Desde siempre, la salud mental de nuestros adolescentes ha ocupado titulares únicamente cuando una tragedia nos obligaba a mirarla de frente. Un episodio de violencia, una situación de acoso escolar, un intento de autoeliminación, una crisis de ansiedad o una conducta de riesgo nos recuerdan, una y otra vez, que existe un problema que no comienza el día en que se manifiesta, sino mucho antes. Empieza en el silencio, en la falta de espacios de escucha, en las emociones que nadie ayudó a comprender y en los conflictos cotidianos que un adolescente no supo gestionar.
La decisión de incorporar psicólogos en los liceos públicos de Ciclo Básico, inicialmente como plan piloto, merece ser considerada mucho más que como una innovación administrativa. Representa un cambio de paradigma. Significa reconocer que la educación del siglo XXI no puede reducirse a la transmisión de conocimientos académicos. Educar también implica acompañar el desarrollo emocional de quienes están construyendo su identidad.
Los adolescentes de hoy enfrentan desafíos muy distintos a los de generaciones anteriores. A los cambios propios de esta etapa evolutiva, se suman la exposición permanente a las redes sociales, la inmediatez, la sobreestimulación, la presión por el rendimiento, la incertidumbre respecto al futuro, las transformaciones familiares y una creciente dificultad para construir vínculos sólidos en un contexto que muchas veces privilegia la apariencia y la virtualidad por sobre la autenticidad y el contacto humano presencial.
La escuela y el liceo son, después de la familia, los principales espacios de socialización. Allí los jóvenes pasan buena parte de su tiempo, construyen amistades, enfrentan frustraciones, situaciones desafiantes desde lo académico pero también desde lo social y vincular, descubren fortalezas y aprenden nuevas estrategias para la vida. Pretender que todo eso ocurra sin brindar herramientas para comprender y gestionar las emociones, resulta cada vez menos sostenible.
La incorporación de psicólogos en los centros educativos no debe interpretarse únicamente como la posibilidad de atender situaciones críticas. Su función va mucho más allá de la intervención cuando aparece un problema. Su verdadero valor está en la prevención, en la promoción de la salud mental y en la construcción de comunidades educativas más saludables.
Aquí adquiere especial relevancia la psicoeducación emocional. No hablamos de convertir a los estudiantes en expertos en psicología, sino de enseñar competencias fundamentales para la vida.
Aprender a identificar las propias emociones, reconocer las señales del estrés, comprender la ansiedad, tolerar la frustración, resolver conflictos sin violencia, desarrollar empatía, fortalecer la autoestima y saber cuándo pedir ayuda son habilidades tan importantes como comprender un texto o resolver una ecuación.
En este sentido, un clima institucional basado en la confianza, la escucha y el respeto favorece tanto el bienestar como los aprendizajes.
La escucha activa implica generar condiciones para que un adolescente sienta que puede expresar lo que le ocurre sin temor a ser juzgado, ridiculizado o descalificado y además brindando recomendaciones, sugerencias e impartiendo aprendizajes desde la responsabilidad emocional.
Tallas irreales y redes sociales: el impacto silencioso en la salud mental de los adolescentes
Muchas veces, detrás de una conducta desafiante, de un bajo rendimiento o del aislamiento, existe un sufrimiento que no encuentra palabras para manifestarse.
La presencia de profesionales de la psicología puede convertirse en un puente entre los estudiantes, las familias, los docentes y los servicios de salud. También puede aliviar una carga que hoy recae, muchas veces, exclusivamente sobre los equipos docentes, quienes enfrentan situaciones de enorme complejidad para las cuales no siempre cuentan con la formación específica ni con el tiempo necesario.
Lejos de sustituir el rol educativo del docente, los psicólogos pueden fortalecerlo. El trabajo interdisciplinario permite comprender mejor las distintas realidades que atraviesan los estudiantes y diseñar estrategias de acompañamiento que beneficien a toda la comunidad educativa.
La salud mental no es responsabilidad de una única profesión; requiere una mirada compartida y coordinada. Naturalmente, un plan piloto no resolverá por sí solo todos los desafíos. Será necesario evaluar su implementación, dotarlo de recursos suficientes, garantizar una adecuada cantidad de profesionales y evitar que su tarea quede reducida a responder únicamente a resolver situaciones críticas o límite. El éxito de esta política dependerá de que la prevención ocupe un lugar tan importante como la intervención.
Diversos estudios internacionales muestran que los programas de aprendizaje socioemocional implementados en los centros educativos mejoran la convivencia, disminuyen situaciones de violencia, fortalecen el sentido de pertenencia, reducen conductas de riesgo y favorecen el rendimiento académico. No existe una oposición entre educar y cuidar la salud mental. Por el contrario, una potencia a la otra.
Quizás el mayor aporte de esta iniciativa sea justamente ese: enseñar que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de responsabilidad con uno mismo. Que las emociones no deben ocultarse, sino comprenderse. Que la escucha puede prevenir sufrimientos mayores. Y que una educación integral no solo forma estudiantes con conocimientos, sino personas capaces de cuidar de sí mismas, de construir vínculos saludables y de afrontar los desafíos de la vida con mayor fortaleza.