Decenas de adolescentes arman una ronda en una plaza. Dos se paran en el medio, frente a frente, y sin tocarse empiezan con poses, caminatas, pasos de baile, gestos con la mandíbula. La regla es sostener el personaje sin reírse, y gana el que saca más aplausos. Es un rito de apareamiento en el que nadie busca pareja, o no todavía. Buscan puntos.
Se llama farmear aura. Farmear viene de los videojuegos: quiere decir repetir una acción hasta acumular puntos. Aura es carisma, presencia, eso que alguien tiene cuando entra a un lugar y la gente lo mira. En el idioma de los chicos el aura tiene puntaje, y un tropezón en la ronda se cobra mil de golpe. El fenómeno destronó a los therians, los chicos con máscaras de animales que en febrero llenaron la misma Plaza Independencia. Las modas duran lo que un scroll con el pulgar.
Los adultos opinaron enseguida. Los medios salieron a preguntar por la calle y, aunque la mayoría no sabía de qué le hablaban, una persona sentenció que “los niños están perdidos” y que aquello era apenas una excusa para hacer boludeces. En la primera ronda que se armó en Argentina, incluso, algunos les tiraron botellas y piedras a los pibes. Cada generación se escandaliza con la siguiente y, después, se olvida: los floggers del Abasto, el pogo de los noventa, siempre chicos haciendo cosas raras en una plaza.
Una generación que aprendió a ser vista a través de una pantalla salió a la calle a pararse frente a otro, sin filtro, con un jurado de personas de carne y hueso que aplauden o se quedan calladas. La objeción es obvia: la convocatoria salió de Instagram, alrededor de la ronda hay teléfonos y la batalla existe para terminar en TikTok, así que nadie escapó de ninguna pantalla. Es cierto, pero el video se sube después. Hay un momento de presencia sin posibilidad de una segunda toma, y eso ya es un montón.
En 1936 Walter Benjamin usó la palabra aura para nombrar lo que una obra de arte pierde cuando se la reproduce: “el aquí y ahora” del original, “su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra”. Ninguno de los chicos de la explanada leyó a Benjamin, y no hace falta. Criados en la era de la copia infinita, fueron a la plaza a buscar con la misma palabra lo que él daba por perdido: estar ahí y que alguien los viera.
Lo que hacen dentro de la ronda es torpe, y la torpeza es el dato. Las poses son las de los videos y las caminatas las de los memes: llevan al cuerpo la gramática de la pantalla, como quien aprende un idioma y repite frases hechas antes de poder decir algo propio. Aristóteles escribió en la Poética que “el imitar es connatural al hombre desde la niñez” y que por la imitación adquiere sus primeros conocimientos. La adolescencia siempre fue eso, probarse personajes y máscaras delante de los pares para ver cuál queda. Persona, en latín, era la máscara del actor. Los therians se ponían una de animal; estos van a cara descubierta y lo que practican en la plaza es aguantar la mirada del otro. Proeza difícil en estos tiempos.
¿Es un fenómeno positivo? No tengo idea, y sospecho que todavía nadie la tiene. Un domingo de agosto, en el centro de Montevideo, un grupo de adolescentes eligió el frío y la mirada ajena. Capaz salieron a buscarse.