Hay una escena que se repite a lo largo de las temporadas de Envidiosa. Vicky —el personaje principal, interpretado por Griselda Siciliani— escucha una buena noticia ajena y algo en su cara cambia. Su rostro muestra un gesto de decepción que muchas veces intenta callar. Una amiga se compromete, otra tiene un hijo, otra parece haber llegado antes a esa vida que ella siente que no logra construir. No hace falta que diga nada: el cuerpo ya habló. Y quizás ahí, en ese gesto, es que empieza a explicarse el fenómeno de la serie.
Su repercusión no se entiende solamente por el guión, el humor o las actuaciones, sino porque toca una emoción que casi nadie admite sentir: la envidia. Es, probablemente, el sentimiento con peor prensa. Nadie dice “te envidio” con la misma naturalidad con la que dice “te admiro”, aunque muchas veces ambas cosas están mucho más cerca de lo que nos gustaría aceptar. Tan cerca, que tuvimos que inventar una fórmula tranquilizadora (“te envidio sanamente”) para poder pronunciarla sin quedar del lado equivocado.
La tradición católica la ubicó entre los pecados capitales como defecto moral y signo de mezquindad. La persona envidiosa quedó siempre del lado de los villanos en las películas y series: la madrastra envidiosa, la hermanastra resentida, la mujer tóxica a la que todos odiamos ver. Nunca la protagonista.
Vicky vino a ocupar ese lugar vacante: el de una mujer querible sintiendo cosas horribles. Eso es lo incómodo, lo innovador y lo llamativo de la serie. No muestra a una villana fría disfrutando del fracaso ajeno, sino algo mucho más difícil de tolerar y, a la vez, más atractivo de ver: una mujer que ama a sus amigas y al mismo tiempo se siente devastada al compararse con ellas. Una mujer atravesada por la sensación de haber llegado tarde a una vida fantaseada e idealizada. Porque Envidiosa no habla solamente de celos ni de rivalidades femeninas. Habla del tiempo, de la angustia de sentir que los otros llegaron antes: al amor, a la estabilidad, a la maternidad, al éxito, a eso que llamamos —con cierta imprecisión— vida adulta. Y ahí toca un discurso profundamente actual.
Vivimos rodeados de frases que nos prohíben compararnos. “La única persona con la que tenés que comparar es con la que eras ayer”, repiten las placas de Instagram, los libros de autoayuda, los discursos motivacionales. Suena liberador, pero funciona como un mandato más: nos prohíbe mirar al otro, como si desear lo que tiene fuera, en sí mismo, una falla moral.
El problema es que la comparación no desaparece porque alguien nos diga que está mal. Se vuelve clandestina. Y esa clandestinidad es, justamente, lo más costoso. Porque cuando una emoción no puede ser nombrada, no se disuelve: se desplaza. Vuelve disfrazada de ironía, crítica feroz, indiferencia fingida, distancia, enojo. La envidia reprimida no se transforma en gratitud, sino en resentimiento. La serie capta con precisión algo que el sentido común se resiste a aceptar: que, en muchas ocasiones, incluso los vínculos más amorosos conviven con rivalidades, comparaciones e identificaciones dolorosas. Vicky no quiere destruir a sus amigas, sino dejar de sentirse menos frente a ellas. Esa diferencia cambia por completo la lectura del personaje.
Antes nos comparábamos con un puñado de personas; hoy, lo hacemos con cientos por día. Vidas editadas, cuerpos imposibles, anuncios de embarazos felices, compromisos, viajes, ascensos, mudanzas. Instagram convirtió la comparación en un hábito automático y permanente. Y, sin embargo, el pacto social sigue siendo el mismo: actuar como si nada de eso nos afectará. Por eso, Envidiosa resultó, a la vez, incómoda y adictiva. Porque rompió ese pacto. Porque puso en pantalla algo que suele transcurrir en silencio, en la intimidad, en los segundos exactos en que cerramos una historia ajena y respiramos hondo antes de seguir scrolleando.
La serie no nos consuela con la fantasía de que la envidia desaparece cuando uno madura, hace terapia o “se trabaja”. Vicky no deja mágicamente de compararse. Aprende, en todo caso, algo bastante más humano y menos heroico: que se puede vivir sintiendo esa emoción sin volverse un monstruo por eso. Quizás ahí esté la verdadera razón de su éxito. En un mundo obsesionado con mostrarse emocionalmente correcto, Envidiosa vino a recordar algo: la salud mental no consiste en dejar de sentir emociones desagradables. Consiste, casi siempre, en reconocerlas sin quedar aplastados por la culpa.
Tal vez la verdadera salud no sea no envidiar nunca. Tal vez sea poder decirlo en voz alta y descubrir que el mundo no se cae, y que eso que sentimos hacia el otro siempre termina hablando, sobre todo, de nuestros deseos y anhelos más profundos.
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