Hijos que cuidan a sus padres: la diferencia entre acompañar y anular la voluntad del adulto mayor

¿Los hijos tienen obligación de cuidar a sus padres? ¿Lo hacen por amor o por deuda? El psicoanalista Santiago Silberman reflexiona sobre el dilema de los hijos ante padres que envejecen.

Padres hijos adulto mayor
Madre e hija en un gesto de cariño.
Foto: Freepik.

“Los hijos se convierten en padres de sus padres” es una frase que se repite con ternura, y es el tono que le damos a lo que preferimos no discutir. Entonces, parir —o criar, que no es lo mismo— pasa a convertirse en el origen de una deuda que el hijo debe saldar, aunque nadie le preguntó si aceptaba los términos.

Atender a un padre que envejece agota, pero no cambia nada esencial: él sigue siendo el padre, aunque ya no recuerde el nombre de quien le cuenta las pastillas. El problema empieza cuando el hijo decide que ahora es el padre de su padre: esa ficción lo habilita a decidir por él, silenciarlo, tratarlo como a un chico. Entre el cuidado y el control hay un paso.

Cuidar consiste en sostener al otro sin invadirlo, como advirtió el psicoanalista Donald Winnicott; es decir, ofrecer presencia sin apropiarse de su lugar. Lo pensó para la relación padre-hijo, pero resulta igual de útil cuando el recorrido es inverso: acompañar desde la responsabilidad adulta sin despojar al otro de su deseo.

Padres, hijo adulto, familia
Padres junto a su hija adulta.
Foto: Freepik.

Antes de hablar de cómo cuidar, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿Los hijos tienen obligación de cuidar a sus padres? El manual de moral no admite la discusión, pero la experiencia clínica sí. Hay padres ausentes, violentos, que confundieron criar con someter y redujeron su rol al hecho biológico de haber engendrado. La deuda filial, entonces, ¿es proporcional al vínculo recibido o es incondicional por definición? No hay respuesta correcta y quien se atreve a formularla ya carga con la culpa de haberlo hecho.

Cuando el cuidado se reparte entre hermanos, la escena se complica todavía más. Lo que parece un problema de logística —quién lleva al médico, quién se queda los fines de semana, quién pone la plata— muchas veces cubre un conflicto latente que estaba esperando un escenario donde volver a desplegarse.

En la mayoría de las familias hay un hijo que asume el peso y otros que se corren a un costado. La socióloga de Princeton Angelina Grigoryeva lo midió en Estados Unidos: los varones reducen su participación cuando tienen una hermana; las hijas la aumentan cuando tienen un hermano. Que eso se replique en nuestra cultura es discutible, pero lo que no cambia es que cada hermano ocupa un lugar que se definió antes de que los padres necesitaran su ayuda: son el responsable, el ausente, el preferido.

Detrás de "yo no puedo porque trabajo" o "vos vivís más cerca" suelen esconderse reclamos añejados sobre quién fue más querido, quién recibió más, quién cargó con todo desde siempre. Las rivalidades fraternas no se evaporan con la adultez: encuentran nuevos escenarios donde representarse.

El cuidado no es un gesto noble, sino un campo de fuerzas. Gestionarlo no significa resolverlo sino acordar con anticipación quién es el que podrá cuidar, de qué manera, cuándo y bajo qué límites. No porque exista un reparto justo —rara vez lo hay— sino porque lo no dicho siempre termina pagándolo alguien.

Padres con hijo adulto
Padres con hijo adulto
Foto: freepik

Externalizar parte del cuidado —con ayuda profesional o una institución— no es abandono: es una decisión adulta que muchas familias no toman porque nadie quiere quedar como el único que la tomó.

Al hermano que se corre también conviene mirarlo con algo de piedad. A veces la distancia responde al pánico: acercarse al deterioro de un padre es verse en un espejo adelantado, y hay gente que prefiere no mirar y sostiene a la distancia la ficción de que todavía queda algo en pie. Pero no todo repliegue es angustia; también hay deserción. Algunos no pueden, otros no quieren o no les importa lo suficiente. Entender ese mecanismo no es lo mismo que absolver.

Cuando todo recae sobre una sola persona, los demás no quedan libres sino empobrecidos: visitan como turistas un deterioro que otro administra y terminan despidiéndose de alguien a quien, en cierto modo, ya habían abandonado antes de que muriera.

Cuidar a los padres nos enfrenta con todo: con la vejez de ellos y el anticipo de la propia, con los hermanos que fuimos y los adultos que quedamos. No hay manual para eso. Hay familias.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

Autocuidado

Te puede interesar