Salud mental en Uruguay: mujeres hablan de salud mental pero hombres mueren más por suicidio

Los mandatos de género influyen en la forma de expresar el malestar y buscar apoyo. Las cifras uruguayas abren una discusión sobre prevención, vulnerabilidad y silencio emocional.

Aumentó el número de suicidio en 2019. Foto: Pixabay.
Nuñez, Irene

Hay una diferencia que merece nuestra atención: las mujeres reconocen más la importancia de la salud mental y buscan más ayuda profesional. Sin embargo, los hombres presentan tasas de suicidio considerablemente más altas. Detrás de estos números hay una historia que no se explica únicamente desde la psicología, sino también desde la cultura, los mandatos sociales y nuestra manera de aprender a gestionar las emociones.

Hace unos días, una encuesta de Opción Consultores, cuyos resultados fueron publicados por El País, puso sobre la mesa un dato interesante: el 96% de los uruguayos considera que la salud mental es un problema bastante o muy importante para el país. Sin embargo, cuando se desagregan las respuestas por género, aparece una diferencia significativa: el 90% de las mujeres comparte esa percepción, frente al 78% de los hombres.

La diferencia no es menor. Tampoco debería llevarnos a conclusiones apresuradas. ¿Significa que a las mujeres les importa más su salud mental? ¿O estamos frente a dos maneras diferentes de reconocer, expresar y afrontar el sufrimiento?

La pregunta cobra otra dimensión cuando observamos las cifras de suicidio. En Uruguay, durante 2025, el 79% de las personas que murieron por suicidio fueron hombres. La tasa de mortalidad fue de 31,2 cada 100.000 hombres, frente a 7,9 cada 100.000 mujeres.

Estamos frente a una paradoja que merece ser pensada: quienes parecen otorgarle menos importancia a la salud mental son también quienes presentan una mayor mortalidad por suicidio.

No necesariamente sufrimos de manera diferente. A veces, lo que cambia es lo que hacemos con ese sufrimiento. Aprendimos a sentir, pero también a ocultar.

Desde la psicología sabemos que la relación con nuestras emociones no aparece de manera espontánea. Se construye. Aprendemos desde la infancia qué podemos expresar, qué debemos ocultar y qué reacciones son aceptadas por nuestro entorno.

A muchas mujeres se las educa para estar atentas a las necesidades de los demás, identificar estados emocionales, conversar sobre lo que sienten y buscar contención. Pero esa aparente facilidad para reconocer las emociones tiene una contracara: la sobrecarga del cuidado, la exigencia de estar disponibles y la tendencia a relegar las propias necesidades.

A muchos varones, en cambio, se les transmite otro mensaje: hay que ser fuertes, resolver los problemas solos, no mostrar debilidad y mantener el control. Frases aparentemente inofensivas como «los hombres no lloran» o «tenés que ser fuerte» pueden convertirse en reglas internas que condicionan la relación con el propio mundo emocional.

Cuando la tristeza se interpreta como debilidad, pedir ayuda puede sentirse como un fracaso. Cuando la vulnerabilidad amenaza la identidad que aprendimos a construir, el silencio puede convertirse en una estrategia de supervivencia emocional.

Esto no significa que todos los hombres hayan sido educados de la misma manera ni que todas las mujeres tengan facilidad para expresar lo que sienten. Los mandatos de género no determinan el destino individual, pero sí pueden generar condiciones que favorecen o dificultan la búsqueda de ayuda.

Mujer con depresión
Mujer con depresión
Foto: Freepik (generada con inteligencia artificial)

El consultorio también habla

En la experiencia clínica hay algo que aparece con frecuencia: muchas mujeres llegan a terapia con una enorme capacidad para describir lo que les pasa. Pueden identificar sus emociones, reconocer patrones vinculares, hablar de sus miedos y establecer conexiones entre su historia y su malestar actual.

Otras llegan después de haber sostenido durante años situaciones que las desbordan, con una sensación de agotamiento que muchas veces se mezcla con culpa por no poder cumplir con todas las expectativas.

También vemos hombres que consultan cuando el malestar ya interfiere de manera significativa en su vida cotidiana, sus relaciones o su trabajo. Algunos llegan por iniciativa propia; otros, a partir de la insistencia de sus parejas, familiares o personas cercanas. No es infrecuente que el motivo inicial de consulta sea el trabajo, el insomnio, la irritabilidad, los conflictos de pareja o una sensación persistente de vacío, antes que una identificación explícita de la tristeza o la angustia.

