La inyección semanal que apaga el hambre se consigue en las farmacias uruguayas desde hace casi un año, sin más trámite que una receta. En Estados Unidos, según una encuesta de la Kaiser Family Foundation, uno de cada ocho adultos usa hoy un fármaco de este tipo, y el laboratorio danés que fabrica el más conocido llegó a valer más que toda la economía de Dinamarca.
La semaglutida, el principio activo, se desarrolló para la diabetes tipo 2. Retrasa el vaciado del estómago, baja el azúcar en sangre y, de paso, desactiva las ganas de comer, de modo que quien la usa pierde entre el 10% y el 15% de su peso. Elon Musk y Oprah Winfrey contaron que la usan, y la comediante Amy Schumer acusó de mentirosos a los famosos que bajan 10 kilos y lo disfrazan de comer “porciones más chicas”.
Como profesional de la salud, estoy convencido de que esta droga es un avance médico inmenso. Para un diabético o para una obesidad severa que arrastra hipertensión y rodillas deshechas, cambia la vida, y para eso existe la medicina. Tampoco hay pecado en usarla por estética, para andar más cómodo con uno o para sentirse más atractivo. Pasa con cualquier retoque.
La diferencia aparece después: una intervención de una sola vez cierra el asunto y listo. Cuando ese arreglo abre una serie, la cosa se enrarece: “el último retoque”, “la última inyección”, “una más y ya está”. Si inaugura o continua un camino de repetidos intentos —fallidos— para aliviar la sensación de inferioridad, se convierte en un síntoma.
El ensayo STEP-1 siguió a los pacientes cuando dejaron el tratamiento y comprobó que al año habían recuperado dos tercios de lo que habían bajado; la revista Diabetes, Obesity and Metabolism publicó esos números en 2022. Una revisión posterior del British Medical Journal, de comienzos de este año, midió el ritmo del regreso y lo encontró veloz: cerca de medio kilo por mes en el promedio de los tratamientos. Para la obesidad metabólica, una enfermedad crónica que requiere tratamiento sostenido, no sería una mala noticia, sino algo esperable.
Distinto es cuando se usa para silenciar el “food noise”, ese “ruido de la comida” que consiste en pensar en comer a toda hora. ¿Qué pasa cuando se retira el fármaco? Si no cambiaron los hábitos, vuelve el ruido y vuelve el peso. Cuando el tratamiento es el envión que empuja a moverse, comer distinto y preguntarse qué pasa con la comida, bienvenido sea.
Pasa lo mismo con la medicación psiquiátrica que calla una ansiedad y ahorra la pregunta acerca de qué la motivaba. ¿Qué hambre venía a calmar esa comida, qué vacío llenaba? El apetito desmedido pocas veces es cuestión del estómago.
La clínica de las adicciones lo confirma cada semana: si se le quita a alguien el objeto sin tocar la angustia, esta reaparece en el mismo síntoma —lo que llamamos recaída—, o en uno nuevo como comprar, apostar, fumar o comer. Toda sustancia puede ser adictiva —la comida incluida— y aun así no todos somos adictos. Lo que define la adicción es la función que la sustancia cumple para uno. ¿Para qué le sirve a esa persona en particular? Sin esa respuesta, silenciar el síntoma es como silenciar una alarma: no apaga el incendio.
La búsqueda del cuerpo perfecto sin esfuerzo es una de las fantasías de esta época, prima hermana del millón fácil en criptomonedas y de la fama exprés de influencer. O peor: la de pedirle a la inteligencia artificial un resumen de los clásicos para después decir que uno los leyó. Con esa lógica, la inyección puede resolver el peso. Si es lo único que hay, pan para hoy y hambre para mañana.
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