Tu cerebro no quiere que seas feliz, solo quiere que sobrevivas: cómo apagar el "modo alerta" que te agota

Vivimos programados para detectar amenazas, no para celebrar la calma. Por qué nuestro instinto de supervivencia nos genera una insatisfacción crónica y qué dice la regla de la 'afinidad química'

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Mujer pensando.
Foto: Freepik.

¿Por qué recordamos una discusión con un desconocido por un incidente de tránsito, pero olvidamos una amable conversación con un amigo a los cinco minutos? A menudo nos parece que estamos programados para detectar amenazas, no para celebrar la calma. Y más de una vez nos preguntamos por qué, aunque tengamos un día normal o bueno, una pequeña crítica o un contratiempo menor arruina nuestro estado de ánimo.

Y es que nuestro cerebro no busca que seamos felices, busca que nos mantengamos vivos.

Cuestión de supervivencia

Nuestro cerebro actual es, en esencia, el mismo que tenían nuestros antepasados en la sabana. Para ellos, cometer un error de optimismo (pensar que un ruido en la hierba era el viento cuando en realidad era un depredador) significaba la muerte. En cambio, cometer un error de pesimismo (pensar que era un tigre cuando era el viento) solo significaba un susto innecesario.

  • Una de las funciones esenciales del cerebro es detectar lo que está mal, lo que falta o lo que es peligroso. Es un radar que nunca se apaga.
  • Una mala noticia activa inmediatamente el sistema de estrés, mientras que una buena noticia (un momento de paz o un logro) apenas genera una respuesta fisiológica suave. El cerebro considera que el bienestar es tiempo muerto donde no hay nada que aprender para sobrevivir.
  • La evolución nos diseñó para estar en un estado de insatisfacción crónica. Si estuviéramos permanentemente satisfechos, no buscaríamos comida, refugio o pareja. La felicidad es un estado de reposo; la alerta es un estado de acción.

Así que no es que elijamos ser pesimistas, sino que somos sobrevivientes y nos desempeñamos de acuerdo a nuestro diseño. Nuestra mente prefiere que nos sintamos ansiosos y seguros, antes que estar relajados y en peligro.

Hombre pensativo, reflexión
Hombre pensativo reflexiona sentado en el sofá.
Foto: Freepik.

Un costo elevado

Vivir escaneándonos permanentemente a nosotros mismos y a nuestro entorno en busca de posibles problemas nos provoca ansiedad, agotamiento e incapacidad para disfrutar el presente. No es gratuito vivir bajo este mandato, sino que se convierte en un tributo que pagamos por una seguridad que, en el mundo moderno, suele ser imaginaria.

  • La ansiedad es un motor que nunca se apaga. Cuando nuestro cerebro busca problemas, los encuentra (o los inventa). La ansiedad es creatividad (mal canalizada hacia el futuro) que se dispara al detectar una "amenaza" (un mail sin responder, una mirada ambigua). Así, vivimos en un estado de preocupación ("pre-ocupación"). Nuestro cerebro no distingue entre un león y una deuda y prepara al cuerpo para huir o pelear en ambos casos. Esto nos hunde en un un estado de nerviosismo constante.
  • El agotamiento es una batería agotada por “ventanas inactivas que permanecen abiertas". Como en un dispositivo electrónico, debemos cerrar las ventanas inactivas porque mantenerlas abiertas durante las 24 horas consume una cantidad masiva de energía. Nuestro cerebro consume aproximadamente el 20% de la energía total diaria que necesita nuestro organismo. Ese cansancio que sentimos al final del día, incluso si estuvimos sentados frente a una computadora, es fatiga cognitiva. El cerebro está exhausto de vigilar peligros que nunca ocurrieron.
  • La anhedonia es la incapacidad de disfrutar el presente. Este es el costo más trágico. Si nuestro cerebro está convencido de que hay un incendio a la vuelta de la esquina, considera que sería una negligencia detenerse a oler una flor. Nuestro sistema de supervivencia inhibe el sistema de recompensa. Cuando estamos en modo alerta, el anhelo de placer y vínculos pasan a segundo plano. Podemos estar en las mejores vacaciones de nuestra vida o cenando con la persona que amamos, pero nuestra mente está ausente, repasando nuestra lista de pendientes o anticipando desastres.
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Una afinidad peligrosa

Para entender por qué nos cuesta tanto mantener un pensamiento positivo, podemos mirar lo que ocurre en nuestros vasos sanguíneos. Existe una regla de afinidad química que se traduce perfectamente a nuestra psicología.

En la sangre, el CO2 es el invitado persistente. Aunque necesitamos el oxígeno (O2) para vivir, nuestra sangre tiene una facilidad asombrosa para combinarse con el dióxido de carbono (CO2). De hecho, el CO2 es mucho más soluble en el plasma que el oxígeno. El monóxido de carbono (un gas tóxico), por ejemplo, tiene una afinidad con la hemoglobina 200 veces mayor que el oxígeno. La sangre prefiere lo tóxico porque se pega con más fuerza y facilidad.En el cerebro, el pensamiento de alarma es el gas tóxico. Nuestros pensamientos de alarma, miedo o crítica actúan como ese gas de alta afinidad, así como el oxígeno requiere de un esfuerzo (presión, transporte activo) para saturar los tejidos, el bienestar requiere atención voluntaria y sostenida.

Un pensamiento de alarma secuestra nuestra atención. Una vez que entra un miedo (a perder el trabajo, a un cambio en el contexto económico, a la enfermedad de un ser querido), se pega a nuestra conciencia y desplaza cualquier pensamiento de gratitud u emoción positiva que estemos intentando procesar. Tal como ocurre en nuestra biología, nuestra mente no es un terreno neutral. Por defecto, nuestra sangre y nuestras neuronas están diseñadas para reaccionar más rápido al desecho y al peligro que al alimento y la calma. Por eso, cultivar bienestar requiere de una intención, mientras que alimentar el miedo es, lamentablemente, automático.

Mujer concentrada, pensando.
Mujer concentrada, pensando.
Foto: Freepik.

Consejos prácticos

Aquí tienes tres ejercicios en los que el entrenamiento cognitivo puede ayudarte a disfrutar el presente neutralizando las preocupaciones infundadas.

  • Saboreo cognitivo. Una experiencia positiva ordinaria (un café rico, un halago, un paisaje) no deja huella neuronal si dura solamente un instante, así que, cuando experimentemos algo agradable, no lo dejemos pasar. Quedémonos en ese pensamiento durante al menos 20 segundos. Ese es el tiempo aproximado que necesita nuestro cerebro para fijar la emoción.
  • Etiquetado afectivo. Cuando sintamos que el escáner de problemas se activó y estamos en modo alerta, utilicemos el lenguaje para distanciarnos. En lugar de decir "estoy ansioso", digamos mentalmente: "mi cerebro está teniendo un pensamiento de alarma". Al etiquetar el proceso de forma externa, dejamos de ser la emoción para convertirnos en el observador de la emoción.
  • Búsqueda selectiva. Dado que nuestro cerebro es un buscador activo, démosle una misión específica para que no trabaje en modo automático. Cada mañana, elijamos un pequeño objetivo de bienestar y toma nota de ellos. Por ejemplo: "Hoy voy a detectar tres momentos de amabilidad, míos o de otros". Esto calibra nuestra atención y nuestro cerebro no le dará prioridad solamente a las señales de alarma.

Cultivar el bienestar no es un acto de ingenuidad, sino un ejercicio de soberanía sobre nuestra biología. En un sistema diseñado para la alarma, elegir la calma es una forma muy sofisticada de inteligencia.

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