Hay tareas que parecen menores, pero que cobran un peso desmedido a medida que se posponen. Responder un correo electrónico, realizar una llamada o iniciar un trámite administrativo pueden generar la incomodidad suficiente como para que la persona decida postergarlos una vez más.
Aunque la tendencia a dejar las cosas para después suele catalogarse como haraganería o una deficiente gestión del tiempo, por detrás operan emociones como el temor a equivocarse, la inseguridad, la presión o la ansiedad frente al compromiso asumido.
Para el médico Mario Alonso Puig, comprender este componente afectivo resulta central. En declaraciones brindadas a la emisora COPE, el especialista argumentó que quien posterga una tarea no intenta esquivar el compromiso en sí, sino el estado anímico que le produce. Al respecto, sostuvo que la persona no aplaza la tarea, sino el sufrimiento que relaciona con dicha actividad.
La distinción resulta sustancial para abordar el problema. Según Alonso Puig, el nudo de la cuestión radica en el impacto que genera representarse la tarea en la mente. El profesional ejemplificó que se puede experimentar un malestar profundo al conectar un correo electrónico con el estado anímico que provocará su redacción. Por ese motivo, eludir la acción genera un alivio inmediato, aun cuando el tema continúe inconcluso.
La fuga de energía y la estrategia del primer movimiento
Esa tregua temporal no erradica el origen de la incomodidad. La obligación permanece en estado latente y vuelve a consumir energía mental cada vez que se recuerda que sigue pendiente. Alonso Puig subrayó que cuando la mente deja una labor inconclusa, no para de dar vueltas sobre ella, mientras que al concluirla logra liberar atención para enfocar otros asuntos.
De esta manera, mantener una labor en suspenso prolonga la tensión en el tiempo, aunque sea de forma moderada. La postergación logra distanciar momentáneamente la molestia, pero no resuelve el hecho que la provocó.
A este desgaste progresivo se le añade una consecuencia sobre la percepción personal. El especialista remarcó que este hábito repercute en la pérdida de confianza en uno mismo, en la medida en que el asunto pendiente se termina asociando a una incapacidad personal para resolverlo.
Para revertir esta dinámica, Alonso Puig propone no enfocar la meta inicial en completar todo el trabajo. Disminuir la exigencia del arranque puede volver el proceso mucho menos desalentador. De hecho, planteó que en muchas oportunidades la conquista no pasa por finalizar la tarea, sino por dar el puntapié inicial.
Su sugerencia apela a un caso práctico: si alguien lleva días postergando la respuesta de un mensaje por la tensión que le genera, no necesita redactarlo íntegramente de un solo tirón. El paso inicial puede ser más modesto; en lugar de intentar finalizar la nota, basta con redactar únicamente la primera línea.
El objetivo consiste en modificar el enfoque de partida. En lugar de procesar la exigencia completa de una obligación, la propuesta es comenzar con un movimiento acotado y realizable. Esa pequeña acción quita la tarea del plano de lo pendiente y pone en marcha el proceso para completarla.
En base a El Tiempo/GDA