Redacción El País
Para algunas personas, enero dura un suspiro. Para otras, parece eterno. El mismo mes, el mismo calendario y, sin embargo, sensaciones opuestas. ¿Por qué el tiempo se nos escurre entre los dedos en algunos momentos y en otros se vuelve pesado y lento? La psicología explica que nuestra percepción del tiempo no es objetiva: está profundamente ligada a las emociones, la rutina y el nivel de atención que ponemos en lo que vivimos.
Lejos de ser un simple reloj interno, el tiempo psicológico se construye a partir de la experiencia. Cuando estamos relajados, motivados o disfrutando, solemos sentir que los días pasan rápido. En cambio, el aburrimiento, la ansiedad o la espera prolongada hacen que cada hora se estire. Enero, con su mezcla de vacaciones, calor, cambios de ritmo y expectativas de “año nuevo”, es un terreno fértil para esta distorsión.
Uno de los factores clave es la novedad. El cerebro registra con más detalle las experiencias nuevas: viajes, encuentros distintos, actividades fuera de lo habitual. Paradójicamente, mientras las vivimos sentimos que el tiempo vuela, pero cuando miramos hacia atrás, ese período parece largo porque está lleno de recuerdos. Por el contrario, cuando los días son repetitivos, el cerebro “comprime” la información y, al recordarla, da la sensación de que el tiempo pasó sin dejar huella.
En enero, quienes siguen trabajando pueden sentir que el mes se hace largo, sobre todo si el entorno está más quieto y las rutinas habituales se alteran. Para quienes están de vacaciones, en cambio, la acumulación de estímulos y cambios puede generar la sensación opuesta: se disfruta tanto que el mes se va rápido.
Emociones y percepción del paso del tiempo
Las emociones también juegan un papel central. La psicología señala que el estrés y la ansiedad tienden a ralentizar la percepción del tiempo en el momento, mientras que el bienestar y la concentración la aceleran. El calor intenso, la falta de sueño o la presión por “aprovechar” las vacaciones pueden generar una experiencia ambigua: días que se sienten largos, pero un mes que, al final, parece haber pasado volando.
Además, enero suele venir cargado de expectativas: propósitos nuevos, balances del año anterior y cierta sensación de pausa social. Esa combinación puede amplificar la conciencia del paso del tiempo y hacernos más sensibles a cómo lo estamos viviendo.
Los especialistas sugieren dejar de medir el tiempo solo en términos de rapidez o lentitud y empezar a pensarlo en calidad de experiencia. Incorporar pequeñas novedades, cambiar recorridos, proponer actividades distintas o simplemente prestar más atención a lo cotidiano puede enriquecer la memoria del mes, sin necesidad de que “pase más rápido”.
La percepción del tiempo no puede controlarse del todo, pero sí habitarse de otra manera. Tal vez la pregunta no sea si enero se pasó volando o lento, sino cuánto de ese tiempo estuvo realmente presente, vivido y sentido.
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