Hay despedidas que llegan sin previo aviso: la muerte repentina de alguien querido, una enfermedad o una separación que no veías venir. Pero hay otras que elegimos e incluso deseamos, y sin embargo también nos duelen. Puede ocurrirnos cuando decidimos irnos a vivir a otro país, aun después de haber pasado años planificando hacerlo, al dejar un trabajo que ya no nos hacía bien o al terminar una relación que sabíamos que no tenía futuro.
Decir adiós, aunque sea una elección para avanzar hacia otro lugar (incluso si es mejor), obliga al psiquismo a reorganizarse y eso tiene un costo que casi nadie menciona. En el consultorio lo escucho con frecuencia: “Me ascendieron, es lo que siempre busqué, pero me siento raro dejando el sector en el que estaba”; “me separé porque sufría mucho en la relación, pero aun así duele”; “me mudé con mi pareja y sin embargo no me hallo.”
Lo primero que aparece, casi siempre, es la culpa. La sensación de que algo está mal en ellos, en su decisión, en su elección, y que, en realidad, deberían estar agradecidos, contentos, felices. Como si elegir “bien” y avanzar en la vida viniera siempre con un único sentimiento posible: sentirse felices y agradecidos.
Pero toda despedida, incluso la elegida, implica una pérdida. Se habla del país nuevo, del trabajo soñado, de los avances en una relación. No se habla de lo que quedó atrás, de esas versiones nuestras que se pierden en el camino.
Con la decisión de irse a vivir afuera, también hay que dejar atrás una versión de uno mismo que existía en un determinado barrio, con cierta rutina, donde había un idioma cotidiano y un contacto cotidiano con la familia y las amistades. Quizás por eso, cuando alguien emigra, lo primero que le pide a la familia que lo visita es la comida de antes o busca comunidades de compatriotas en ciudades que no conoce. Porque toda elección carga con su ambivalencia y nuestro psiquismo lo registra, aunque intentemos evitarlo.
Lo que se pone en juego cada vez que decimos adiós no es solo lo que dejamos atrás, sino quiénes éramos mientras lo teníamos. Necesitamos tiempo para procesar esta pérdida porque no funcionamos como un celular: no somos máquinas. No hay forma de descargarse una aplicación nueva, reiniciarse y quedar listos para seguir, aunque a veces nos demandamos a nosotros mismos esa velocidad de adaptación.
El psiquismo necesita un tiempo de proceso y elaboración. Necesita pensar lo que vivió, sentirlo, atravesarlo. Saltear ese proceso no lo elimina: lo pospone. Y lo que se pospone, tarde o temprano, vuelve.
La tristeza que aparece después de una decisión elegida no es una contradicción: es la señal de que algo real terminó. Y las cosas reales, cuando terminan, dejan marcas.
En un proceso es importante aceptar que toda elección conlleva una pérdida. Todos los días algo muta: una versión de nosotros, un vínculo, una etapa. Al mismo tiempo, hay que hacer las paces con la ambivalencia. Podemos desear algo y aun así extrañar lo que dejamos atrás. Las dos cosas pueden suceder al mismo tiempo: no hay que elegir entre estar bien y estar en duelo. Somos humanos y está bien tener contradicciones.
Por último, propongo abandonar la exigencia de la felicidad permanente y sostenida en el tiempo. Vivimos en una época que nos empuja a estar bien sin importar las circunstancias que atravesamos; lo que importa es “rendir” emocionalmente. Pero la felicidad permanente no es una meta realista, sino una utopía que, paradójicamente, nos hace sentir peor cuando no la alcanzamos.
Sentir tristeza después de una elección no es un fracaso. Es la prueba de que algo ahí importaba.
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