Vidas y vueltas: el libro de un psicoanalista que nos invita a reír y observar nuestras zonas incómodas

El psicólogo clínico Walter William Alexandre aborda temas universales como el amor y la soledad a través de cuentos de ficción donde el psicoanálisis se filtra y deja huellas.

Psicólogo clínico Walter William Alexandre
Psicólogo clínico Walter William Alexandre.
Foto: Cortesía Walter William Alexandre.

Estamos rodeados de vidas que parecen perfectas, consejos para ser felices y fórmulas para resolver todo rápido. Sin embargo, detrás de esa fachada persisten las dudas y las faltas que nos cuesta mostrar. ¿Qué hacemos con aquello que no encaja en la imagen que queremos dar? En Vidas y Vueltas, el psicólogo clínico Walter William Alexandre recurre a la ficción para explorar esas zonas incómodas de la condición humana. Sus relatos se adentran en vidas comunes con una mirada psicoanalítica que no busca juzgar a los personajes, sino iluminar sus contradicciones.

Alexandre es psicoanalista especializado en adicciones. En su libro, no hay historias clínicas ni personajes ejemplares: hay seres humanos que tropiezan, desean, fracasan y buscan cómo seguir. En diálogo con El País, el autor habló sobre el poder de la lectura para acompañarnos, el humor como una forma de aliviar la angustia y las dificultades del psicoanálisis para hacerse lugar en una sociedad que exige productividad y felicidad permanentes.

— ¿Qué te llevó a escribir un libro?
— La curiosidad. Soy un curioso de la condición humana. En la clínica escucho, pero la ficción es una revancha que me permite ver la psique desde otro lugar; reírme, salir de la rigidez de la teoría. La literatura otorga una posibilidad que el espacio terapéutico no. Es una herramienta de bienestar: así como la comida nutre al cuerpo, la lectura alimenta otra parte que tiene que ver con el alma, con la psique. La literatura nos hace bien, no como un escape, sino como una forma de aprender a tolerar la realidad y reescribirla.

— Permite, por ejemplo, reírse de uno mismo, ¿no?
— Por supuesto. El humor es un mecanismo de defensa. Uno se ríe, a veces, como forma de desdramatizar la angustia. Y en la lectura uno se permite jugar, refugiarse, reducir la sensación de soledad. Algo cada vez más importante en esta época de pantallas…

Leer, biblioteca, libros
Mujer lee un libro junto a su biblioteca.
Foto: Freepik.

— ¿Cómo es que el psicoanálisis se filtra en los relatos y qué revela sobre la condición humana?
— Ninguno de los cuentos son un caso clínico real. Hablan, más bien, de temas universales, como el amor, la soledad, el malestar de época. El psicoanálisis, aquí, no actúa como una doctrina, sino como una linterna sensible que, lejos de juzgar o etiquetar, arroja algo de luz sobre la penumbra de las contradicciones de los personajes. La ficción permite llevar el psicoanálisis a la calle, despojado del lenguaje académico. Es la música de fondo que da lugar a que los personajes se hagan ciertas preguntas.

Hoy, el psicoanálisis está devaluado porque no coincide con la lógica de la inmediatez. Vivimos en un mundo de hiperexigencia e hiperproductividad, y las respuestas del psicoanálisis son lentas. Requieren tiempo, silencio, suspender el apuro. Si bien, por ejemplo, la farmacología ayuda muchísimo a mitigar el sufrimiento de determinados estados, también es cierto que se ha instalado esta idea de que el malestar se cura siempre con fármacos o consumiendo objetos, como pantallas. El psicoanálisis critica eso porque parte de la base de que ningún objeto humano llenará la falta constitutiva que todos tenemos. También afronta la idea de que el individuo tiene que estar siempre activo y feliz; por el contrario, le permite a la persona aceptar que el dolor y el fracaso es parte de la vida, y que reconozca su propia vulnerabilidad. Estos conceptos forman la tónica de los personajes que habitan el libro.

Vivimos bajo el mandato de la exigencia feroz y la felicidad obligatoria. Las redes sociales son la vitrina donde se pretenden exhibir vidas perfectas que no pueden fallar. El resultado es que el dolor se calla, se guarda, se traga y termina estallando por el cuerpo o por la vía de las adicciones, de la locura o hasta de la propia muerte. Romper ese silencio no es una filosofía barata, es aceptar que somos seres marcados por la falta y que compartir esa incomodidad es lo único que nos humaniza.

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