Hablar de frustración no suele resultarnos agradable. En consulta lo veo a diario: preferimos evitarla, minimizarla o disfrazarla de enojo, ansiedad o cansancio extremo. Sin embargo, a medida que avanzan los años, se vuelve cada vez más evidente una verdad que puede incomodarnos, pero que libera: necesitamos frustrarnos más. No para sufrir, sino para fortalecernos.
La frustración es una emoción compleja, que aparece cuando nuestros objetivos y/o deseos no se logran debido a la presencia de un obstáculo, algo que no te animaste a concretar o a realizar, una respuesta negativa o una situación inesperada que cambia el rumbo del camino trazado a nivel de nuestro pensamiento y planificación.
Como toda emoción, cumple una función y cuando llega lo fundamental es reconocerla, identificar las causas y ver cómo impacta en nuestra mente y cuerpo así como también su intensidad o duración en el tiempo. Lo importante es tomar aprendizaje de ella, no repetir caminos poco fructíferos y generar nuevas estrategias.
Es de vital importancia aprender a entrar y salir de esa frustración sin quedarnos fijados, bloqueados en esta experiencia.
La reacción suele ser inmediata: enojo, angustia, sensación de desborde. Pero aun cuando la vivimos como una enemiga, la frustración es, en realidad, un componente esencial del crecimiento psicológico.
En psicología lo sabemos desde los autores clásicos hasta las nuevas líneas de investigación: la personalidad se forja en parte gracias a esas pequeñas y grandes frustraciones cotidianas que nos obligan a reorganizarnos internamente. Sin esos quiebres, sin esas interrupciones del plan perfecto, nuestro mundo interno queda frágil, sin herramientas para sostener lo que la vida inevitablemente trae.
En mi consultorio recibo dos tipos de pacientes vinculados a este tema. Están quienes llegan sabiendo que tienen baja tolerancia a la frustración: lo padecen en el trabajo, en los vínculos, en la convivencia con sus hijos. Y están quienes lo descubren de a poco, en el análisis semanal, al observar que cualquier desvío en la ruta prevista les dispara angustia o malestar. En ambos casos, trabajar la tolerancia a la frustración implica un proceso profundo y, sobre todo, muy transformador.
Pasos a seguir
Pero ¿cómo empezar? ¿Qué necesitamos mirar para convertirnos en personas capaces de atravesar lo que no sale como esperábamos sin sentir que el mundo se desarma?
1. Aceptar que la vida no responde a nuestras expectativas. El primer paso es el más obvio -y, paradójicamente, el más difícil-: aceptar que la frustración va a aparecer. No es un fallo del sistema, no es una señal de que hicimos algo mal, no es un indicador de debilidad emocional. Es parte constitutiva de la vida. Y evitarla solo retrasa el aprendizaje.
Cuando dejamos de luchar contra ella y empezamos a observarla, entenderla y gestionarla, algo se ordena internamente. La emoción deja de dominarnos, y nosotros pasamos a tener un rol activo en lo que sentimos.
2. Ajustar nuestras expectativas. Vivimos muchas veces gobernados por la idea irracional de que “las cosas tienen que ser como yo quiero”. Esta expectativa es uno de los motores más potentes de la frustración. Ajustar expectativas no significa resignarse, sino comprender el contexto, las posibilidades reales y los límites propios y ajenos.
Cuanto más realistas sean tus expectativas, menor será el desborde cuando algo no ocurra como lo imaginabas. Y, sobre todo, mayor será tu capacidad para adaptarte.
3. Respirar para bajar el impacto emocional. Parece simple, pero es una de las herramientas más poderosas: la respiración profunda. Cuando la frustración aparece con fuerza -cuando sentís ansiedad, desilusión o una mezcla que te paraliza- realizar entre cuatro y seis respiraciones abdominales profundas ayuda a que el cuerpo regrese a un estado de mayor calma. El cuerpo siempre reacciona primero. Regularlo es un modo de decirle a la mente: “estamos a salvo, podemos pensar con claridad”.
4. Ordenar el pensamiento. Cada vez que aparece el “tiene que salir como yo quiero”, estamos frente a un pensamiento irracional. Son ideas automáticas que distorsionan la realidad y generan un impacto muy negativo en la salud mental.
La clave es detenerse, identificar la idea y reemplazarla por una más lógica y ajustada a los hechos: “Esto no salió como esperaba, pero puedo manejarlo. Puede haber otros caminos. No necesito controlar todo para estar bien”. Ese ejercicio -que puede parecer pequeño- es un entrenamiento mental con efectos enormes en la tolerancia a la frustración.
5. Entender que frustrarse también fortalece. No se trata solo de evitar el malestar, sino de comprender para qué sirve frustrarse. Cada experiencia que no coincide con nuestras expectativas nos da la oportunidad de crecer, de madurar emocionalmente, de ampliar nuestra capacidad de tolerancia y de construir una identidad más sólida.
En las nuevas generaciones observo una dificultad particularmente marcada en este punto. Cuando algo no sale como esperan, todo adquiere proporciones catastróficas. La frustración se vuelve intolerable y, en muchos casos, deriva en ansiedad o en dificultades más complejas. Parte crucial de mi trabajo con adolescentes y jóvenes consiste en enseñarles que no todo lo que sale mal es un desastre: muchas veces es un desvío necesario para seguir creciendo.
Un cierre para empezar
La invitación es simple y desafiante a la vez: empezá a frustrarte un poco más. No evites la incomodidad. No huyas del “no salió como quería”. No confundas control con bienestar. La frustración, cuando se trabaja con herramientas adecuadas, es una de las fuerzas que más fortalecen la autoestima, la resiliencia y el equilibrio emocional.
Como siempre digo en consulta: la meta no es que todo salga bien, sino que incluso lo que no sale bien pueda convertirse en aprendizaje. Ese cambio de mirada transforma profundamente nuestra relación con nosotros mismos y con la vida.
Es importante no asociar la frustración al fracaso. Siempre que lo intentes, que enfrentes las situaciones, que te animes y salgas de tu zona de confort será un éxito, aún así cuando el resultado no sea el que esperabas. Ajustar las expectativas a algo más realista también te ayudará al balance final y a que el golpe de la caída sea menos intenso.
Te deseo un camino de autoconocimiento, calma y crecimiento. Y, por supuesto, la valentía de transitar tus frustraciones con conciencia y amabilidad.
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