¿Qué les pasa a los adolescentes cuando los adultos dejamos de preguntar? Consejos para construir confianza

Qué significa su clásico “todo bien”, cómo acercarse y mejorar el vínculo, y cuál es el verdadero impacto de las redes sociales en su salud mental.

Adolescente, padres
Padres con su hijo adolescente.
Foto: Freepik.

Al salir del colegio, cuando vuelven de entrenar, mientras comen y antes de dormir, podemos preguntar: “¿Cómo estás?”. Aunque casi siempre recibimos la misma respuesta (“bien”), la pregunta es válida (y valiosa). Después conviene revisar si ese “bien” esconde algo más. Porque, aunque a simple vista no parezca, la adolescencia necesita de adultos que puedan quedarse un poco más. Preguntar a diario, aunque nos tilden de “pesados”.

Muchas veces, la respuesta rápida, efectiva, un “todo bien”, puede significar “no sé cómo explicarte lo que me pasa”, “no quiero preocuparte” o “no tengo ganas de hablar”. Las conversaciones importantes pocas veces arrancan con preguntas enormes. A veces alcanza con una pregunta sencilla: “¿Qué pasó con eso que me contaste ayer?”. No se trata de interrogar ni de invadir. Buscamos construir un vínculo en el que hablar sea una posibilidad. Eso es todo, y es muchísimo.

La construcción de la confianza es especialmente importante durante la adolescencia, una etapa en la que los amigos, los pares y los espacios por fuera de la familia adquieren otro peso. Unicef Uruguay señala justamente que los adolescentes necesitan adultos que los acompañen, incluso cuando buscan mayor distancia o autonomía, y recomienda mostrar interés, escuchar activamente, hacer preguntas abiertas y validar lo que expresan.

El lugar que ocupan las redes sociales

Cuando analizamos el lugar que ocupan las redes sociales en la vida de los adolescentes, la dimensión de la palabra adquiere un peso mayor. En Uruguay, una investigación impulsada por la Universidad de la República, el Instituto Nacional de la Juventud y Unicef, estudia precisamente la relación entre el uso de internet, las redes sociales y la salud mental de adolescentes en jóvenes de entre 14 y 21 años. Lo interesante de esa búsqueda es que no apunta a preguntar si las redes “hacen bien” o “hacen mal”, sino que intenta comprender cómo las utilizan los jóvenes y cómo ellos mismos perciben su impacto.

Porque las redes no son un mundo separado de la vida. Es el ecosistema natural donde hoy los adolescentes se entretienen, aprenden, construyen vínculos, buscan pertenencia, se expresan. También donde se angustian, se comparan, se discrimina y muchas veces aparecen situaciones de exclusión.

Adulto contiene emocionalmente a un adolescente
Adulto contiene emocionalmente a un adolescente.
Foto: Magnific.

Como adultos, ya sabemos que pasar mucho tiempo scrolleando hace mal. Pero, además de poner límites de horarios, podemos preguntarles sobre qué videos están hablando, si hay alguno que los hizo sentir mal, qué cosas de las redes les divierte y por qué. Es una manera de conocerlos mejor.

Aunque aparezcan preguntas para las que no tengamos respuesta, el valor de acompañar es siempre bien valorado. Porque acompañar también puede ser sentarse al lado. Compartir una emoción, una risa o un llanto, sin minimizar lo que sienten. O tolerar el silencio. La confianza no necesariamente se construye en una conversación. También aparece y crece cuando se comprueba que, día a día, del otro lado hay un adulto disponible.

Por eso, las conversaciones pequeñas no son realmente pequeñas. Una charla en el auto. Una caminata. Una comida compartida. Preguntar por ese amigo que dejó de aparecer. Interesarse por algo que para nosotros parece insignificante. Todo esto construye algo enorme: la sensación de que se puede hablar.

Sabemos que no se puede evitar que sufran, que se frustren o que se sientan inseguros, porque todo eso forma parte de crecer. Y es fundamental que aprendan a gestionarlo. Pero no tienen por qué sentirse solos en el proceso. Que puedan acercarse a conversar con nosotros marca la diferencia. Y algo más: además de preguntar, hay que quedarse cerca para escuchar la respuesta sin juzgar ni minimizarla. Ahí, en esas charlas que parecen chicas, se construye la confianza que sostiene todo lo demás.

Madre con hija adolescente.jpg
Madre con hija adolescente.
Foto: Magnific.

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