Redacción El País
La tristeza, la ansiedad o la frustración que aparecen en la vida diaria no deben confundirse con una enfermedad mental.
Así lo recuerda la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, que alerta sobre una tendencia creciente a “psiquiatrizar” cualquier forma de malestar emocional.
En la vida, señalan los especialistas, no todo es agradable ni feliz. Es habitual atravesar frustraciones cuando algo sale mal, sentir tristeza frente a una pérdida o experimentar conflictos derivados de la convivencia con otras personas. Sin embargo, el uso cotidiano de expresiones como “estoy depre” o “se me va la olla” para describir estos estados puntuales contribuye a banalizar los verdaderos problemas de salud mental.
Desde la Sociedad subrayan que estos sentimientos cotidianos, pasajeros y adaptativos no constituyen una enfermedad. No requieren asistencia médica salvo que se compliquen o se cronifiquen. Un trastorno mental, en cambio, implica un sufrimiento profundo que altera de manera significativa la vida global de la persona.
Las primeras sensaciones de ansiedad, enfado o tristeza suelen estar ligadas al malestar propio de la vida cotidiana. Son emociones inherentes a la experiencia humana y, en la mayoría de los casos, es necesario aprender a manejarlas con herramientas personales. En este sentido, los especialistas cuestionan mensajes simplistas como “si quieres, puedes”, ya que convierten la felicidad en una obligación y refuerzan la idea de que sentirse mal es un fracaso individual.
Los expertos también observan una creciente intolerancia a la frustración en la sociedad actual. En este contexto, aparece una tendencia preocupante a medicalizar las emociones negativas y el malestar normal de la vida. Esto, advierten, perjudica el acceso a la atención de quienes sí padecen trastornos mentales graves, porque compiten por los mismos recursos sanitarios.
La psiquiatra Marina Díaz Marsá explica que “en esta sociedad que va más rápido y que conecta menos con el interior y con las emociones, a veces sentirse mal puede asociarse a trastornos mentales y no es así”. Además, señala que se vive en un entorno donde se prioriza la productividad, y que si una persona tiene un día con menos energía o rinde menos, rápidamente se interpreta como algo patológico. “El mensaje es que no es así”, remarca.
Díaz Marsá agrega que incluso el ego o la forma de ser pueden convertirse en fuente de sufrimiento, sobre todo cuando existe una comparación constante con los demás. Por eso insiste en que la vida normal no necesita siempre la intervención de la psiquiatría, sino contar con recursos básicos como aprender a gestionar el estrés y la ansiedad, tener redes de apoyo social y aceptar que en la vida también se sufre.
Cuando el malestar no remite y las sensaciones negativas se mantienen en el tiempo, el escenario cambia. Si afectan el rendimiento laboral, las relaciones personales o la vida cotidiana, entonces sí es necesario buscar ayuda profesional. En esos casos, los especialistas recomiendan consultar con un médico para valorar la posible existencia de un trastorno mental.
Para la psiquiatra, “el que sufre está vivo”, y ese sufrimiento es inherente a la condición humana, no necesariamente patológico. El mensaje de los expertos es claro: sentirse mal a veces es normal, pero cuando el dolor se cronifica y limita la vida diaria, es momento de pedir ayuda.
Los psiquiatras destacan la importancia de la educación emocional desde edades tempranas. Recuerdan que muchas enfermedades psiquiátricas comienzan en la adolescencia y que la intervención precoz es clave para que los jóvenes puedan continuar su formación y desarrollar su proyecto vital. Incluir en la escuela herramientas para gestionar emociones complejas y afrontar el estrés sería, concluyen, una estrategia fundamental de prevención en salud mental.
En base a El Tiempo/GDA