Redacción El País
En tiempos de hiperconectividad, demandas permanentes y noticias que no dan tregua, la sensación de desborde se volvió casi una experiencia colectiva. Todo parece exigir atención inmediata: el trabajo, los vínculos, la agenda, el mundo. Frente a ese ruido constante, una corriente filosófica antigua vuelve a encontrar eco. Es el estoicismo, y una de sus voces más influyentes es la de Marco Aurelio, emperador romano y pensador que escribió para sí mismo una serie de reflexiones que hoy conocemos como Meditaciones.
Lejos de proponer una huida del mundo, el estoicismo plantea una distinción tan simple como poderosa: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. El malestar aparece, muchas veces, cuando intentamos controlar lo incontrolable. Opiniones ajenas, decisiones de otros, cambios inesperados, el curso de los acontecimientos. Allí nace buena parte de la ansiedad contemporánea.
Marco Aurelio lo expresa con una claridad que atraviesa los siglos: el verdadero poder no está en los hechos, sino en la manera en que los interpretamos. La calma, entonces, no es ausencia de problemas, sino una forma de posicionarse frente a ellos. No se trata de negar lo que duele, sino de evitar que ese dolor se transforme en desgaste permanente.
La calma no es indiferencia: es elegir dónde poner la energía.
En un contexto donde se nos exige reaccionar todo el tiempo, el estoicismo invita a pausar. A observar antes de responder. A no confundir urgencia con importancia. A recordar que la mente puede ser un refugio o un campo de batalla, según cómo la entrenemos.
Tal vez por eso Marco Aurelio vuelve a ser leído. No como un filósofo lejano, sino como alguien que entendió —desde el poder, la responsabilidad y la fragilidad humana— que la serenidad no depende de que el mundo se ordene, sino de que uno aprenda a ordenarse por dentro. En medio del caos cotidiano, gobernar la propia mente sigue siendo, quizás, una de las formas más discretas y necesarias de libertad.