienestar, pero ¿cuántos se propusieron trabajar menos, caminar todos los días o poner límites a personas tóxicas?
Del lujo a la supervivencia. Es crucial distinguir entre la industria del bienestar (el negocio) y la salud real (un derecho y una necesidad).
El equilibrio y las adversidades
Desde una mirada biológica, el bienestar no es tener la piel bronceada ni beber jugos verdes en una playa privada. El bienestar es la homeostasis: la capacidad del organismo de mantener el equilibrio frente a las agresiones del entorno. Buscar ese equilibrio no es un capricho, es un imperativo de supervivencia.
Vivir es enfrentar adversidades y problemas; siempre habrá eventos poco felices, y estar en bienestar implica tener la capacidad de afrontarlos. Si para estar en bienestar necesito irme del país a un hotel todo incluido en el que no tengo que pensar ni dónde almorzar, entonces no estoy en bienestar.
En la práctica clínica, veo pacientes colapsados no por falta de tratamientos costosos, sino por la carencia de lo básico que el ritmo de vida moderno nos ha quitado: tiempo, silencio y comida real.
Dormir ocho horas o gestionar el estrés no debería ser un privilegio de quien puede pagar un hotel spa; es una necesidad fisiológica básica. Cuando convertimos estas necesidades en lujos, aceptamos que la salud no es equitativa.
El derecho a parar. Si aceptamos que el estrés crónico es una de las grandes epidemias del siglo XXI, el acceso a herramientas para combatirlo debe democratizarse.
El verdadero desafío no es incorporar el último tratamiento, sino recuperar la soberanía sobre nuestra vida. Muchas de las herramientas más eficaces para el bienestar son gratuitas y accesibles, pero requieren algo escaso: tiempo.
Conclusión
Que en 2026 la propuesta sea rebelarse contra la idea de que hay que comprar algo para sentirse bien. El bienestar no puede ser solo un negocio para una élite, ni una simple cuestión de supervivencia biológica. Debe ser una conquista diaria.
No se trata de qué consumimos, sino de cómo vivimos. Si entendemos que la salud se construye con hábitos simples y no con tarjetas de crédito, habremos dado el primer paso hacia un bienestar sostenible.
Que este año, el verdadero lujo sea tener tiempo, y la auténtica exclusividad, paz mental.
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