Uruguay lidera, según el Informe Mundial de la Felicidad elaborado por la empresa de datos Gallup con información de 147 países, como el país más feliz de Sudamérica. Ese dato habla de calidad de vida, estabilidad, redes de apoyo y percepción de bienestar. Pero convive con otra realidad más incómoda, menos visible, que no siempre se pone en palabras. Uruguay tiene una de las tasas de suicidio más altas de América Latina y se ubica muy por encima del promedio regional. En 2024, la tasa se ubicó en torno a 21 suicidios cada 100.000 habitantes, más del doble del promedio de la región.
Dos datos que, puestos en la misma escena, obligan a hacernos una pregunta necesaria: ¿qué lugar le damos a la salud mental dentro de eso que llamamos bienestar y felicidad? Porque una sociedad puede mostrar buenos indicadores generales y, al mismo tiempo, sostener silencios profundos sobre el malestar emocional.
Durante mucho tiempo, en Uruguay, ir a terapia fue algo que se decía en voz baja. Algo que se comentaba solo con personas de mucha confianza o, directamente, algo que se ocultaba. Hoy, en algunos sectores, sigue sucediendo.
“Estoy yendo al psicólogo” no siempre fue una frase fácil de pronunciar.
Para muchas personas todavía hoy implica atravesar una barrera cultural: la idea de que pedir ayuda psicológica es señal de debilidad, de fracaso o de que “algo anda mal”. Una idea que no solo desinforma, sino que también aísla. Y sin embargo, en salud mental sabemos que nombrar es un primer paso fundamental para transformar.
Cuando algo se nombra, deja de ser un secreto. Cuando se habla, el estigma pierde fuerza. Y cuando se comparte, aparece algo esencial: la posibilidad de no sentirse solo.
Durante décadas, la salud mental estuvo rodeada de prejuicios. En muchas familias, las emociones difíciles se resolvían con frases como “no pienses tanto”, “ya se te va a pasar” o “hay gente con problemas más graves”. La tristeza, la ansiedad o el agotamiento emocional se interpretaban como cuestiones de carácter, como si bastara con tener más voluntad para sentirse mejor.
Pero hoy la psicología y la neurociencia han demostrado algo que todavía estamos aprendiendo a integrar culturalmente: el cerebro también necesita cuidados.
Así como acudimos a un médico cuando algo duele en el cuerpo, también es saludable pedir ayuda cuando algo duele por dentro. No es exagerar, no es debilidad: es salud.
Uruguay, de hecho, tiene una historia particular en relación con la salud mental. Durante gran parte del siglo XX predominó un modelo centrado en el hospital psiquiátrico, donde el sufrimiento psíquico quedaba muchas veces aislado de la vida social. Con el tiempo, y especialmente en las últimas décadas, el país comenzó a avanzar hacia un enfoque más comunitario e integral.
La aprobación de la Ley de Salud Mental en 2017 marcó un cambio importante: puso el foco en los derechos de las personas y en la necesidad de abordar la salud mental desde una perspectiva más humana, interdisciplinaria y cercana a la vida cotidiana.
Sin embargo, las leyes pueden cambiar más rápido que las culturas y el país puede no estar preparado para sostener consistentemente esos cambios a la hora de llevarlos a la práctica, como parece ser el caso de Uruguay. Todavía hoy, muchas personas dudan antes de empezar terapia. Se preguntan si “será para tanto”, si “no deberían poder solos”, o temen lo que otros puedan pensar. Muchas veces, el principal obstáculo, además del acceso, es el prejuicio.
Por eso es importante apoyar a quienes se animan y también animarse.
Cada persona que habla con naturalidad de su proceso terapéutico abre una puerta para otros. Cada vez que alguien dice “voy a terapia y me hace bien”, habilita que otra persona sienta que también puede hacerlo. Romper el tabú depende de cada uno de nosotros.
En consulta es frecuente escuchar: “De esto nunca hablé con nadie” o “pensé que lo tenía que resolver solo”. Y ese “solo” pesa.
Porque el sufrimiento psicológico tiene algo paradójico: cuando más lo necesitamos, más difícil se vuelve pedir ayuda. El aislamiento emocional no solo duele, también sostiene el malestar. Y pareciera que en Uruguay estamos acostumbrados a convivir con el malestar, bajo una suerte de indefensión aprendida. Cuando saludamos a alguien es muy común que cuando le preguntemos como esta nos responda: “En la lucha”, “Acá andamos”, “Tirando para no aflojar”.
Empezar terapia no significa que una persona esté rota. Muchas veces significa lo contrario: que está intentando entenderse, cuidarse y vivir mejor.
Puede ser un espacio para ordenar pensamientos, revisar patrones, gestionar emociones o simplemente hablar con honestidad en un entorno cuidado.
No siempre se trata de una crisis. Muchas personas llegan porque quieren conocerse más, mejorar sus vínculos o tomar decisiones con mayor claridad.
En ese sentido, la terapia no es solo un lugar para reparar, sino también para crecer.
Romper el tabú no implica que todos tengan que hacer terapia, pero sí que nadie debería sentir vergüenza por hacerlo. Porque cuando el silencio se instala, lo que crece no es la fortaleza, sino la soledad.
Bancársela solo no es ser fuerte y ese es el principal mito a derribar. La salud mental no es un lujo ni una moda: es una dimensión fundamental del bienestar. Quizás el verdadero cambio cultural no esté solo en que más personas vayan a terapia. Sino en que, poco a poco, como sociedad, dejemos de necesitar el silencio para hablar de lo que nos pasa.
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