Uruguay registra la peor caída de nacimientos y empata con Japón: ¿por qué dejamos de tener hijos?

Entre el gasto récord en “perrihijos”, la pérdida de fe en el futuro y lo que se juega a la hora de elegir ser padres: qué le pasa por dentro a una sociedad que ya no busca continuarse.

Pareja
Pareja mirándose.
Foto: Freepik.

Uruguay cerró 2025 con 28.903 nacidos vivos, según la Dirección Nacional de Identificación Civil. Para dar con una cifra parecida hay que retroceder hasta 1888, cuando el país recién almadraba sus campos: aquel año nacieron 29.707 criaturas, casi mil más que las de hoy. Si sentáramos en el Centenario a todos los bebés de un año entero, apenas llenaríamos las dos cabeceras.

Según datos del Ministerio de Salud Pública, hoy cada mujer uruguaya en edad reproductiva tiene en promedio 1,16 hijos. Es la marca que los manuales reservan para Japón, ejemplo mundial de baja natalidad, que en 2024 tocó su peor registro histórico con 1,15. Uruguay llegó al mismo lugar, y encima hace cinco años seguidos que entierra a más gente de la que ve nacer.

¿Es la economía? Algo de eso hay. Los hijos cuestan, las casas son chicas, los sueldos no rinden y la independencia llega cada vez más tarde. Pero Japón repartió miles de millones en bonos y la aguja no se movió. Si el problema fuera solo la plata, el norte de Europa estaría inundado de bebés, y pasa lo contrario.

A la economía se suma un cambio cultural de fondo, y conviene aclarar que buena parte es para festejar. El embarazo adolescente se desplomó, de 61 casos a 20 cada mil. Las mujeres estudian y trabajan más, arman la vida de otro modo y son madres cada vez más tarde, si es que llegan a serlo.

Familia, bebé, ternura
Adultos estrujan a un bebé con ternura.
Foto: Freepik.

Los hombres tampoco quedaron al margen. El mandato de ser el proveedor, la figura del padre que traía el sueldo y por eso mandaba, se desdibujó, y en el tablero de la vida se habilitaron casillas que antes no existían o estaban mal vistas: el que gana menos que su mujer y no se le mueve un pelo, el que se cuida con las comidas, el que vive en el gimnasio, el que gasta en ropa y en cremas que un macho de otra época jamás habría tocado.

Con el papel de proveedor en retirada, y la mujer en un lugar mucho más deseante, formar una familia dejó de ser una etapa automática. Hasta no hace tanto, ser madre o padre era un trámite de la vida adulta, casi un mandato de familia. Ahora que los mandatos aflojaron, ¿cuánta gente sabe de verdad si quiere un hijo una vez que descuenta la presión de los abuelos y la del reloj biológico?

Los demógrafos, que describen la caída de la natalidad como la más impactante de la historia, confiaban en un “efecto rebote”: que quienes aplazaron la paternidad la asumieran pasados los treinta y recuperaran los nacimientos perdidos. Ese rebote no asoma, y se vuelve menos probable cada año que pasa.

Las ganas de cuidar, igual, no se fueron a ningún lado. En las redes, los “perrihijos” tienen cuenta propia, ropa y fiesta de cumpleaños. Según una encuesta de U.S. News de 2025, una de cada tres personas con mascota gasta más por mes en el animal que en su propia salud. Puede ser o no el reemplazo de un hijo —no es el punto acá—, pero ahí se vuelca todo el instinto de criar. El amor por cuidar sigue intacto; lo que escasea son las ganas de cuidar a un hijo.

Perro, mascota, dueño
Hombre tomándose una selfie con su mascota.
Foto: Freepik.

¿Qué clase de mundo se le ofrece a una criatura cuando los noticieros hablan de crisis climática, conflictos geopolíticos, robots que se comen profesiones enteras y una economía que pide dos sueldos para llegar a fin de mes? Tener un hijo siempre fue un gesto de fe en el futuro, y la fe en el futuro, digámoslo así, ya no llena estadios.

Frente a esto, la política busca soluciones; o mejor dicho, que no es ni de lejos lo mismo, busca sacarse el problema de encima. El senador Pedro Bordaberry resumió el panorama con un “estamos perdidos” y propone un “shock inmigratorio”: traer gente de afuera. El reparo es evidente, porque eso no responde a la pregunta de origen —por qué están naciendo menos uruguayos— y apenas tapa el pozo con gente de otro lado. Y el pozo es hondo: la educación pierde casi diez mil bancos por año, se proyectan setenta mil estudiantes menos para 2030 y casi uno de cada seis uruguayos ya pasó los 65. ¿Quién pagará las jubilaciones mañana?

Nada de esto es solo uruguayo. Son cada vez más los países que llegan al mismo punto, y todos comparten el mismo enigma: qué le pasa por dentro a una sociedad que ya no busca continuarse. Durante siglos un hijo llenaba un lugar antes de que nadie se preguntara qué iba en ese lugar. Ahora el lugar quedó a la vista, vacío, y todavía estamos viendo con qué se llena. Lo que se secó no es la natalidad. Es la confianza en lo que viene.

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