Redacción El País
Aunque suele vivirse con incomodidad, alejarse de ciertos amigos es un proceso mucho más común —y predecible— de lo que parece. Especialistas coinciden en que la amistad no es un vínculo estático: cambia cuando cambiamos nosotros, cuando se modifican nuestros contextos o cuando aparecen diferencias que antes pasaban desapercibidas. Un reciente análisis del canal Melinka, basado en estudios actuales y referencias filosóficas, sintetiza por qué ocurre este distanciamiento y qué patrones suelen repetirse.
El fenómeno de la homofilia —la tendencia a vincularnos con personas parecidas en valores, hábitos o intereses— explica por qué ciertas relaciones nacen con tanta naturalidad. A esto se suma la influencia del contexto: escuela, trabajo, clubes, proyectos puntuales. Muchas amistades son, en su origen, “circunstanciales”, y dependen en gran medida del entorno que las juntó. Cuando ese escenario desaparece, el vínculo suele debilitarse.
Los factores psicológicos que más desgastan el vínculo
La literatura académica identifica tres detonantes que se repiten en procesos de distanciamiento:
- Diferencias de estatus. Investigadores de la Universidad de Oxford encontraron que los cambios bruscos en la situación económica o profesional de una persona pueden generar tensiones silenciosas. Cuando las experiencias cotidianas dejan de coincidir, uno de los amigos puede sentirse fuera de lugar.
- Envidia y comparación constante. La psicología sostiene que la envidia hacia personas cercanas es más frecuente de lo que se admite. Los logros de un amigo pueden activar comparaciones internas que, si no se gestionan, terminan erosionando el vínculo.
- Dificultad para adaptarse a los cambios vitales. Según un estudio publicado en Psychological Science, alrededor del 50% de las amistades no supera los siete años. Las razones son tan simples como contundentes: falta de tiempo, rutinas incompatibles, mudanzas, nuevas prioridades familiares o emocionales.
Además, la ansiedad derivada de cambios importantes puede generar síntomas físicos —dolores de cabeza, problemas digestivos, fatiga— que afectan el estado emocional general y la disponibilidad para sostener vínculos.
La mirada filosófica: qué amistades perduran y cuáles no
Aristóteles clasificó las amistades en tres tipos: de utilidad, de placer y de virtud. Las dos primeras dependen del beneficio o del disfrute compartido; por eso suelen ser las más vulnerables a los cambios externos. Las amistades de virtud, en cambio, se sostienen en valores profundos y respeto mutuo, lo que las vuelve más estables.
La corriente estoica complementa esta visión al recordar que ninguna relación es permanente: aceptarlo ayuda a transitar mejor los ciclos naturales de cercanía y alejamiento.
Los estudios revisados coinciden en que el distanciamiento no siempre implica peleas ni traiciones. A menudo se trata, simplemente, de que dos personas evolucionan en direcciones distintas. Comprender estas dinámicas permite vivir las amistades con menos culpa y más realismo: algunas relaciones cumplen una etapa, otras se transforman y unas pocas —las más profundas— logran sostenerse a lo largo del tiempo.
En base a El Tiempo/GDA