Las causas de los trastornos de ansiedad en niños y adolescentes pueden deberse a factores genéticos, a la química del cerebro o a acontecimientos de la vida. Cuando algunos neurotransmisores disminuyen la actividad cerebral y otros la aumentan, el sistema nervioso puede reaccionar con un exceso de alerta, miedo o tensión constante. También influyen experiencias como enfermedades, pérdidas, malos tratos y la manera en que los padres reaccionan frente a las distintas situaciones que viven sus hijos.
A continuación, repasaremos los trastornos de ansiedad más frecuentes en la infancia y la adolescencia.
Ansiedad generalizada
Se caracteriza por una preocupación y tensión excesivas, persistentes y difíciles de controlar sobre múltiples situaciones de la vida cotidiana, como el rendimiento escolar, la salud propia o de la familia y hechos futuros. Esta ansiedad interfiere significativamente en el funcionamiento familiar, social y escolar, ya que dificulta la concentración, el aprendizaje y la posibilidad de disfrutar de actividades recreativas. En algunos casos también aparecen problemas para comer o dormir.
Hace algunos años era impensable que un niño se preocupara por hechos de la vida diaria con la intensidad y la frecuencia que observamos en la actualidad. Se pensaba que solo aparecía en adultos, pero la vida actual, marcada por incertidumbres y cambios constantes, ha favorecido la aparición de niños con trastorno de ansiedad generalizada.
Ansiedad por separación
Consiste en un miedo intenso o una angustia marcada al alejarse de los padres. Con frecuencia se acompaña de resistencia para permanecer en el centro educativo. Es normal que los pequeños sientan ansiedad las primeras veces que se separan de sus padres y lloren cuando comienzan el preescolar. Sin embargo, cuando ese temor persiste a medida que crecen, puede tratarse de un trastorno de ansiedad por separación.
Estos niños se preocupan porque les pueda ocurrir algo malo a ellos o a sus padres cuando no están juntos. Pueden faltar a clases, apegarse excesivamente a uno de los progenitores, llorar, tener pesadillas o negarse a ir a jugar a la casa de otros niños. La ansiedad aparece cuando dejan de ver a sus padres, porque temen no volver a encontrarlos o ser abandonados.
Ansiedad social
Es un miedo intenso a ser evaluados negativamente o a sentir vergüenza en situaciones sociales. Esto lleva a muchos niños a evitar participar en clase, interactuar con sus compañeros o asistir al centro educativo.
También pueden evitar comer en público o rechazar invitaciones a fiestas y actividades extracurriculares por miedo a relacionarse con otros niños. Imaginan que serán criticados o juzgados negativamente y, por eso, evitan las situaciones en las que puedan sentirse observados.
Fobias específicas
Son temores irracionales y desproporcionados hacia objetos o situaciones concretas, como animales, alturas, tormentas, agujas, oscuridad o sangre. Los niños intentan evitar aquello que les provoca miedo y, si no pueden hacerlo, experimentan una intensa sensación de terror que resulta difícil de calmar. Por ejemplo, un niño con fobia a los perros puede negarse a ir a la casa de un amigo, al parque o a cualquier lugar donde crea que puede encontrarse con uno.
Mutismo selectivo
Es una forma de ansiedad social en la que el niño tiene la capacidad de hablar, pero es incapaz de hacerlo en determinados contextos, como el colegio o frente a personas que no conoce. En su casa habla con total normalidad; sin embargo, fuera de ese entorno se bloquea y no logra emitir palabras.
No se trata de timidez ni de rebeldía. El niño se siente paralizado por el miedo. Su origen no se relaciona con traumas pasados ni con errores en la crianza. Se considera un trastorno multifactorial, con una predisposición genética a la ansiedad. Para comunicarse fuera de casa puede recurrir a gestos, expresiones faciales, movimientos de cabeza o susurros, evitando el contacto verbal directo.
Trastorno de pánico
Se manifiesta mediante episodios repentinos e intensos de miedo acompañados de síntomas físicos, como palpitaciones, inmovilidad, mareos, dificultad para respirar o transpiración. Estos ataques de pánico también se acompañan de pensamientos muy alarmantes que aumentan la sensación de peligro. El enfoque principal consiste en disminuir la ansiedad.
Los siguientes lineamientos pueden ser útiles para acompañar cualquier tipo de trastorno de ansiedad, ya que contribuyen a disminuir su intensidad y favorecer una mejor regulación emocional.
- Validar las emociones.
Es importante comunicarle al niño que comprendemos su miedo y que estamos allí para protegerlo, en lugar de minimizar o invalidar lo que siente.
Aceptar su temor sin juzgarlo es el primer paso para ayudarlo.
- Brindar un entorno predecible.
Las rutinas claras, el uso de apoyos visuales y anticipar lo que va a suceder ayudan a reducir la incertidumbre, lo que aporta tranquilidad y seguridad.
- Favorecer la regulación del sistema nervioso.
Practicar ejercicios de respiración, realizar actividad física o compartir juegos que favorezcan la conexión ayudan al sistema nervioso a disminuir el estado de alerta y a “apagar” la alarma interna.