Estas observaciones clínicas no son estadísticas ni representan a todos los pacientes. Pero permiten pensar una cuestión relevante: no siempre consultamos cuando empezamos a sufrir; muchas veces consultamos cuando ya no podemos seguir funcionando como antes.

Y es importante detenernos en esa diferencia. Acudir a terapia no es un indicador de mayor fragilidad psicológica. Puede ser, por el contrario, una expresión de reconocimiento del propio malestar y una forma de prevención.

Lo que el cerebro no puede resolver en soledad

Desde la neuropsicología también podemos aportar una mirada a esta problemática. Nuestro cerebro dispone de sistemas complejos para detectar amenazas, responder al estrés y regular las emociones. La corteza prefrontal participa en procesos de planificación, inhibición y regulación emocional, mientras que estructuras como la amígdala intervienen en el procesamiento de estímulos emocionalmente relevantes.

Pero la regulación emocional no es una capacidad aislada de nuestro contexto. Se desarrolla a través del aprendizaje, las experiencias vinculares y las oportunidades que tenemos para identificar y procesar lo que nos sucede.

Cuando una persona aprende sistemáticamente a inhibir la expresión de sus emociones, puede encontrar mayores dificultades para reconocer sus necesidades y comunicar su malestar. La supresión emocional sostenida también puede incrementar el esfuerzo cognitivo y afectar la calidad de los vínculos.

No se trata de afirmar que los cerebros de hombres y mujeres funcionan de manera radicalmente diferente ni de explicar las tasas de suicidio mediante una diferencia biológica aislada. Las conductas humanas son el resultado de múltiples factores que interactúan: biológicos, psicológicos, sociales y ambientales.

El estrés crónico, el aislamiento, la falta de apoyo, las experiencias traumáticas y las dificultades para acceder a tratamientos adecuados pueden contribuir al deterioro de la salud mental, independientemente del género.

La posibilidad de pedir ayuda, sentirse escuchado y construir vínculos seguros también forma parte de los recursos que protegen nuestra salud.

Salud mental
Salud mental.
Foto: AFP

Una sociedad que necesita revisar sus mandatos

Hay otro aspecto que no podemos dejar de lado: las condiciones sociales en las que vivimos.

Las mujeres siguen asumiendo, en muchos contextos, una proporción mayor del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. A esto se suman las exigencias laborales, la presión estética, la violencia y la expectativa de responder simultáneamente a múltiples roles. Esa acumulación puede tener consecuencias concretas sobre el bienestar psicológico.

Los hombres, por su parte, continúan expuestos en muchos entornos a modelos de masculinidad asociados con el éxito económico, la autosuficiencia y la capacidad de resolver los problemas sin depender de otros. Cuando el desempleo, las dificultades económicas, una separación o una crisis personal ponen en jaque esos ideales, el impacto puede ser especialmente difícil de comunicar.

No son experiencias excluyentes. Mujeres y hombres pueden atravesar ambas formas de presión, y existen diferencias importantes según la edad, la situación socioeconómica, la historia personal y el entorno cultural.

Sin embargo, estos mandatos ofrecen una pista para comprender por qué el sufrimiento no siempre se expresa de la misma manera ni encuentra las mismas vías de atención.

Una sociedad que enseña a las mujeres a cuidar, pero no siempre a poner límites, y a los hombres a ser fuertes, pero no a pedir ayuda, termina generando distintas formas de desprotección emocional.

La prevención empieza mucho antes de una crisis

Hablar de salud mental no puede limitarse a reconocer que es importante. Necesitamos transformar esa percepción en posibilidades reales de cuidado.

Eso implica mejorar el acceso a la atención psicológica, promover espacios de escucha en las instituciones educativas y laborales, formar a los profesionales para identificar señales de riesgo y desarrollar estrategias de prevención del suicidio que contemplen las particularidades de cada población.

También supone enseñar desde la infancia que las emociones no tienen género, que la vulnerabilidad no es una falla y que pedir ayuda no equivale a perder autonomía.

Las cifras de suicidio masculino nos recuerdan que no alcanza con preguntarnos cuánto hablamos de salud mental. También tenemos que preguntarnos quiénes pueden hablar, quiénes se sienten habilitados para hacerlo y quiénes atraviesan su sufrimiento en silencio.

El verdadero desafío no es conseguir que todos hablemos más de nuestras emociones, sino construir una sociedad en la que nadie sienta que debe esconderlas para ser aceptado.

Una sociedad emocionalmente saludable no es aquella en la que las personas nunca sufren, sino aquella en la que sufrir no nos de vergüenza.

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