El pensamiento rumiante se manifiesta como una rutina mental ineficaz, persistente y estéril. No es solo pensar, sino pensar de forma que drena recursos sin conducir a la acción o la solución.
Un ejemplo sería, el de una persona que espera la visita de su hijo, que vive en el exterior, para Navidad. De improviso el muchacho suspende el viaje por motivos laborales. Esta persona, entonces se sumerge en pensamientos teñidos de tristeza y melancolía frente a la ausencia del ser querido en una fecha que considera tan significativa. El resultado es que se siente abrumada durante horas (o días, incluso), en lugar de aceptar la realidad de la ausencia y disfrutar de las actividades que sí tiene a su alcance.
La rumiación
El pensamiento rumiante se entiende principalmente por el fallo de tres funciones ejecutivas clave:
- Falla en el "freno mental". Es la incapacidad del sistema atencional para suprimir o bloquear los pensamientos que son irrelevantes, negativos o que ya no son productivos. El cerebro permite que el contenido emocionalmente cargado se repita continuamente, secuestrando la atención y los recursos de procesamiento.
- Rigidez. Implica una fijación en un único patrón de análisis (el bucle). La persona falla en activar la capacidad de cambiar de perspectiva, lo que impide buscar activamente nuevas soluciones o enfoques al problema. En lugar de aplicar el pensamiento divergente, la mente repite el mismo análisis una y otra vez.
- Saturación. Consume espacio y energía en la memoria de trabajo, el sistema cognitivo responsable de sostener y manipular la información para tareas activas. Se percibe como una sobrecarga de este recurso limitado con contenido inútil. Esto reduce drásticamente la capacidad de la memoria de trabajo para concentrarse en las tareas presentes, aprender o tomar decisiones efectivas.
El pensamiento rumiante es un hábito cognitivo que entrena al cerebro en un patrón de repetición ineficaz en lugar de en la resolución de problemas.
La interferencia en nuestro bienestar
El pensamiento rumiante no se limita a causar malestar emocional. Su naturaleza intrusiva y agotadora afecta negativamente casi todos los aspectos de nuestra vida diaria, incluyendo el aprendizaje, el rendimiento profesional y la calidad de nuestros vínculos interpersonales.
La razón principal es que consume recursos cognitivos esenciales (atención, memoria de trabajo y flexibilidad mental) que necesitamos para funcionar de manera efectiva en estas áreas.
Si hablamos de aprendizaje, en cualquier etapa de la vida, debemos señalar que requiere concentración y capacidad para procesar nueva información. El pensamiento rumiante sabotea estos procesos:
- Disminución de la concentración y la atención. El bucle mental actúa como un "ruido de fondo" constante que interfiere con la atención selectiva. Cuando estás leyendo o escuchando una clase, la rumiación desvía constantemente tu foco, obligando a tu cerebro a realizar una multitarea ineficiente.
- Sobrecarga de la memoria de trabajo. La memoria de trabajo es crucial para retener y manipular nueva información (por ejemplo, resolver un problema matemático o entender una oración compleja). La rumiación ocupa este espacio con contenido emocionalmente cargado, reduciendo la capacidad disponible para el aprendizaje activo.
- Deterioro de la consolidación de la memoria. El estrés y la ansiedad generados por la rumiación pueden interferir con el sueño, que es fundamental para que el cerebro consolide los recuerdos a largo plazo. En el ámbito profesional, por otro lado, la rumiación dificulta la ejecución de tareas, la toma de decisiones y la gestión del tiempo.
- Parálisis por análisis. El pensamiento rumiante se centra en repasar posibles errores o consecuencias negativas ("¿Y si la propuesta no funciona? ¿Y si me equivoco en el informe?"). Este análisis excesivo y sin fin impide iniciar o finalizar tareas, llevando a la procrastinación y a la pérdida de plazos.
- Reducción de la creatividad y la innovación. La rumiación impone una rigidez cognitiva. Un profesional necesita flexibilidad para ver problemas desde diferentes ángulos y generar soluciones creativas. Al estar atascado en un solo patrón de pensamiento, la capacidad de pensamiento divergente y la innovación se ven severamente limitadas.
- Deterioro en la toma de decisiones: Al sesgar la mente hacia el riesgo y la negatividad, el pensamiento rumiante puede llevar a decisiones excesivamente cautelosas o, peor aún, a la incapacidad de tomar una decisión debido al miedo al error pasado o futuro. Finalmente, podemos ver que el pensamiento rumiante afecta la forma en que interactuamos con los demás, generando tensión y distancia.
- Sesgo interpretativo negativo. Las personas que rumian tienden a interpretar las acciones o palabras ambiguas de los demás de manera más negativa o personal. Esto genera conflictos innecesarios.
- Baja disponibilidad emocional: Cuando la mente está ocupada en el bucle rumiante, la persona está mentalmente ausente durante las interacciones. Esto dificulta la escucha activa, la empatía y la conexión emocional profunda, haciendo que los seres queridos se sientan ignorados o menos valorados.
- Búsqueda excesiva de reaseguro: La rumiación puede llevar a la persona a buscar confirmación y reaseguro constante de sus seres queridos para aliviar sus preocupaciones. Esta necesidad constante puede ser agotadora para las parejas, familiares y amigos, tensando los vínculos.
Consejos prácticos
Si deseamos ejercitar el cerebro para evitar el pensamiento rumiante debemos enfocarnos en fortalecer las funciones ejecutivas que se ven debilitadas por la rumiación: la inhibición, la flexibilidad mental y el control atencional.
- Fortalecer la inhibición. El objetivo es entrenar la capacidad de detener un pensamiento o una respuesta automática, rompiendo el ciclo de la repetición. Realicemos ejercicios donde debamos ignorar información distractora. Un ejemplo muy difundido es aquel en el que hay una discrepancia entre el nombre de un color (azul, verde o rojo) y el color de la tinta utilizada para imprimir esa palabra (por ejemplo, la palabra rojo impresa con tinta azul).
Hombre con fatiga visual se frota los ojos. Foto: Freepik. - Desarrollar la flexibilidad mental. El objetivo es entrenar la capacidad de cambiar de perspectiva, regla o enfoque rápidamente (lo opuesto a la rigidez del bucle rumiante). Una opción es apelar al pensamiento divergente: tomemos un objeto cotidiano (una cuchara, un clip) y anotemos 10 o 20 usos completamente diferentes a su función original en un tiempo limitado. Esto rompe con la rigidez funcional y entrena la mente para buscar alternativas y soluciones creativas.
- Optimizar el control atencional y el enfoque. El objetivo es controlar hacia dónde se dirige nuestra energía mental, liberando a la memoria de trabajo. Para ello podemos recurrir a la concentración en tareas no rumiantes, realizando actividades que demanden nuestro foco total y nos resulten agradables. Un hobby es una excelente herramienta de reasignación de recursos atencionales.
Al practicar estas estrategias con consistencia, estaremos reentrenando nuestro cerebro para que sea un solucionador de problemas activo en lugar de un repetidor pasivo de preocupaciones.
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