Muchas personas llegan a consulta convencidas de que su problema es que “piensan demasiado”. Lo dicen con culpa, con cansancio o con una mezcla de ambas. Sobrepiensan antes de dormir, al despertar, mientras trabajan, cuando intentan descansar. Analizan conversaciones pasadas, anticipan escenarios futuros, revisan decisiones una y otra vez. Y cuanto más piensan, peor se sienten. No logran calma ni claridad. Solo agotamiento mental y corporal.
El sobrepensamiento, o rumiación, no es un exceso de inteligencia ni un defecto de carácter. Es una estrategia mental que se activa cuando el cerebro percibe amenaza, incertidumbre o pérdida de control. El problema no es pensar demasiado; el problema es la relación que establecemos con nuestros pensamientos.
Desde la neuropsicología sabemos que el cerebro humano no fue diseñado para darnos tranquilidad permanente, sino para detectar riesgos y garantizar la supervivencia. Cuando una situación es interpretada como potencialmente peligrosa (aunque no lo sea de manera objetiva) se activan circuitos cerebrales asociados a la alarma. La amígdala incrementa su reactividad y envía señales de urgencia al resto del cerebro. La corteza prefrontal, encargada de planificar, anticipar consecuencias y tomar decisiones, intenta compensar ese estado de alerta produciendo pensamiento, análisis y control cognitivo.
En ese intento de control entra en juego la llamada red neuronal por defecto (Default Mode Network), un sistema cerebral implicado en la autorreferencia, la memoria autobiográfica y la simulación del futuro. Cuando esta red se hiperactiva, la mente se vuelve narrativa, repetitiva y autorreferencial. Pensar deja de ser una herramienta flexible y se transforma en un bucle. El cerebro insiste no porque esté resolviendo algo, sino porque está intentando reducir la incertidumbre y recuperar una sensación de control.
En términos clínicos, el sobrepensamiento combina dos procesos bien conocidos: la rumiación, orientada al pasado, y la preocupación, orientada al futuro. Ambos ocurren lejos del presente y cumplen una función evitativa. Pensar reemplaza sentir. Analizar sustituye atravesar. Controlar mentalmente parece más tolerable que contactar con emociones como la angustia, la tristeza, la culpa o el miedo.
En consulta suelo escuchar frases como: “Si dejo de pensar, me desarmo” o “Si no lo analizo todo, no puedo decidir”. Recuerdo el caso de una paciente que pasaba horas repasando conversaciones, buscando errores, interpretando silencios. Dormía mal, vivía cansada y se sentía atrapada en su propia cabeza. Con el tiempo entendimos que el sobrepensamiento no era el problema principal, sino la forma que había encontrado su cerebro para no contactar con una emoción más profunda: el miedo a decepcionar y a perder el vínculo. Cuando aprendió a tolerar esa emoción sin huir hacia el pensamiento, la rumiación empezó a disminuir de manera natural.
Desde la Terapia Cognitivo Conductual sabemos que los pensamientos influyen en nuestras emociones y conductas, y que en muchos casos es útil cuestionar creencias disfuncionales. Sin embargo, desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) ampliamos la mirada: no todo pensamiento necesita ser corregido, debatido o eliminado. Hay pensamientos que no son el problema en sí mismos, sino el modo en que nos relacionamos con ellos.
Cuanto más intentamos callar la mente, más ruido hace. Cuanto más luchamos contra ciertos pensamientos, más presencia ganan. Esto no es un fallo personal, es un fenómeno ampliamente estudiado: el cerebro interpreta la supresión como una señal de amenaza y redobla la actividad de las redes involucradas en la vigilancia. Luchar contra los pensamientos suele fortalecerlos.
Sobrepensamos porque estamos fusionados con lo que pensamos. Creemos que cada pensamiento dice algo verdadero sobre nosotros, sobre el futuro o sobre lo que “deberíamos” hacer. El pensamiento se vive como un hecho, no como un evento mental transitorio. El cerebro, entonces, insiste. No para ayudarnos, sino para protegernos de una emoción que considera peligrosa.
¿Cómo empezar a salir de esa trampa?
No se trata de dejar la mente en blanco ni de forzar el pensamiento positivo. Se trata de cambiar la relación con el pensamiento y entrenar al sistema nervioso para tolerar la incertidumbre sin entrar en estado de alerta constante. Algunas estrategias clínicas útiles son:
1. Nombrar el proceso, no el contenido.
En lugar de engancharte con “¿y si esto sale mal?”, probá decirte: “Estoy sobrepensando”. Este gesto activa procesos metacognitivos y reduce la fusión cognitiva.
2. Volver al cuerpo.
El sobrepensamiento ocurre en un cerebro desconectado del cuerpo. Respiración consciente, contacto con sensaciones físicas o movimiento ayudan a regular el sistema nervioso y a disminuir la hiperactivación.
3. Limitar el tiempo de rumiación.
Asignar un espacio acotado para pensar reduce la intrusión mental el resto del día. El cerebro responde mejor a límites claros que a prohibiciones absolutas.
4. Cambiar el “por qué” por el “para qué”.
El “por qué” alimenta la rumiación; el “para qué” orienta a la acción, a los valores y a la vida que queremos construir.
5. Practicar aceptación emocional.
Muchas veces el pensamiento insiste porque la emoción no fue escuchada. Aceptar no es resignarse, es dejar de pelear con lo que ya está ocurriendo para poder responder con mayor flexibilidad.
Dejar de sobrepensar no es apagar la mente. Es aprender a no vivir atrapados en ella. Es comprender que no todo problema se resuelve pensando y que algunas respuestas aparecen recién cuando dejamos de forzarlas.
La mente humana es brillante, pero no siempre es sabia. Y cuando aprendemos a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos, algo se ordena: el cuerpo se calma, la atención vuelve al presente y la vida deja de quedar en pausa.
A veces, la verdadera claridad no llega pensando más, sino luchando menos con la mente.
Pensar es una función necesaria de la mente, pero cuando los pensamientos se vuelven insistentes, repetitivos y difíciles de frenar, pueden transformarse en una fuente silenciosa de malestar. El sobrepensar —ese diálogo interno que da vueltas sin llegar a conclusiones— suele alimentar la ansiedad, el cansancio emocional y la sensación de estar atrapados en la propia cabeza. Lejos de ser un rasgo de personalidad, es un patrón que puede entrenarse y modificarse.
Con ese objetivo, el sábado 7 de febrero Psicología y Vos dictará el taller online “Dejar de sobrepensar. Estrategias para salir del bucle”, una propuesta clínica y psicoeducativa con base científica. El encuentro será en vivo, vía Zoom, con una duración de una hora y media, material descargable y acceso a la grabación durante 30 días.
El taller estará a cargo de la Licenciada Eleonora Molina, psicóloga especializada en Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), un enfoque que propone una relación más flexible y consciente con los pensamientos. Desde Psicología y Vos, el foco está puesto en crear espacios de cuidado, escucha y acompañamiento, donde el bienestar emocional sea una prioridad concreta y no solo un concepto abstracto.
-
Cómo frenar la rumiación mental, por qué agota tanto y qué estrategias científicas ayudan a detenerla
Así salís de ese estado de preocupación constante. Consejos para dejar de "rumiar"
¿Por qué llegan esos pensamientos intrusos justo antes de dormir?
¿Se nos está yendo la mano al hablar tanto sobre salud mental en la población infantil y adolescente?