Que Uruguay tiene desde hace años un problema de salud pública respecto del suicidio no es novedad. El país encabeza el triste ranking de mayor cantidad de suicidios por cada 100.000 habitantes en el continente latinoamericano, y desde hace años.
Pero en los últimos tiempos, se ha notado una por ahora incipiente tendencia: la de suicidios entre poblaciones jóvenes. En 2024 por ejemplo, se informaba en la prensa cada tres días, una persona menor a 24 años se suicidaba, y se constataban casos de intentos de suicidio en poblaciones tan jóvenes como liceales o escolares.
Todo esto de acuerdo a fuentes como Gabriela Garrido, de la Clínica de Psiquiatría Pediátrica de la Universidad de la República, citada en ese momento por medios uruguayos como La Diaria. Pocos años antes de eso, en 2019 y en este propio medio, informábamos que cuatro de cada diez adolescentes tenían lo que expertos calificaban como “riesgo suicida” y que “la cifra de autoeliminaciones consumadas entre los menores de 19 años” se había duplicado un período menor al de una década (en rigor, la nota firmada por la periodista Camila Bello para la sección Qué Pasa refería a un lapso temporal de siete años).
Rosana C. Rodríguez es licenciada en Psicología y obtuvo su título con un trabajo de grado presentado en 2022 que refería específicamente al suicidio entre poblaciones infantiles y adolescentes. Ella se interesó en el tema, cuenta, porque siempre le interesaron las infancias.
Ahora que hace unos años que se dedica a esta problemática, la profesional sostiene que lo ideal es que las intervenciones empiecen antes de que surjan las primeras señales de alarma. Es más: ella afirma que la prevención en cierta manera tiene que empezar incluso antes de que el niño o la niña nazca.
De acuerdo a su entender, el ambiente en el cual el bebé nace puede tener una incidencia importante en cuanto al riesgo de un futuro intento de autoeliminación. “El sufrimiento en las infancias empieza antes del nacimiento si en la familia existe violencia de género. Entonces hay que comprender que la prevención de suicidio es algo que tiene que empezar desde una muy temprana edad”.
La existencia de violencia de género en el seno familiar, amplía Rodríguez, provoca toda una serie de complejidades emocionales que puede desembocar en la intención de suicidarse. “Hay bibliografía que da cuenta de que a menudo muchas mamás que creen que la perspectiva de tener un hijo va a contribuir a que la violencia de género se detenga. Que el hecho de estar embarazada llevará a una situación diferente. Se idealiza el embarazo, y se piensa que eso de alguna manera la va a ‘proteger’.
Sin embargo, eso no siempre es así. Muchas veces pasa que la violencia se intensifica y cuando nace ese bebé la violencia se intensifica más aún”. Rodríguez continúa diciendo que el hijo o la hija crecen en viendo a una madre que sufre, lo que lleva a querer proteger y, cuando eso no es posible, sentirse culpable por no poder ejercer esa protección. “Eso es agravado por el hecho de que, al no tener una psiquis desarrollada, ese niño o niña no entienden esas emociones, y eso después puede transformarse en algo “muy traumático”.
“Entonces, hay que estar muy atentos a la violencia a la que las infancias pueden estar expuestas”, acota la psicóloga y agrega que factores como el bullying o el abuso sexual también pueden ser causas de intentos de suicidios. Además, “también hay estar muy atentos a posibles cambios en los comportamientos de esos niños o niñas, por más que estos puedan parecer insignificantes”. Por último, Rodríguez sostiene que es necesario que se involucren tanto el sistema educativo como el de salud, y que se generen espacios en los cuales se les dé a las infancias y a los adolescentes la posibilidad de hablar de sus sentimientos.
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