Con la llegada de los primeros fríos algo cambia. No solo la ropa, las rutinas o los horarios, sino también cómo sentimos hambre. Aparecen más antojos, más ganas de comer, más necesidad de platos calientes y abundantes. Y junto a eso, se repite a cada invierno la misma idea: “El cuerpo me pide más comida”.
Lo que muchas veces interpretamos como una necesidad fisiológica, en realidad es una mezcla más compleja de factores. El cuerpo humano es adaptable, pero también es eficiente. Si bien el frío puede generar un leve aumento del gasto energético, en la práctica, ese cambio es mínimo en la mayoría de las personas. No estamos expuestos a temperaturas extremas de forma constante, vivimos en ambientes calefaccionados y, en muchos casos, nos movemos menos que en otras estaciones. Sin embargo, la sensación de hambre sí aumenta, y ahí es donde aparece la confusión.
En invierno no necesariamente necesitamos más calorías, pero sí tendemos a buscar alimentos diferentes.
El frío modifica nuestras elecciones. Nos inclina hacia preparaciones más densas, más calóricas, más reconfortantes. No es casual que en esta época aparezcan con más frecuencia los guisos, las pastas, las sopas cremosas o las comidas al horno. Son platos que no solo aportan energía, sino también una sensación de bienestar inmediata, tal como vimos la semana pasada con las sopas. Comer caliente abriga, calma y genera una pausa en el día. Un plato de lentejas humeante o una sopa espesa a la noche no solo alimenta: también ordena.
Eso tiene sentido porque la alimentación no es solo biológica. También es cultural, emocional y contextual. En invierno, el contexto invita a comer distinto. El problema no está en ese cambio, sino en cómo lo gestionamos.
Muchas veces el invierno funciona como una especie de “permiso implícito” para desordenar la alimentación. Se dejan de lado algunas estructuras que en otras épocas están más presentes. Disminuye el consumo de frutas y verduras —esa ensalada que en verano era automática desaparece— y en su lugar aparecen más panes, bizcochos o picoteos rápidos. Quizá es más frecuente resolver la cena con lo primero que hay, como un plato de pasta solo o un delivery, en lugar de una comida más equilibrada.
Hay un componente que suele pasar desapercibido: comemos distinto porque nos sentimos distintos.
El frío impacta en el estado de ánimo, en la energía y en la motivación. Los días más cortos y las rutinas más sedentarias hacen que muchas personas lleguen a la tarde con más cansancio y menos recursos para decidir. En ese contexto, es más probable abrir la alacena y buscar algo dulce o repetir un plato sin demasiada conciencia. No es casual que ese chocolate después de la merienda o ese “algo calentito” a la noche aparezcan incluso cuando no hay un hambre clara. Ahí es donde entra en juego el llamado hambre emocional.
No es un hambre que surge de una necesidad energética concreta, sino de una búsqueda de confort. Es ese impulso de comer algo específico —generalmente más calórico— para sentir alivio o gratificación. Por ejemplo, no es lo mismo tener hambre y resolver con un plato de comida, que sentir la necesidad puntual de comer galletitas, chocolate o pan con algo dulce. En invierno, este tipo de hambre suele intensificarse por ello, en lugar de intentar controlarlo desde la restricción, lo más efectivo es aprender a identificarlo.
El hambre real suele aparecer de forma progresiva y se puede resolver con distintas opciones, mientras que el hambre emocional es más urgente y específica. Una forma práctica de detectarla es hacerse una pausa breve antes de comer y preguntarse si cualquier comida resolvería esa sensación o si solo “sirve” algo puntual. Si la respuesta es lo segundo, probablemente no sea hambre fisiológica. En esos casos, a veces alcanza con cambiar el contexto: salir a tomar aire, moverse unos minutos o incluso elegir una opción más estructurada en lugar de picotear.
También es importante revisar cómo están armadas las comidas principales.
En invierno, muchas personas comen poco durante el día (por falta de tiempo o de organización) y llegan a la noche con un hambre difícil de regular. Ahí es cuando aparecen las porciones más grandes o las elecciones más impulsivas. Una estrategia concreta es reforzar el almuerzo o la merienda con alimentos que aporten saciedad real. Por ejemplo, sumar proteína a una sopa (como pollo desmenuzado o huevo), o transformar una merienda en algo más completo, como un yogur con fruta y frutos secos o un tostado con queso y huevo en lugar de solo café con algo dulce.
Los platos calientes, lejos de ser un problema, pueden ser una gran herramienta si están bien armados.
Una sopa de verduras sola puede dejar hambre al poco tiempo, pero si se le agregan lentejas, garbanzos o pollo, cambia completamente su efecto en el cuerpo. Lo mismo pasa con un guiso: no es lo mismo uno cargado de embutidos y grasa, que uno basado en verduras, legumbres y un corte magro de carne. Incluso una pasta puede ser parte de una comida equilibrada si se combina con una buena fuente de proteína y alguna verdura, en lugar de quedar como un plato aislado.
Otro error frecuente en esta época es la disminución casi automática del consumo de verduras.
No porque no estén, sino porque dejamos de verlas como parte del plato. Adaptarlas al clima es clave. En lugar de una ensalada fría, pueden aparecer en forma de vegetales al horno, como calabaza, zanahoria o brócoli; en un puré que acompañe una carne; o salteadas dentro de un arroz o una pasta. Incluso una tarta o un revuelto pueden ser formas simples de reincorporarlas sin sentir que estamos “forzando” la comida.
Aunque no haya sed, el cuerpo sigue necesitando líquidos. Muchas veces ese cansancio de media tarde o incluso la sensación de “necesito comer algo” tienen más que ver con falta de hidratación que con hambre real. Incorporar infusiones, mate o caldos a lo largo del día puede ayudar, pero sin dejar de lado el agua. Tener una botella cerca o asociar el consumo a momentos concretos —como después de cada comida— puede ser una estrategia simple y efectiva.
La organización la diferencia real. El frío reduce la tolerancia a cocinar en el momento, y eso hace que las decisiones dependan más de lo disponible que de lo ideal. Tener algunas preparaciones listas, como una olla de sopa, verduras cocidas o legumbres ya preparadas, facilita mucho el armado de comidas más equilibradas. No se trata de planificar perfecto, sino de evitar que todas las decisiones se tomen con hambre y cansancio.
Más allá de las estrategias, el frío no es el problema. El problema es cuando dejamos de registrar lo que nos pasa y empezamos a comer en automático. Cuando usamos el clima como justificación en lugar de entenderlo como un contexto que requiere adaptación. Cuando confundimos necesidad con impulso.
Comer con menos grados puede ser una oportunidad para mejorar la calidad de la alimentación, incorporar preparaciones caseras y reconectar con el acto de comer desde otro lugar. Pero para eso hace falta registro, no es el frío lo que define cómo comemos. Es la forma en la que elegimos atravesarlo.
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