¿Por qué los límites son importantes? El rol de la frustración frente al avance de las redes sociales

Cómo la gratificación instantánea de las redes sociales daña la psique infantil y por qué evitarle frustraciones a tus hijos hoy puede ser el origen de su angustia cuando sean adultos.

Mujer frustrada enojada celular
Mujer frustrada usa el celular.
Foto: Freepik.

En la infancia se interiorizan las primeras experiencias —junto a las primeras marcas— y se empieza a conformar la vida psíquica. Es el momento en el que empezamos a incorporar normas, gestos y palabras, y construimos una manera particular de “estar” en el mundo: el modo en que observamos al otro y que tramitamos la espera, la ausencia y el deseo.

Entre todas esas experiencias, la frustración ocupa un lugar central cuando se recibe en dosis necesaria, sin excesos y sin violencia. El psicoanalista británico Donald Winnicott pensó este punto al advertir que no es la presencia constante la que estructura, sino la ausencia dosificada. Es decir que, para que un sujeto se constituya, el mundo no debería responder siempre de inmediato a su demanda: es necesaria la espera, el límite y experimentar la insatisfacción por lo que no llega a tiempo.

Esto resulta especialmente sensible y difícil en el contexto actual donde las redes sociales proponen una lógica opuesta: inmediatez, respuesta constante, gratificación rápida. Todo parece estar disponible ya y la atención, el entretenimiento y la presencia aparecen sin demora, sin falta. En ese escenario, la frustración pierde valor simbólico y el límite se vuelve un error a corregir y no una experiencia a elaborar. La posibilidad de esperar y tolerar el silencio, de sostener el deseo sin una respuesta inmediata, queda sin lugar posible.

Cuando esta lógica —potenciada por las redes sociales— se instala tempranamente, no sólo modifica los modos de vinculación, sino también las formas de subjetivación. El otro deja de ser alguien con quien tramitar la diferencia, el desacuerdo o la falta, y pasa a ocupar un lugar funcional para esta época: el que debe responder. Y además, debe hacerlo rápido, bien y permanentemente, como si el vínculo se midiera por la disponibilidad. El silencio se vive como rechazo; la demora, como desinterés; el límite, como algo intolerable. En ese marco, el otro empieza a funcionar más como un objeto que como un sujeto: algo que debe estar para confirmar.

Redes sociales, celular
Mujer usa el celular.
Foto: Freepik.

La dinámica familiar adquiere un peso particular. Hay quienes intentan funcionar como espacio de compensación total e intentar resolver todo puertas adentro: la incomodidad del afuera se amortigua en casa y se busca evitar la frustración siempre que sea posible. Así, el límite se diluye en nombre del cuidado. La presencia constante no protege; en cambio, encierra y condiciona. Y lo que no se tramita como separación reaparece más tarde como dificultad para salir.

En la adultez, suele expresarse en vínculos excesivamente endogámicos. Salir al mundo puede generar culpa, angustia o sensación de desamparo. El afuera se vuelve hostil y el adentro, a pesar de ser asfixiante, aparece como el único lugar posible. No se trata de falta de deseo, sino de la ausencia de una experiencia temprana que haya mostrado que separarse y ser uno mismo es una posibilidad válida y necesaria.

Niña enojada gritando
Niña frustrada grita mientras usa un dispositivo electrónico.
Foto: Freepik.

Históricamente, la escuela introdujo una fisura necesaria en esta lógica familiar, quizás no tanto por lo que enseña, sino por lo que habilita: se viven tiempos comunes, reglas que no se negocian, una autoridad que no responde a la intimidad familiar. Ese pasaje permitía aprender algo decisivo: que el mundo no se acomoda del todo a uno y, sin embargo, puede ser perfectamente habitado. En la actualidad, ese rol también se ve tensionado ya que a la autoridad escolar se la discute, los límites se cuestionan y la frustración se evita.

"El mundo no se acomoda del todo a uno y, sin embargo, puede ser perfectamente habitado".

La escuela queda atrapada entre la exigencia social y familiar, mientras tiene que reinventarse para acompañar los avances tecnológicos. Entre tantos cambios aparece la dificultad de establecer límites. Y cuando ese borde se debilita, no solo se pierde el orden, sino la experiencia fundamental de alteridad.

Sin familia que marque el límite, sin escuela que introduzca normas y con tecnologías que prometen respuesta a toda frustración, ésta deja de ser una experiencia a elaborar y pasa a vivirse como una falla intolerable. En la clínica se expresa en adultos que se desarman ante una negativa, que interpretan el límite como rechazo, que se frustran y se caen subjetivamente.

El límite, cuando existe, no reduce el mundo: lo hace posible. Le da forma al deseo, vuelve habitables los vínculos y hasta permite que la vida no se viva como una sucesión de ofensas personales. Los límites son amor: nos orientan y nos permiten reconocer las necesidades propias y ajenas de manera saludable.

Tal vez por eso, hoy más que nunca, pensar los límites en la infancia no sea una forma de endurecer, sino de alojar. Acompañar el armado de una vida psíquica capaz de sostener la falta, la espera y la diferencia, incluso en un mundo que promete lo contrario. Porque crecer no es evitar los límites, sino aprender a vivir con ellos.

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