Maquillarse puede ser un momento de disfrute, creatividad y expresión personal. Sin embargo, al final del día, llega una instancia que muchas veces se posterga: retirar todos los productos del rostro. Saltear este paso no es una opción. Dormir con maquillaje favorece la acumulación de suciedad en los poros y puede desencadenar irritaciones o brotes.
Aunque parezca un trámite sencillo, hacerlo mal tiene consecuencias. Una limpieza inadecuada no solo deja restos de cosméticos, sino que también puede afectar la barrera natural de la piel. Por eso, seguir un orden y usar productos adecuados para cada tipo de cutis marca la diferencia.
Una rutina simple que funciona
El primer paso es recurrir al agua micelar, un aliado práctico que permite retirar incluso maquillaje resistente sin agredir la piel. Se aplica con un algodón en las zonas donde suele acumularse más grasitud, como la frente, la nariz y el mentón.
Para los ojos, lo ideal es apoyar suavemente el algodón humedecido durante unos segundos, dejando que el producto actúe y disuelva el maquillaje. Esto evita frotar, algo clave para proteger una zona especialmente sensible. Luego, se pasa otro algodón por el resto del rostro para completar la primera limpieza.
El siguiente paso es el lavado con un jabón adecuado al tipo de piel. Las fórmulas en gel suelen ser una buena opción porque limpian en profundidad sin resecar. Esta segunda limpieza ayuda a eliminar cualquier residuo que haya quedado, logrando un resultado más completo.
Equilibrar e hidratar: el cierre necesario
El uso de tónico facial es opcional, pero suma. Su función es equilibrar el pH de la piel, aportar frescura y prepararla para los productos que vienen después. Se aplica antes de los tratamientos más densos, como sérums o cremas.
El último paso, y uno de los más importantes, es la hidratación. Después de la limpieza, la piel necesita recuperar su equilibrio. Una buena crema ayuda a evitar la resequedad y fortalece la barrera cutánea, que actúa como defensa frente a bacterias y otros agentes externos.
Cada piel requiere una textura distinta: las más secas suelen beneficiarse de cremas más densas, mientras que las mixtas o grasas responden mejor a lociones o geles livianos. En pieles sensibles, conviene optar por fórmulas suaves.
Desmaquillarse bien no lleva tanto tiempo como parece. Es, en definitiva, un hábito simple que impacta directamente en la salud y el aspecto de la piel. Incluso en esas noches en las que el cansancio gana, vale la pena hacerlo.
En base a El Tiempo/GDA
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