Violencia de género y Mundial 2026: qué dice la psicología sobre el riesgo durante los partidos

Las emociones del fútbol no causan agresiones, pero investigaciones internacionales muestran que ciertos contextos de alta tensión pueden amplificar riesgos ya existentes.

Violencia hacia las mujeres
Mujer víctima de violencia
Foto: Archivo

El pitazo final apenas había sonado. Ese día el resultado no había sido el esperado. En las calles se mezclaban el silencio, la bronca y las conversaciones que intentaban explicar lo ocurrido dentro de la cancha. Cuando el resultado no acompaña, el clima cambia de inmediato: aparece la frustración, las discusiones sobre el partido y esa sensación compartida de que algo salió mal. Pero mientras un país lamenta un resultado, hay otra realidad que rara vez aparece en la transmisión. No tiene relatores, ni cámaras lentas, ni repeticiones. Ocurre detrás de puertas cerradas. En un departamento alguien espera que termine el enojo. En otra casa un niño aprende demasiado temprano que algunos gritos no vienen de la tribuna. En otra, una mujer decide no contradecir a su pareja porque sabe que esa noche cualquier discusión puede escalar. El fútbol moviliza emociones extraordinarias. La violencia de género también. Lo preocupante es que, desde hace años, la investigación científica viene mostrando que ambos fenómenos pueden cruzarse durante los grandes eventos deportivos.

En esta Copa del Mundo 2026, organismos públicos y organizaciones dedicadas a la prevención de la violencia volvieron a lanzar campañas específicas alertando sobre un posible incremento de episodios de violencia doméstica durante el torneo. No es una reacción improvisada. Responde a una evidencia acumulada durante las últimas dos décadas, especialmente en Reino Unido, donde distintos estudios y organismos han observado aumentos en las denuncias durante competencias internacionales de fútbol.

Sin embargo, desde la psicología conviene hacer una aclaración fundamental: El fútbol no produce violencia de género. El Mundial tampoco.
Atribuirle esa responsabilidad a un deporte sería tan incorrecto como peligroso. Millones de personas viven cada partido con una intensidad enorme y jamás ejercen violencia sobre nadie. El problema no está en el deporte sino en las personas que ya presentan conductas violentas y encuentran en determinados contextos una oportunidad para expresarlas con mayor intensidad.

Una de las investigaciones más conocidas sobre este fenómeno fue realizada por los investigadores Suzanne Kirby, Matt Francis y Rory Flaherty, de la Universidad de Lancaster. Analizando tres Copas del Mundo (2002, 2006 y 2010), encontraron que las denuncias por violencia doméstica aumentaban un 26 % cuando Inglaterra ganaba o empataba y hasta un 38 % cuando perdía.

Este dato resulta especialmente interesante porque rompe una idea muy instalada: creer que la violencia aparece únicamente cuando el equipo pierde.
La evidencia muestra algo bastante más complejo.

Las derrotas pueden incrementar la frustración, pero no explican por sí solas el fenómeno. También se observan aumentos durante partidos decisivos, encuentros de máxima tensión e incluso jornadas de celebración. El denominador común no es el resultado deportivo sino el contexto emocional que rodea esos acontecimientos.

Violencia adolescente
Violencia adolescente
Freepik

Después del partido

¿Por qué ocurre? La respuesta probablemente no esté en un único factor sino en la convergencia de varios.

Durante un Mundial aumentan las reuniones sociales, el consumo de alcohol, las horas compartidas dentro del hogar, la exposición a emociones intensas y la desinhibición conductual. Al mismo tiempo, persisten normas culturales que todavía asocian determinadas formas de masculinidad con el dominio, el control o la dificultad para expresar vulnerabilidad. Ninguno de estos elementos genera violencia por sí mismo. Funcionan, más bien, como catalizadores de conductas que ya existían.

Desde la neuropsicología sabemos que las emociones intensas modifican el funcionamiento cerebral. Situaciones de alta activación incrementan la participación de estructuras como la amígdala, involucrada en el procesamiento emocional, mientras exigen un mayor esfuerzo de la corteza prefrontal, responsable del autocontrol, la planificación y la regulación de impulsos. Cuando a este escenario se suma el consumo de alcohol u otras sustancias, la capacidad de inhibición puede disminuir aún más.

Pero conviene insistir en una idea central: la emoción no explica la violencia. La impulsividad no explica la violencia. El alcohol no explica la violencia. Ninguno de esos factores golpea, amenaza o controla a otra persona. Quien ejerce violencia sigue siendo responsable de sus actos.
Hay otro aspecto que suele quedar fuera de la conversación. El fútbol no es únicamente un deporte; también constituye una de las formas más potentes de identidad colectiva.

Henri Tajfel y John Turner, a través de la Teoría de la Identidad Social, explicaron que las personas incorporamos determinados grupos a nuestra identidad personal. Por eso hablamos de la selección utilizando la primera persona del plural: “ganamos”, “nos eliminaron”, “nos robaron”. El cerebro procesa esa pertenencia como algo propio.

Durante un Mundial esa identificación alcanza niveles extraordinarios. La incertidumbre de un partido decisivo mantiene al organismo en alerta, mientras la alegría o la frustración adquieren una intensidad poco habitual. Sin embargo, nuevamente, la inmensa mayoría de las personas atraviesa esas emociones sin ejercer ningún tipo de violencia. Si el resultado deportivo fuera suficiente para explicarla, todos reaccionaríamos del mismo modo frente a un gol o una eliminación. Sabemos que eso no sucede.

Violencia contra las mujeres. Foto: Pixabay

La responsabilidad permanece

Por eso también resulta importante revisar el lenguaje que utilizamos. Expresiones como “estaba sacado”, “perdió el control”, “el partido lo volvió loco” o “había tomado de más” desplazan la responsabilidad desde quien agrede hacia el contexto. Y cuando el contexto parece convertirse en la explicación, la violencia empieza a parecer inevitable. No lo es.

En Uruguay, la violencia basada en género continúa siendo uno de los principales problemas de salud pública y de derechos humanos. Cada año se registran miles de denuncias por violencia doméstica y decenas de femicidios. Ese escenario obliga a comprender que los grandes eventos deportivos no crean el problema. Ocurren en sociedades donde la violencia ya existe y donde determinados contextos pueden amplificar un riesgo previamente instalado.

Quizá el mayor desafío sea empezar a mirar las estadísticas que nunca aparecen durante una transmisión deportiva. Las llamadas a las líneas de ayuda. Las consultas psicológicas. Los niños que asocian un partido con el miedo. Las mujeres que modifican su comportamiento porque saben que determinados días pueden ser más peligrosos.

Como psicóloga, creo que las sociedades también aprenden. Hace algunos años hablar de salud mental en el deporte parecía una rareza. Hoy forma parte de la conversación pública. Tal vez haya llegado el momento de incorporar otra discusión igual de necesaria: entender que la violencia de género nunca puede explicarse por un gol, un penal o una derrota.

El verdadero rival nunca fue el equipo de enfrente. Es la violencia que todavía encuentra demasiadas excusas para seguir jugando.

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