El 24% de los uruguayos sufre el nivel máximo de soledad: la alerta médica sobre su impacto en la salud

El aislamiento social aumenta el riesgo de demencia y problemas cardíacos a niveles comparables con el tabaquismo.

soledad, depresión
.
Foto: Commons.

El llamado llega a una emergencia móvil debido a un malestar difícil de explicar. El médico acude al domicilio, examina al paciente, controla parámetros y no encuentra nada que requiera una intervención desde el punto de vista físico. Pero la consulta no termina. “Hay personas que empiezan a hablar. Cuentan cómo están, qué les pasó, que perdieron a alguien, que los hijos viven lejos o cosas de su vida. Y uno comprende que quizás hacía días que no tenían con quién conversar”, cuenta Carlos Montoya, gerente asistencial de UCM Falck. “Para un médico son situaciones humanas, pero también pueden ser muy duras. Se advierte que quizás, además de necesitar que lo revisaran, esa persona necesitaba que alguien se sentara frente a él y lo escuchara. Y ese día, ese alguien fue el médico”, agrega.

La escena puede parecer excepcional. Los números muestran que la soledad no lo es.
Una encuesta realizada por Cifra con asesoramiento técnico del Ministerio de Salud Pública (MSP), en 2025, sobre 803 adultos de todo el país, encontró que el 24% de la población está en el nivel máximo de su índice de soledad. Un tercio de los uruguayos, además, respondió que a menudo siente que le falta compañía.

Para medirlo no se preguntó simplemente si alguien “se siente solo”. El indicador consideró tres dimensiones: la falta de compañía, la sensación de exclusión y la de aislamiento respecto de los demás.
El relevamiento mostró algo que también obliga a derribar un prejuicio: la soledad no es un problema exclusivo de la vejez. En Uruguay resultó más pronunciada entre los jóvenes.

Soledad.jpg
Foto: Unsplash.

En los adultos mayores adquiere características particulares. La jubilación puede reducir los contactos cotidianos. A eso pueden sumarse la pérdida de la pareja o de amigos, enfermedades crónicas, dificultades para desplazarse, problemas auditivos o visuales y una menor autonomía.

Vivir solo y sentirse solo no son la misma cosa. Una persona puede vivir sola, mantener vínculos, actividades e intereses y no experimentar soledad. También puede estar rodeada de otras personas y sentirse profundamente sola.

“Desde el punto de vista sanitario, lo que importa es prestar atención a los cambios. Una persona que deja de salir, abandona actividades que disfrutaba, pierde rutinas o tiene cada vez menos contacto con familiares y amigos puede estar atravesando una situación que merece atención. En un adulto mayor, no deberíamos naturalizar el aislamiento como si fuera una consecuencia inevitable de la edad”, dice Montoya.

La soledad dejó de estudiarse únicamente como un estado emocional. La evidencia científica la vincula, junto con el aislamiento social, con mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidente cerebrovascular, diabetes tipo 2, depresión, deterioro cognitivo, demencia y muerte prematura.

En 2025, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó el primer gran informe de su Comisión sobre Conexión Social. La dimensión global del fenómeno es enorme: la OMS estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad y ésta se asocia a más de 871.000 muertes al año. Son alrededor de 100 por hora.

Hombre solo.jpg
Foto: Unsplash.

La OMS señala además que la soledad y el aislamiento social están asociados con un incremento del riesgo de mortalidad de entre 14% y 32%, magnitud comparable a la observada con factores de riesgo como el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la obesidad y la inactividad física. Estar solo no equivale a fumar; porque son riesgos diferentes y actúan distinto. La comparación sirve para dimensionar algo que fue subestimado: las relaciones sociales tienen relevancia para la salud.

“Aprendimos a pensar la prevención en términos de presión arterial, colesterol, alimentación, ejercicio, tabaquismo o controles médicos. Todo eso sigue siendo fundamental. Pero hoy sabemos que la dimensión social también importa. Tener vínculos, conservar espacios de interacción y evitar un aislamiento forman parte de una mirada integral de la salud”, remarca Montoya.

¿De qué manera afecta la soledad no deseada a la salud?

Sola.jpg
Foto: Rawpixel.

¿Cómo puede la soledad terminar afectando al organismo? No existe una única explicación. Tampoco puede afirmarse que sea la causa directa de todas las enfermedades con las que aparece asociada. La relación es compleja y puede funcionar en los dos sentidos: una enfermedad puede llevar al aislamiento y, al mismo tiempo, el aislamiento puede contribuir a empeorar otros factores que afectan la salud.
Existen, sin embargo, distintos mecanismos que ayudan a entender esa relación.

El estrés sostenido puede alterar el sueño y diferentes respuestas fisiológicas del organismo. A eso pueden agregarse factores más cotidianos. Una persona socialmente aislada puede moverse menos, alimentarse peor, perder rutinas, postergar controles médicos o tener menos apoyo para cumplir correctamente un tratamiento.

En los adultos mayores aparece además algo muy concreto: muchas veces es otra persona la que detecta primero que algo cambió. Un familiar, un amigo o un vecino puede advertir que alguien está más confundido, que perdió peso, que dejó de tomar correctamente una medicación, que camina peor, que se cayó o que ya no realiza actividades que hasta hace poco hacía normalmente.

“El vínculo social también puede funcionar como una red de protección. No sustituye al médico ni al sistema de salud, pero puede ayudar a detectar cambios, favorecer una consulta a tiempo y acompañar un tratamiento. En determinadas etapas de la vida ese apoyo adquiere una importancia enorme”, afirma Montoya.

Cartas juegos amigos
Amigos se reúnen a jugar a las cartas.
Foto: Magnific.

El cerebro es uno de los terrenos donde la investigación reciente está encontrando asociaciones especialmente relevantes. En 2025, el National Institute on Aging de Estados Unidos, perteneciente a los National Institutes of Health (NIH), difundió los resultados de un gran análisis que reunió información de más de 600.000 personas pertenecientes a 21 estudios longitudinales.

La conclusión fue que la soledad se asociaba con un 31% más de riesgo de desarrollar demencia. También se encontraron asociaciones con un mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer, demencia vascular y deterioro cognitivo.

El propio instituto estadounidense destacó que la magnitud de la asociación encontrada con la demencia era similar a la observada con factores como la inactividad física o el tabaquismo.

Otros trabajos recientes están estudiando incluso la posible relación entre aislamiento, soledad y envejecimiento biológico. La evidencia todavía está evolucionando y no permite convertir la soledad en una explicación única de la enfermedad, pero sí está modificando la forma en que la medicina entiende la conexión social. Y eso cambia también la idea de prevención.

“Durante décadas aprendimos que para envejecer mejor había que controlar la presión y el colesterol, mantenerse físicamente activo, alimentarse adecuadamente, dormir bien, no fumar y realizar los controles médicos correspondientes. Ahora aparece otra dimensión”, afirma el médico.

Conservar amigos. Mantener actividades. Hablar con otras personas. Participar de espacios comunitarios. Compartir una comida. Sostener intereses fuera de la casa. Pedir ayuda cuando empieza a resultar difícil mantener esas rutinas.

No existe una cantidad perfecta de amigos, llamadas o reuniones que garantice una buena salud. Tampoco se trata de medicalizar el hecho de estar solo. Hay personas que disfrutan de la soledad y mantienen una vida activa y satisfactoria. El problema aparece cuando esa soledad no es elegida, se prolonga y empieza a reducir la conexión de la persona con los demás y con su propia vida cotidiana.

“Así como preguntamos si una persona hace ejercicio, cómo duerme, cómo se alimenta o si toma correctamente su medicación, en determinados pacientes también puede ser importante saber cómo es su vida cotidiana, qué vínculos conserva y con quién cuenta. Especialmente en los adultos mayores, son preguntas sencillas que pueden aportar mucha información”, señala Montoya.

La OMS sostiene que fortalecer la conexión social debe empezar a considerarse una cuestión de salud pública. Quizás ahí esté uno de los cambios más importantes. Durante mucho tiempo pensamos que llamar a un amigo, compartir una comida, salir a caminar acompañado o mantener una actividad con otras personas eran simplemente cosas que hacían la vida más agradable.

Hoy la medicina empieza a mostrar que pueden ser algo más. “Los vínculos no sustituyen un tratamiento, un medicamento ni una consulta médica. Pero conservarlos también puede formar parte del cuidado de la salud”, concluye el médico.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar